viernes, 3 de agosto de 2012

Hablando de Bueyes Perdidos

La indefinible frontera entre la justicia y la venganza



Ángel Juárez Masares

Que un hombre esté en una cárcel durante 12 años y salga sin odios, es algo que nunca entendí, ni entenderé. De todas maneras ya he relatado muchas historias de mi Amigo y sus recursos para mantener la cordura durante esos años.
Les recuerdo que el hombre de marras había “caído” por pertenecer a la “resistencia intelectual” en la última dictadura uruguaya, y poseer en su biblioteca material “subversivo”. Jamás tuvo un arma, pero sin duda algún civil de los tantos que “asesoraban” a los militares allá por años ’70, sabía que “non ay lança que pase todas las armaduras, nin que tanto traspase commo las escrituras”, cita de los “Proverbios Morales” de Rabbi Don Sem Tob.
No buscaré hoy en mi memoria historias de la cárcel, contadas en largas noches de asado y vino, o en los últimos meses que pasé al lado de su cama de hospital, cuando los dos sabíamos que se estaba muriendo. Solo quiero recordar que nunca vi a nadie morir con tanta dignidad; jamás una queja, nunca una alusión al dolor que deformaba su cuerpo.
Hoy quiero hablar de la venganza. “Mal que se hace a alguien para castigarlo y reparar así una injuria o daño recibido”, dice mi Pequeño (y desvencijado) Larousse Ilustrado que vive acá, a la derecha del teclado todopoderoso.
Como entrar en la diversidad de estados que componen la condición humana sería imposible, primero por su complejidad (y falta de capacidad para hacerlo), y luego por improcedente en este caso, trataré de hablar de la venganza desde lo cotidiano, porque además, en lo cotidiano es donde mas se manifiesta ese sentimiento, tan estrechamente emparentado con la justicia; palabra que inventamos para “reparar una injuria o daño recibido”.
Claro que públicamente no nos está permitido reconocer nuestro deseo de venganza, y por eso lo maquillamos de justicia. Por eso quizá muchos de ustedes no avalen lo antes dicho ante sus semejantes, pero seguro también habrá quienes lo aprueben en silencio.
Si vamos al fondo de la historia, veremos que la famosa “Ley del talión”, se refiere a un principio jurídico de justicia retributiva en el que la norma imponía un castigo que se identificaba con el crimen cometido.
Históricamente, constituye el primer intento por establecer una proporcionalidad entre el daño recibido en un crimen, y el daño producido por el castigo.
¿Se trataba entonces de poner en práctica la justicia?, o en realidad se estaba procurando “civilizar la venganza”.
Tampoco se puede negar que multitud de ordenamientos jurídicos se han inspirado en la ley del talión, especialmente en la Edad Antigua y en la Edad Media. Aunque pudiera parecer una ley primitiva, el espíritu de esta era proporcionar la pena en cuanto al delito, y con ello evitar una respuesta desproporcionada por la venganza. La aplicación de la pena, con barbarie, a lo largo de los siglos, no implica un defecto de la ley, sino un defecto de los aplicadores.
La Ley 229 del famoso Código de Hammurabi (1760 a. C.), señala claramente el principio de reciprocidad, al establecer “que si un arquitecto construía una casa para otro, y no la había hecho sólida, y si la casa construida se derrumbaba matando al propietario de la misma, el arquitecto sería muerto; dicho concepto se acentúa con la Ley. 230: “si la casa se había derrumbado matando al hijo del propietario de la casa, se mataría al hijo del arquitecto”.
Mi Amigo nunca quiso matar los hijos de los arquitectos del terror, y no se permitió albergar el odio, “por una cuestión de bienestar espiritual”, solía decir, y agregaba, “prefiero dejarle lugar a otras cosas”. Muchas veces lo escuché decir lo mismo, y aunque no alcanzara a comprenderlo jamás dudé de su palabra, porque si uno no cree en la palabra de un Amigo está perdido.
Tiempo después admití que no soy como mi Amigo muerto, y que si bien por puro egoísmo tampoco le hago lugar al odio, en alguna parte de mi anida la venganza en su mas puro estado primordial. Está ahí, como una célula atrofiada que no se reproduce pero vive.
¿Cuanta gente anidará dentro suyo la venganza? ¿Cuántos se animan a buscarla? ¿Cuántos habrá que lo reconozcan?
Quizá alguien se detenga un momento y la busque, pero cuidado, que no la disfrace de justicia.
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