viernes, 5 de octubre de 2012


Apuntes literarios

 
SOBRE LAS DIFICULTADES DEL MANEJO CORRECTO DEL LENGUAJE
                                

 

 

                                                                            Ángel Juárez Masares
 
 
Si los elementos de un lenguaje son las palabras; ¿qué es entonces, una palabra?
Sabemos que ella se integra con simples unidades de sonidos hablados llamados fonemas, y que la combinación silábica los transforma en un morfema.
Sin embargo, esta observación primaria es solo la génesis del gran problema –y el maravilloso desafío- de dominar el lenguaje. A partir de allí comienzan a sumarse elementos diversos que pondrán los morfemas en el camino del vocabulario. La sucesión gramaticalmente ordenada de las palabras en frases, desembocará en una “dinámica” del lenguaje donde habrán de convivir los acentos;  intervalos en la construcción de las palabras, y el ritmo de éstas en las frases. La resonancia verbal, y la musicalidad que el buen uso de las palabras imprima a una frase, será una condición imprescindible para el correcto manejo del lenguaje.
¿Qué no es tarea sencilla?
No lo es. En la medida que avanzamos en el aprendizaje del idioma nos encontramos con mas dificultades. Descubrimos que las palabras son logaritmos, imágenes, sentimientos, ideas, y que por lo tanto solo pueden utilizarse como signos de valores, nunca como valores en sí mismas. La belleza sonora de las palabras es demasiado grande para usarlas ligeramente, y precisamente por tal razón, hoy queremos derivar nuestra reflexión hacia la poesía.
En el mundo real podemos tener las cosas antes que las palabras, es decir, podemos tocarlas antes de saber cómo se llaman. En el universo estético prima el estilo, la palabra se vuelve un tercer ojo que hurga en el alma del poeta, y deviene –una vez mas- en un problema; poner en versos una idea comprensible, pues de nada servirá enhebrar palabras sin un orden que permita al lector captar imágenes o ideas.
Dice Ortega y Gasset: “no basta, para ser poeta, peinar en ritmo y rima el sonido del chorro de una fuente; hay que ser fuente, manantial, profunda veta de humanidad que resume energía estética y renovadora”. Asegura además –y compartimos- que la misión del escritor es “la de elevar hacia lo alto todo lo inerte y pesado”, y señala que “el literato no es otra cosa que el encargado de despertar la atención de los desatentos; hostigar la modorra de la conciencia popular con palabras agudas e imágenes tomadas de ese mismo pueblo”.
Decíamos antes que “la belleza sonora de las palabras es demasiado grande para usarlas ligeramente”, y también que “de nada servirá enhebrar palabras sin un orden que permita al lector captar imágenes e ideas”.
Hoy día es común leer algunos “poemas” en los que uno puede detenerse por horas tratando de encontrarles un sentido, pues en suma son solo frases incoherentes. Para hacerlo gráfico ensayaremos uno:
 La noche tiende a transformarse en madrugada
los ojos del mundo sueñan en azul y blanco
el bulevard se estira sobre manos cansadas
y un hombre cansado se duerme sobre un banco.
Aquí tenemos entonces -y de propia autoría para evitar alusiones- un “poema” que en realidad no dice nada, y que confirma de algún modo los dichos de Ortega y Gasset: “no basta, para ser poeta, peinar en ritmo y rima el sonido del chorro de una fuente; hay que ser fuente, manantial, profunda veta de humanidad que resume energía estética y renovadora”.
Naturalmente cada quien hará uso de su libre albedrío al escribir, así como en cada uno de sus actos, pero quien pretenda versificar correctamente, o dicho de otro modo, hacer uso adecuado del lenguaje, deberá conocer –por lo menos- las reglas mas elementales para la construcción –en este caso- de un poema.
Veamos ahora una de la rimas (XLII) de Bécquer, quien pese a haber sido calificado en su época como “cursi”, el paso de los años puso su obra en la cúspide de la literatura universal:
 
“Cuando me lo contaron sentí el frío
de una hoja de acero en las entrañas,
me apoyé contra el muro, y un instante
la conciencia perdí de donde estaba.



Cayó sobre mi espíritu la noche,
en ira y en piedad se anegó el alma,
¡Y entonces comprendí por qué se llora,
Y entonces comprendí por qué se mata!







Pasó la nube de dolor..., con pena
logré balbucear breves palabras...
¿Quién me dio la noticia?... Un fiel amigo
¡Me hacía un gran favor!... Le di las gracias.




 
Dice Pablo Neruda sobre una playa del sur:
La dentellada del mar muerde
la abierta pulpa de la costa
donde se estrella el agua verde
contra la tierra silenciosa.
 
Mas cerca en el tiempo escribe Wilson Armas:
Pintar la nada es pintar el espacio sin nubes,
Hablar de la guerra sin haber estado,
describir la pobreza con la barriga llena,
comentar sobre el amor, sin estar enamorado.
 
Sabemos que podríamos seguir con Benedetti, Ruben Darío, Manrique, o Garcilazo; José Hernández, Neruda, y Circe Maia. Imposiblemente larga sería la lista de poetas que podríamos mencionar. Con estilos diferentes, con enfoques distintos, pero con un dominio del lenguaje que permite extraer de él lo mas excelso.
Creemos que el mejor aporte que podemos hacer a nuestro idioma es respetarlo, procurando no maltratarlo deliberadamente; aún cuando eso implique reconocer los errores en los que podamos haber incurrido en esta nota.
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