Arqueólogos desentierran en la casa de George Washington 35 botellas del siglo XVIII con el contenido intacto
Cuando el equipo de arqueología de Mount Vernon se adentró en los sótanos de la mansión de George Washington, esperaba encontrar vestigios arquitectónicos, quizá utensilios rotos o restos de muros olvidados. Lo que nadie podía prever era el descubrimiento de 35 botellas de vidrio del siglo XVIII, 29 de ellas completamente intactas y con un contenido tan sorprendente como excepcional: cerezas y bayas perfectamente conservadas desde hace más de 250 años. El hallazgo, anunciado oficialmente por la Mount Vernon Ladies’ Association, está siendo considerado por los expertos como uno de los descubrimientos arqueobotánicos más relevantes de la historia de América del Norte.
Las botellas fueron encontradas en cinco pozos de almacenamiento durante las obras del ambicioso Proyecto de Revitalización de la Mansión, una iniciativa de 40 millones de dólares que tiene como objetivo preparar la residencia del primer presidente de los Estados Unidos para el 250º aniversario del país, que se celebrará este año. Pero entre los trabajos de mejora estructural y drenaje, los arqueólogos se toparon con algo que nadie esperaba: recipientes de cristal sellados, cubiertos por capas de tierra y ocultos bajo un suelo de ladrillo colocado en la década de 1770. Estas botellas no habían visto la luz del sol desde los años previos a la Revolución Americana.
Conservación milagrosa en el corazón de Mount Vernon
El contenido de las botellas, extraído cuidadosamente y ahora almacenado bajo refrigeración, ha revelado un estado de conservación extraordinario. En su interior, los científicos han identificado decenas de huesos de cereza, tallos perfectamente recortados y pulpa aún reconocible. Todo indica que las frutas fueron lavadas meticulosamente antes de ser embotelladas y selladas, siguiendo técnicas de conservación tan precisas que incluso hoy, tras más de dos siglos, no se han detectado contaminaciones microbianas graves en el líquido remanente.
Este detalle ha llevado a los expertos a valorar enormemente las habilidades culinarias de quienes prepararon estos alimentos. Y aquí emerge otro protagonista del relato: la cocinera esclavizada conocida como Doll, que llegó a Mount Vernon en 1759 junto con Martha Washington y que, según documentos históricos, tenía experiencia en la preparación de frutas embotelladas. Una carta escrita por Martha años más tarde incluso sugiere que Doll conocía bien el proceso, insinuando que pudo haber supervisado la creación de estas conservas. Hoy, más de dos siglos después, su destreza sigue sorprendiendo a genetistas, arqueólogos y microbiólogos.

El hallazgo ha generado una oleada de interés no solo entre arqueólogos, sino también entre genetistas de plantas y expertos en alimentación histórica. Investigadores del Departamento de Agricultura de Estados Unidos (USDA) ya han comenzado a analizar el material biológico para identificar las variedades de cereza utilizadas, muchas de las cuales podrían estar extintas o muy transformadas respecto a sus descendientes actuales.
La hipótesis principal es que se trata de cerezas ácidas, con una mayor concentración de ácido que habría ayudado a conservarlas de forma natural. Algunos tallos parecen haber sido cortados con tijeras, una señal de recolección meticulosa que refuerza la teoría de una elaboración altamente especializada. Incluso se están examinando los huesos para evaluar si alguno podría ser viable para la germinación, lo que abriría la posibilidad de rescatar una variedad genética del siglo XVIII. Aunque las primeras pruebas muestran que muchos están demasiado degradados por la humedad, el solo intento ya abre una puerta fascinante: cultivar hoy árboles cuyas “raíces” se hunden literalmente en los inicios de la historia de Estados Unidos.
¿Qué función tenían estas botellas?
La datación de los pozos sugiere que las botellas fueron enterradas poco antes de que Washington dejara Mount Vernon en 1775 para liderar el Ejército Continental. Se cree que las frutas no fueron conservadas con fines decorativos ni simbólicos, sino como provisiones para el consumo en los meses siguientes. Esta práctica era habitual en las plantaciones del siglo XVIII, donde la producción de frutas estaba organizada de forma casi industrial y los excedentes se conservaban en botes de cristal o cerámica, a menudo en sótanos donde la temperatura era más estable.
Pero las condiciones específicas de Mount Vernon, con su denso suelo arcilloso y escasa circulación de aire, crearon sin quererlo una cápsula del tiempo. Las botellas, algunas aún con fragmentos de sus corchos originales y posiblemente sumergidas en agua de manantial o infiltrada con el tiempo, lograron mantener sellado su contenido durante siglos.

El legado de quienes no figuran en los libros
Quizá el aspecto más poderoso de este hallazgo no radique solo en lo que se encontró, sino en lo que nos obliga a recordar: que detrás de estas botellas hay historias invisibles de personas esclavizadas que trabajaban en condiciones inhumanas y que, sin embargo, dejaron una huella profunda —y ahora tangible— en la historia de la alimentación en América. Los jardines, huertos y cocinas de Mount Vernon eran sostenidos por más de 300 personas esclavizadas, muchas de las cuales no aparecen en los registros oficiales, pero cuya labor hizo posible este tipo de elaboraciones culinarias.
Las frutas no solo representan una proeza técnica, sino también el resultado de una organización doméstica compleja, donde la producción de alimentos era tan precisa como cualquier industria moderna. Este hallazgo, inesperadamente, pone en valor el conocimiento agroalimentario de estas personas y abre nuevas líneas de investigación sobre las tradiciones culinarias afroamericanas que contribuyeron al nacimiento de lo que hoy llamamos cocina estadounidense.
La restauración de Mount Vernon, prevista para culminar este año con motivo del 250 aniversario de la independencia de Estados Unidos, tiene ahora un nuevo motivo de orgullo. Estas botellas, testigos silenciosos de un mundo que parecía perdido, han reavivado el interés por los orígenes no solo políticos, sino también cotidianos de la nación. En palabras de los propios responsables del proyecto, es como si las botellas hubieran esperado todo este tiempo para reaparecer justo en el momento en que el país se prepara para conmemorar su nacimiento.
Y aunque aún quedan análisis científicos por realizar y muchos misterios por desvelar, algo es seguro: nunca más veremos una botella de cerezas con los mismos ojos.
(*) extraído de https://muyinteresante.okdiario.com/
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