viernes, 10 de agosto de 2012

EDITORIAL

“Cuando lo  importante es competir

(así nos va)





Ángel Juárez Masares



Días atrás decíamos que en esta publicación no abordaríamos el tema de los Juegos Olímpicos de Londres, un poco porque no es de directa incumbencia del tenor de nuestra revista, y otro porque ninguno de quienes la hacemos tiene conocimiento cabal del tema deportivo, mas allá de la información que llega por la prensa internacional.
Sin embargo, esa misma información nos proporciona un tema que sin duda será motivo de opiniones diversas entre nuestros lectores. Se trata de la sensación de conformidad que se desprende de los dichos de la gente (sobre todo a través de las redes sociales), vinculadas a la actuación de los representantes uruguayos.
En ese sentido somos contrarios a “celebrar” décimos puestos, o rupturas de marcas nacionales, que nada tienen que ver con la alta competición. Nadie dice que no se reconozca el esfuerzo de nuestros atletas, pero creemos que ese conformarse con una ubicación lejana al podio, nos pone inevitablemente en el camino de la mediocridad.
La discusión sobre el tiempo de preparación de los deportistas, los medios económicos para hacerlo, la infraestructura necesaria, la búsqueda de potenciales talentos, y nuestra pequeñez como país, corre por otros carriles, sería una torpeza no admitir que las carencias en tal sentido nos pone muy lejos de las doradas preseas. Eso no obsta para hacer hincapié –aunque también puede ser el meollo del asunto- en lo nocivo de la “cultura del conformismo”, concepto posible de trasladar a cualquier actividad humana, por simple y doméstica que sea.
Una sociedad se enriquece como tal cuando cada uno de quienes la componen desempeña su papel esmeradamente. Cuando el maestro de la escuela rural advierte las dificultades de aprendizaje de un alumno y –lejos de relegarlo- lo incentiva y ayuda para que “alcance” a los demás. Cuando un profesional médico no deja cabo suelto al elaborar un diagnóstico, o un arquitecto construye un edificio “para siempre”.
¿Qué lo anterior es una obviedad?
Es posible, pero nadie ignora que las cosas obvias son las menos reales.
Muchas veces hablamos del “rigor” aplicado a las artes, y de la necesidad de insistir en la búsqueda de la perfección, aún a sabiendas que es una utopía. Quienes algún día largamos esa carrera de obstáculos sabemos que nos metimos en una competencia que no tiene punto de llegada. Pintaremos, haremos música, o escribiremos procurando crear la obra perfecta, pero todo el esfuerzo de nada servirá ante las limitaciones de nuestra capacidad individual. No obstante, si cada uno que toma un pincel por primera vez, se sienta frente al piano, o garabatea unos versos, se conformara con la primera pincelada, los primeros acordes, y la primera rima, huérfanos estaríamos del concretar mejores logros.
Una de las frases mas perdedoras que escuchamos con frecuencia es que lo importante es competir. Creemos que tal aseveración desvirtúa la misma competencia, donde básicamente hay uno que gana y otros que pierden. Insistimos que no se trata de condenar al escarnio público a quien llegó último. Si hay gente que desea ir al aeropuerto a recibirlo, nos parece bien, quizá nunca un abrazo sea tan necesario para que ese deportista esté mañana temprano entrenando en pos de mejorar su performance. Lo que –insistimos- nos rechina un poco, es esa suerte de nacionalismo a ultranza de que adolecemos los uruguayos, y que tan asumido lo tienen hasta los propios deportistas.
"Estoy feliz. Laburé toda mi vida y por fin se me dio", dijo Alejandro Foglia tras clasificarse entre los 10 mejores del mundo el sábado pasado.
“Gracias a esta gran regata, Foglia logró el octavo puesto en la clasificación final general por lo que recibirá un diploma olímpico como distinción que se le entrega a los primeros ocho”. Decía la prensa el lunes.
En nuestra HUM BRAL  de papel del 3 de abril de 1992, nuestro editorial decía: “Es necesario romperlos mil veces, destrozarlos uno a uno. Luego, aguardar que afloren nuevamente, dejar que coagulen y se alcen, para destrozar nuevamente estos modernos papiros…”
Quienes hacemos HUM BRAL  llevamos años destrozando y edificando. Como los condenados de Dante, sabemos que empujaremos la roca hasta el fin de nuestros días, y que si no damos mas es por nuestras propias limitaciones. Somos eternos desconformes con lo que hacemos, y jamás se nos ocurrirá festejar un décimo puesto.
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