viernes, 23 de diciembre de 2011

¿Qué éxodo che?



                                                                                                                           Roberto Sari Torres


Es en el hipotético limbo del transfinito cosmos de la inmaterialidad de las vidas perdidas (o pero: olvidadas), donde dos antiquísimos gauchos, en pata y a penas, por los hombres, cubiertos con sendos ponchitos de basto genero, cribados por los mosquetazos que los godos les tiraron durante el largo combatir por la libertad de la patria del  yugo ibérico, se encuentran mateando a la sombra cuántica de un espinillo teórico; allá por campos que ya no son “pa’ lau” del extenso Arroyo Grande.
Hace 200 años que ambos están allí como ectoplasmas invisibles en la penumbra del monte en la tardecita. Cual bravíos toros de Hernandarias, clavaron “las guampas” ahí; malheridos hacía unas semanas en uno de los tantos combates guerrilleros que tenían lugar en ese “campo de nadie”(a tiro de cañón) que ceñía las murallas de la sitiada y, hasta ayer, “muy fiel y reconquistadora ciudad de San Felipe y Santiago de Montevideo”… un pomposo y largo título para encanto de los monárquicos que rechazaban por Serratea, al tiempo que maldecían a Artigas.
Tales inmaterialidades hacía 200 años que vivaqueaban sin humo, velando sus osamentas; rodeando un fogón sin tizones ni llama; tomando mate con yerba “eterna”, sin gusto a nada y que nunca se lava. Desde los tiempos en que Lavalleja metió preso a Rivera, un poco “pa’ lau” del Monzón, y a quien Oribe quería fusilar al enterarse que la misión de “Frutos” era matarlos a los dos, al precio de mil pesos por cada uno, el lugar de las tumbas perdidas no se había visto tan conmocionado por el ir y venir multitudinario .
Tras el episodio de Monzón, (donde cualquier “abrazo” no es más que, y únicamente, historia panfletaria) pasaron 185 años de silencio en el lugar, donde hoy un molle ceniciento tutela el viejo osario de la patria, pero he aquí y ahora que el paraje se conmueve con al atronar de una inmensa caballada, más elegantes y gorditos que los que domaron ellos y montados por “jinetes turcos”- por las bombachas que nunca los revolucionarios orientales usaron.
-¡Que relajo es este!- pregunto Manito Morales con un grito sin voz.
Su compañero de ultratumba, El Morisco Pardiñas, no le contestó porque por efecto del asombro estaba como una estatua (de ectoplasma pero estatua) quieto, como el mamboretá en el molle presto a darle caza con un certero “zarpazo” al infeliz del tábano, que moviéndose en la ramita se iba poniendo a tiro de las “zarpas” del ortóptero. Cuando reaccionó con palabras audibles solo para Manito, que al parecer eso era el fin de la etapa de un “éxodo” de estos tiempos; pero tan extraño como inédito para gauchos muertos de tan vieja prosapia oriental rebelde, como fueron ellos.
El paisaje humano y caballar que se les presentó a sus ojos sin luz ni pupilas como las tienen los vivos. Como ninguno los podía ver, acuciados por la oscuridad tras 185 años de tedio, se lanzaron a pasear de vivo en vivo memorizando todo lo que veían, escuchaban u olían. Además iban tocando todo; lo que a los “vivos” acampantes tocados lo único que les provocaba era una breve sensación como de un cubito de hielo deslizándose desde el cuello a los pies, cuesta abajo, entre la ropa y la piel, pero nada más. De todos modos a los gauchos ectoplasmáticos, a ellos que ya estaban más allá de todas las cosas, el vivaquear de este “éxodo” de nuevo tipo no les daba tregua para recuperarse de los asombros a cada paso que daban, por entre fogones donde chirriaban algunos asados y el agua para el mate hervía en las “troperas”.
Desde el “universo” intangible preguntó El Morisco que: -¡Bo, Manito!
-¿Qué pucha es todo esto?-
-¿Y yo qué sé hermano? ¡Es más raro que vivir a lo muerto y con eso ya te digo todo Morisco! Si el viejo de acá al lado nos pregunta, solo le diremos que era una caballada que pasaba arreada por tropilleros que no vimos, y nada más.
Y razón no le faltaba a Manito porque ni el mismo creería el cuento de que los arrieros parecían ir disfrazados de turcos, enfundados en bombachas (o bombachudos estilo otomano) camisas de fina costura, sombreros europeos (y no “panza e’burro”) botas de capellada y lustrosas y no “botas de potro” o lonjas crudas, apenas vaqueteadas con las que se envolvían las patas y las canillas aquellos guerrilleros artiguistas, tan muertos como ellos. Algunos “exodistas” exhiben ponchos de clubes, de esos que usan “Los maracanases que vienen del pueblo/a elogiar divisas ya desmerecidas”
De unas cajitas que cabía en una mano sonaban los timbales “y la gente hablaba con no se a sabe quién porque no tenían a nadie enfrente al que dirigir sus palabras. Además los aparatitos se iluminaban cada vez que sonaban o eran utilizados para hablar con un mundo fantasma que ni ellos mismos podían imaginárselo; o cuando mandaban mensajes picoteando en un tecladito, en el dedo como lo hace la gallina con el pico en el suelo cuando come su maíz. Más allá andan unas “indias” celuleando con MP3 y gauchos citadinos sentados en sillas playeras “chateando” en las computadoras con otros “exodistas”, de un poco más allá de unos “ocalitos viejos” o con amigos y/o familias de los “artigueros 2011” que, a diferencia de las de 1811, ellas se quedaron en “las casas”. La demagogia de la TV violentista las tienen asustadas.
La vista de calderitas troperas entre las brasas alegró por un momento a los dos muertitos, aunque los gauchos del siglo XXI cebaran mate con bonitos termos de acero inoxidable, en los potreros descansa la caballada y cerquita de los fogones están aparcadas “las carretas” del éxodo bicentenario, conocido por “4x4”; de variados colores y brillos, cuatro ruedas, luces potentes y de marcas exóticas.
-¡Déjate de algarrobo y lapacho bo!-¡Estas son de acero y no de cuero, che!-exclamo Manito agarrándose la cabeza transparente (o ausente, da lo mismo, ya que no se ve).
No se sabe si “la indiada” y “el gauchaje”- éxodo 2011-con los celulares, cámaras fotográficas y/o filmaciones, se comunicaban (o trataban de hacerlo) con los “tubichá” del Lacán Guazú (Río San Salvador) y una vez “subido a la red”, todo iría a ilustrar al populoso criollismo del ciber espacio. Los finados de 1811 no sabían que habían visto el futuro, donde al parecer lo auténtico se ha perdido entre la sofisticación de la falsificación del heroísmo y viejo realismo revolucionario.
Por eso Pardiñas y Morales volvieron su espíritu a sepultar bajo la raíz del molle y esperar allí el año 2111 a ver qué pasa o cambia.
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