sábado, 22 de febrero de 2014

Relato


Si alguien tiene una abuela que sepa cómo curarlo, por favor que me lo diga


                                                                                                                Vilma Bada




Volviendo de madrugada de Montevideo, hace ya dos días, la lluvia finita empapaba mi equipaje. El paraguas me estorbaba y trayendo de tiro uno de esos carritos porta-maletas caminaba buscando energías en mi exhausta humanidad. El carrito pesaba mucho, aunque las calles por las que caminé eran llanas, hube de hacer camino extra por un desvío en el recorrido del ómnibus, a causa, naturalmente, de la misma lluvia que ahora me jugaba a ¿adiviná de dónde vengo?" por las cuatro costas del paraguas.
La calle desierta, las laxas luces públicas perdonando a las sombras con sus conos ámbar entre esquina y esquina y los contenedores para la basura durmiendo despanzurrados, tremendamente iluminados.
Ya había caminado unos pasos más hacia la penumbra entre esquinas, cuando registré con la conciencia, el objeto cúbico, que acababa de ver por entre la lluvia. 
Dejé el carrito de pie, esperándome empapado y volví hasta el contenedor. A su lado, algo separada, descansaba una caja de madera equilátera en bastante buen estado. Pensé que sería muy útil para guardar herramientas, o cachivaches de esos que siempre andan desordenándole la casa a uno y me acerqué un poco más para levantarla.
Me la traje en peso durante las dos cuadras que me restaban por caminar, mojándome por haber tenido que guardar el paraguas para poder cargar con ella.
La estoy mirando ahora, parada al lado del cajón de frutas que solía hacerme algún servicio, y comparándola. Resultó ser una mesita de luz, con sus patitas rabonas algo apolilladas y sin su tablita del fondo. Madera color roble, bien lustrada. Tan fea, por lo cuadrado de sus caras iguales como un hielo fuera de su whisky. Sin embargo, salió triunfante de la comparación y reemplazó al cajón de frutas.
La limpié, comprobé que un viejo vidrio que tenía le calzaba perfectamente. 
La uso, desde ese día, a casi toda ella, menos a su cajoncito. No he podido curarlo porque ha seguido lloviendo, y como es sabido por todo el mundo, que los mates nuevos y los cajones de las mesitas de luz usadas, han de ser curados antes de aprovecharlos, estoy esperando que salga el sol para ello.
En rigor de verdad, el curado de los mates es más fácil y más común y, hasta donde sé, no requieren de su exposición al sol, a menos que se quiera reutilizar la yerba que una vez fue maravilla de infusión.
Pero en rigor de comparaciones, los cajones, no se curan por nuevos, sino, justamente por usados. 
Hace años que perdí a mi abuela, así que no tengo a quién preguntarle como ejecutar tan complicada operación. Navegué Internet, buscando tutoriales, encontré otros miles de consejos, pero ninguno mencionaba la exposición al sol, dato único, al respecto, sobre el que no tengo la menor duda y sobre el cual habla la tradición largamente.
Veo cómo algunos se estarán encogiendo de hombros y desestimando mi actitud respetuosa hacia lo que alguna vez fue, o pudo haber contenido, el tesoro de alguien más. Pero con sólo imaginarse lo que uno mismo guarda, atesorado u omiso en su propio cajoncito, el asunto mueve a escalofrío.
Pensar por un minuto, en cartas de amor, hebillas rotas, objetos intimistas y placenteros, dinero, nidos de ratones, relojes exhaustivos, anteojos con la graduación exacta para abrir las puertas de los libros, momentos de búsqueda inútil de algún objeto perdido, lágrimas derramadas al borde de la cama, la luz indiscreta del velador que se colaba al interior por
que en el apuro nos quedó mal cerrado, un trapito que alguna vez fue una prenda regia, insultos al trabajo o al despertador que en vano cayeron ahí adentro, la linterna por si se corta la luz de noche y hay que levantarse igual, la propia manija del cajón desprendida hace tiempo por quererlo abrir los días en que la humedad lo hinchaba, la condena a velarnos el sueño, la furia con se lo cierra después de la frustración, sus sombras propias de su posición, en fin, los fantasmas...
 ¡No! Sin curarlo, un cajón de mesa de luz usado, no se puede volver a usar. Habrá que esperar a que salga el sol. Sólo así, se le irá yendo lentamente la impronta de su pasado y se acomodará de nuevo, para lucir su función en el dormitorio de alguien más. Y sólo así, se le podrá abrir y cerrar con confianza, sin que se escape el ánima esencial de su utilidad: el secreto cómplice.




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