viernes, 10 de junio de 2011

Shopping con pasado triste
Historias del Cuartel General Luna
Ahora es uno de los tantos paseos habituales de los mercedarios. Es la puerta de entrada para quienes llegan en ómnibus a la ciudad; un Shopping, pero su funcionamiento inicial fue muy distinto al actual, y aunque los mercedarios sabemos que era el Cuartel “General Luna”, pocos conocen su historia, y las anécdotas que alberga.
Hasta 1884 ese predio pertenecía a Juan M. Rivas que lo vendió al Estado. Ubicado frente a la plaza “Nueva” como originalmente se denominaba a la actual Plaza Artigas, ese edificio albergó inicialmente al 2° de caballería, al mando del General Pablo Galarza. Con el correr del tiempo fue sede del Batallón “Asencio” de Infantería N° 5, hasta el 15 de enero de 2001 cuando es entregado a la Intendencia de Soriano. El 16 de junio de 1988 el Poder Ejecutivo resolvió declararlo Monumento Histórico Nacional, “incluyéndose el volumen edificado con frente a Plaza Artigas en toda su extensión sobre calle Don Bosco y su continuación por calle Artigas en toda una longitud de 50,50 mts. y el espacio interior (sector noreste del predio) correspondiente a la Plaza de Armas”. Cuando el Batallón N° 5 se trasladó a su actual emplazamiento en el ejido de la ciudad, se manejaron diferentes proyectos: instalar allí la Casa de la Cultura, un museo, emplazar un grupo de viviendas, e incluso que sus instalaciones fueran sede del tercer Liceo de Mercedes.  Finalmente se decidió que  era el sitio ideal para construir la Terminal de ómnibus, por tratarse del centro geográfico de la ciudad.
El gorila y el indio
El diario El Día de Mercedes, reseñaba en 1934 las reformas a que fue sometido el edificio: “Cuenta el Cuartel  con dos grandes Plazas de Armas, Despacho de Jefe, Alojamientos para Oficiales, Gimnasio, Casino de Tropa, Comedor de Verano al aire libre, Amplias Cuadras, cómodas e higiénicas, para personal y un  Palomar Militar”. Sus paredes guardan algunas historias tristemente célebres. Quizá una de las más sobresalientes del Siglo XIX fue cuando su edificio sirvió para ocultar a Urbano Machuca, el asesino del periodista Antonio Coello.
Por esos años el Coronel Pablo Galarza era Jefe Político y de Policía. Coello periodista del diario La Reforma (perteneciente al Partido Nacional, que respondía a la fracción constitucionalista) había catalogado en sus artículos a Galarza como  “cacique” o “el gorila” fraguador de fraudes y protector de pillos. Obviamente que la situación se tensó hasta un punto en donde Coello es asesinado, cuando regresaba a su casa. Coello fue asesinado el 28 de noviembre de 1887. La investigación derivó en que la responsabilidad del asesinato era de Urbano Machucha, “el indio”  quien emprendió la huida hacia Villa Soriano, pero al llegar al Cuartel se presentó ante la guardia para expresarle “me mandó buscar Don Pablo”, y tras limpiar el facón ensangrentado agregó: “acabo de matar a ese blanco de mierda”. Machuca vivió virtualmente prisionero dentro del Cuartel, protegido por Pablo Galarza, el Jefe Político y de Policía, lo que en la estructura política y hasta sicológica del siglo XIX significaba ser un personaje todopoderoso que armaba y desarmaba a su gusto. Por lo que la ley jamás lo juzgó por este crimen.
Atrocidades
Pero el Siglo XX también tuvo sus historias en este Cuartel, bastante más trágicas y dolorosas, vividas durante la última dictadura cívico militar. Allí estuvo detenidos varios presos políticos como entre los que estuvo el periodista y director del periódico Centenario, don Eduardo Víctor Boga. Allí pudieron verlo otros presos políticos, como Néstor Gurruchaga: “Me acuerdo de Sergio Gramajo repartiendo comida y le decían: “mirá, que no te acordaste del que está en el calabozo”. Él respondía: “Dejalo al viejo pescado ese”. Lo tenían aparte”.
Si bien Boga estuvo recluido en un calabozo, la superpoblación hizo que en el patio del Cuartel General Luna se montara una carpa de campaña donde los presos pasaban el día sentados, maniatados, y con los ojos vendados, esperando su turno para la tortura.
En el actual estacionamiento de autos y motos se encontraba el frontón, donde los presos pasaban horas, y hasta días de plantón. “El submarino estaba en el pasillo, en el pasaje de la plaza de armas (…) había un pasillito con una piecita chiquita” donde “estaba el caballete”, recordó Juan Carlos Pérez que ingresó como albañil al Batallón Asencio y su trabajo consistió en construir pequeñas divisiones, convirtiendo en celdario las viejas barracas que daban a calle Colón.
Vecinos de la zona de la Plaza Artigas han contado, en el correr de los años, que en sus patios existen túneles o galerías que no saben a donde conducen. Las historias populares relatan que esos túneles conducen al edificio del ex cuartel, algo común en las construcciones del Siglo XIX, llegándose incluso a relatar supuestos casos donde las tropas, o algunos enviados, evaden el asedio a estos cuarteles utilizando estos túneles. En la remodelación del edificio del ex Cuartel Gral. Luna no se supo de la aparición de alguno de estos túneles, pero la versión de los vecinos de la zona coincide con la de los ex presos políticos que han relatado que eran bajados para ser torturados con la picana eléctrica. Ese túnel estaría sobre la esquina de Colón y Don Bosco, donde prendían la radio para iniciar las sesiones de picana, como lo relató tiempo atrás Luis Mancebo, ex trabajador de Pamer que fue detenido “como siete veces” y “siempre me la dieron”. El procedimiento era sencillo y atroz a la vez, desnudo “debajo de un coso” dijo Mancebo porque nunca pudo identificar dónde se encontraba, porque estaba encapuchado, esperando su turno para ser torturado.
Quienes conocieron las instalaciones del cuartel como presos políticos, con el correr de los años han relatado las cosas que pasaban muros adentro. Llegando incluso a identificar a algunos de sus torturadores. El incendio de Mercedes Terminal Shopping se produjo por un cortocircuito, muy cerca de donde antes funcionaba la picana eléctrica.
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