sábado, 18 de enero de 2014


HÉCTOR VIDAL FALLECIÓ A LOS 70 AÑOS

Ante la muerte de un enorme director



La desaparición de Héctor Manuel Vidal, que murió ayer en Montevideo a los 70 años, supone la pérdida de uno de los mayores talentos de la puesta en escena de las últimas cuatro décadas en el país.




Jorge Abbondanza

Esto es un duelo para todo el teatro nacional. La desaparición de Héctor Manuel Vidal, que murió ayer en Montevideo a los 70 años, supone la pérdida de uno de los mayores talentos de la puesta en escena de las últimas cuatro décadas en el país.
Vidal había nacido en Las Piedras en agosto de 1943 y estudió arte escénico en la escuela de Club de Teatro, grupo en el que trabajó como actor en más de cuarenta obras. Su primer papel protagónico lo tuvo en Papas fritas con todo del inglés Arnold Wesker, dirigido por Antonio Larreta, donde mostraba el vigoroso temperamento que luego lo acompañaría en el resto de su carrera, y también en la vida.
Durante esa etapa juvenil, llegó a debutar como director a los 26 años con La víspera del deguello de Jorge Díaz, que fue casi un trabajo interno, como un ejercicio de taller. Pero su verdadero comienzo en la faena de dirección fue en 1974, cuando puso en escena una formidable versión de Wozzeck de Georg Büchner, en El Tinglado, en un momento de virtual oscurecimiento del teatro local, ante un público escaso y sin mayor resonancia. Pero aquella versión de Wozzeck era no solo un ejemplo de fuerza dramática sino un anuncio de los destellos de la trayectoria que vendría.
Lo que vino a continuación, a partir de Rinocerontes de Eugene Ionesco, confirmaría esa promesa inicial, demostrando que Vidal poseía dos talentos que no se dan con frecuencia: la posibilidad de despejar las ideas que contiene un texto, de manera que lleguen de manera clara a la cabeza del espectador, y la certeza para elegir una pieza y un tema para llevar a su público los contenidos que conviene divulgar según la circunstancia que está viviendo en cada momento la sociedad que recibe ese espectáculo.
Eso era la prueba de la lucidez con que Vidal encaró toda su carrera, por encima de factores estéticos o dramáticos. Era, y fue hasta el final de su trayectoria, la constancia de que entendía el teatro como un vehículo de transmisión de ideas y una herramienta para despabilar la conciencia de los demás. Esa posición puede ser definida como un modelo de rigor en el comportamiento de un director, lo cual permite ahora -en la perspectiva de tantos años- situar a Vidal como uno de los grandes ejemplos de exigencia y severidad en el teatro nacional. El repertorio que frecuentó confirma ese perfil ejemplar.

Interiores
El teatro que hizo no se originaba en el brillo formal ni en el despliegue visual sino en la inteligencia. Era capaz de desentrañar un texto hasta extraerle los significados medulares que contenía y enriquecer así la experiencia del espectador.

Ocurrió así con Galileo de Bertolt Brecht, que estrenó en 1983, en un momento decisivo de la transición de la dictadura uruguaya hacia la democracia, iluminando los sentidos de ese drama biográfico sobre un hombre aplastado por la tiranía ideológica de la Iglesia.
Esa gran producción fue luego llevada al Festival Internacional de Caracas, con un gran éxito y un reconocimiento que reforzó el prestigio de su director. Pero en una línea similar de manejo de las ideas, puso luego en escena Rompiendo códigos, una pieza británica de escaso atractivo exterior aunque preñada de trascendencia, sobre la peripecia de Alan Turing, un genio que logró descifrar el código Enigma de las fuerzas armadas alemanas durante la guerra mundial, consiguiendo salvar con ello miles de vidas en la Batalla del Atlántico, para surgir luego como uno de los pioneros de la informática.
Ese personaje tenía importancia para la forma en que Vidal manejaba sus principios de ética, porque Turing sería más adelante crucificado por la Justicia inglesa a causa de su homosexualidad, y se levantaba entonces como un emblema contra la intolerancia. El espectáculo que armó tuvo en Montevideo un enorme éxito de público, llegó a las 300 funciones, obtuvo premios y recibió una lluvia de elogios. Era otra prueba de la lucidez y la severidad con que Vidal manejaba un material que no tenía porqué ser magistral, pero que ofrecía a un gran director la posibilidad de abrirlo por dentro para mostrar lo que podía ofrecer a su público.
El arco de posibilidades que Vidal podía abordar en sus labores era muy amplio, porque no excluía el humor, como quedó demostrado en sus montajes de La venganza de Don Mendo de Muñoz Seca o en Inodoro Pereira el renegau de Fontanarrosa. Pero en sus ejercicios mayores le permitió abordar por ejemplo Tierra de nadie de Harold Pinter, con la Comedia Nacional, revestido del despojamiento y la desnudez que pide el autor, como si toda su intensidad -que es descarnada- corriera por dentro, mientras exteriormente solo se producía un trámite quieto y casi descolorido.
En eso, Vidal no se equivocaba porque tenía una suerte de puntería indefinible para medir la potencia con que volcaba cada texto. Así ocurrió también con el juego interactivo de La boda de Brecht, donde el público participaba como invitado a ese casorio que se hamacaba entre la gracia costumbrista y el filo crítico a los hábitos burgueses y que se llevó a Buenos Aires donde obtuvo una notable respuesta del público. En sus períodos como director artístico del elenco oficial, Vidal hizo grandes cosas, como la coordinación del colosal montaje de Las mil y una noches o el mosaico de fragmentos de Shakespeare que fue una de sus últimas tareas.
Un hombre que nunca se apeó del enfoque cerebral de las obras que abordaba, y nunca renunció al empleo de su sensibilidad como guía de un espectáculo, convirtió hace algunos años una pieza de la vejez de Lope de Vega, creada como un pasatiempo para sus nietos y titulada Gatomaaquia, en un delicioso juego escénico entre cuatro actores casi acrobáticos, envueltos en una levedad, una gracia y un encanto incomparables, como ejemplo del apogeo de la madurez de Vidal y una suma de su sabiduría para convertir un texto menor en la plataforma de una obra maestra en materia de dirección. La muerte de este creador se suma ahora a las pérdidas que ha sufrido el teatro uruguayo con la desaparición de gente como Federico Wolff, Atahualpa del Cioppo, Omar Grasso o Eduardo Schinca.
Este cronista tuvo hace unos días la buena suerte de llamar a Vidal por teléfono y que él lo atendiera, con la misma voz de siempre, vigorosa y llena de ánimo, como ejemplo de la guapeza que lo acompañó toda la vida. Ahora corresponde hacer llegar a su hija, y a la madre de esa hija que es Margarita Musto, la emoción de un periodista que admiró tanto al que acaba de morir, cuya partida empobrece tanto al arte nacional. Qué tristeza.




Extraído de: http://www.elpais.com.uy/
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