sábado, 16 de agosto de 2014

EDITORIAL




ANTE LA MUERTE DE FERNANDO CABEZUDO



Ángel Juárez Masares




“Cuando dicen que un hombre es pintor, se quedan con su pintar y se olvidan del hombre. Es lo que llamo “la falacia del atributo”. Aplicamos a un sujeto un atributo, pero éste se vuelve león y se traga al sujeto sin que quede de él ni la raspa.
Se trata de una enfermedad constante que padece el intelecto. Invito a reparar que si es cierto decir que un hombre es pintor, es mucho más cierto afirmar que ese pintor es un hombre, y que lo es no sólo por ser pintor, sino en tanto que es pintor, pues pintar no es en absoluto otra cosa que una manera de ser hombre”.
          Ortega y Gasset




Impelido por una vieja relación que viene desde nuestra lejana juventud, y dispuesto a escribir sobre el recientemente fallecido Profesor Fernando Cabezudo, decidí hacerlo desde las emociones y no desde el intelecto. Quizá por esa razón recordé los dichos de Ortega y Gasset reproducidos en el encabezado. Ya vendrán quienes ahora analicen su obra, desmenucen su técnica, y hablen sobre sus pájaros posados en la fronda a orillas del Río Negro; o acerca de sus personajes cuasi fantasmales asomándose a la superficie de sus cuadros desde un mundo que sólo él sabía dónde estaba. Hoy prefiero hablar del hombre. De aquel hombre del que siempre dije que no necesitaba escuchar, porque interrumpirlo era irreverente.
Claramente recuerdo algunas tardes de visita a su taller, donde llegaba con la idea de quedarme “un ratito” para no molestar, y me iba a las cinco horas enojado conmigo mismo por no tener la capacidad de recordar la andanada de sabiduría que el hombre me había tirado encima.
Sin duda a Cabezudo le pasaba tal cual dice Ortega y Gasset, era víctima de “la falacia del atributo”. El león se había tragado al sujeto.
Sin embargo siempre procuré evitar contagiarme con la patología del intelecto y equilibrar al hombre con el pintor y al pintor con el hombre.
Sentados en el exuberante jardín de su casa, ponía una lata de sardinas que haría las veces de cenicero sobre un tronco talado, y hablaba de las acelgas y lechugas que cultivaba en una parte del terreno, mostraba los bebederos y las pequeñas latas donde distribuía comida para los pájaros que se habían apropiado del jardín, y como un artista de la palabra enhebraba temas. Tenía un profundo conocimiento de la política internacional, así como era capaz de hablar varias horas de literatura.
Lo recuerdo algunas tardes de invierno revolviendo cajones para mostrarme reproducciones de los clásicos de la pintura que solía traer de sus viajes por Europa. Las extendía sobre una gran mesa y allí las descifraba, decodificaba, evisceraba, en una tarea que conducía a lo profundo de la intención de cada autor. Curiosamente, no recuerdo que alguna vez hablara de su obra, tenía una admiración rayana en el fanatismo por lo que llamaba: “los Grandes Maestros”, de ahí que del cúmulo de frases que olvidé, perduró siempre aquella que me dijo un día mientras sostenía sobre la mesa a Delacroix, El Greco, Y Leonardo: “cuando creas que aprendiste a pintar, mira a los Grandes Maestros”.
Personalmente me quedo con eso. Creo que es la más extensa y completa “lección” de pintura que alguien puede trasmitir.
La gente de la ciudad se quedará con otras cosas. Lo recordarán bajando hacia el río con sus avíos de pesca, un tarro de hojalata con “chaura” y un anzuelo en la punta, y una bolsita con lombrices; con su jean gastado y manchado de pintura y sus alpargatas bigotudas.

Aún no se si su muerte me duele. Supongo que había cumplido su ciclo, y se fue como muchos quisiéramos hacerlo, pintando hasta el día antes.
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