viernes, 11 de noviembre de 2011


EFEMÉRIDES

Fiódor Mijáilovich Dostoievsk
(1821-1881)





Aldo Roque Difilippo


Hace 190 años, el 11 de noviembre de 1821 nacía en un hospital cerca de Moscú Fiódor Mijáilovich Dostoievski.
Autor de obras emblemáticas como “Crimen y castigo”, “El jugador” y “Los hermanos Karamazov”, Fiódor Mijáilovich Dostoievski es considerado como uno de los escritores más grandes de la literatura rusa y reconocido como el fundador del existencialismo. El ambiente familiar de su infancia está  marcado por la ausencia materna y el autoritarismo paterno.
La temprana muerte de la madre sumió al padre en la depresión y el alcoholismo, lo que produjo que finalmente Fiódor y su hermano Mijaíl fueran enviados a la Escuela de Ingenieros militares de San Petersburgo. En ese lugar el joven Fiódor comenzó a interesarse por la literatura.
En 1839, cuando apenas tenía 18 años muere su padre, al parecer, fue asesinado por sus propios sirvientes, quienes, enfurecidos tras uno de sus brutales arranques de violencia provocados por la bebida, lo inmovilizaron y le hicieron beber vodka hasta que murió ahogado.
En parte, Fiódor experimentó un sentimiento de culpa, por haber deseado la muerte de su padre en muchas ocasiones.
Sintéticamente esos fueron los primeros años de Fiódor Dostoievski un autor que ha influido y sigue influyendo en muchos escritores.


He cometido un delito:
he perdido todo

Dostoievski conoció a Anna Grigorievna Snitkina cuando la contrató para mecanografiar una de sus novelas. Pronto Anna se convirtió en su segunda esposa. En 1867 Dostoievski, empedernido jugador, viajó a Leipzig. Desde allí escribió a Anna cartas que son una radiografía de la mentalidad apostadora y, por desgracia, perdedora.
  
(carta de Dostoyevski a Anna Snitkina)

"Hamburgo, 24 de mayo de 1867.

 ANNA, mi querida, amiga mía, perdóname, no me trates de cobarde: he cometido un delito: he perdido todo lo que me enviaste, todo, hasta el último pfenning. Lo había recibido ayer, ¡y ayer perdí todo!. Anja, mi querida ¿cómo podré ahora arriesgarme a mirarte?¿Qué me dirás? No le temo a nada, sólo a lo que puedas pensar de mí. Sólo tu juicio me da miedo. ¿Podrás, tendrás la fuerza de estimarme todavía? Y ¿qué vale un amor sin estima? Alma mía, no me acuses irrevocablemente. Odio el juego y no sólo ahora, también ayer y antes de ayer lo maldecía. No bien recibí el dinero, lo cambié y bajé con la idea de ganar algo, una insignificancia quizás, para aumentar lo poco que tenemos. Estaba absolutamente convencido de ganar. Y, al principio, gané algo y luego, cuando comencé a perder, quería rehacerme y, en cambio, perdía cada vez más. Entonces seguí jugando para recuperar por lo menos lo que necesitaba para mi regreso: ¡perdí todo! Anja, te suplico que tengas piedad de mí: es mejor que me juzgues libremente. Pero yo no tengo miedo. Por el contrario: ahora, después de una lección tal, me siento más tranquilo para el porvenir. Ahora, es necesario trabajar, ¡trabajar! Demostraré lo que todavía puedo hacer. No sé como podremos arreglarnos, pero Katkov no me negará anticipos; y pienso que todo el resto dependerá de la calidad de mi trabajo. Si el trabajo es bueno, tendremos dinero. Ah, si la cosa me hubiera concernido sólo a mi, me habría echado a reir y habría partido. Pero tú no podrás dejar de juzgar mi conducta y eso me perturba y me atormenta, Anja, con tal de que no pierda tu amor. Con lo mal que nos van las cosas, he gastado, entre el viaje a Hamburgo y lo perdido, más de mil francos, trescientos cincuenta rublos ¡un verdadero delito! Pero, si los he perdido, no ha sido por capricho, por avidez, no para mí no. Tenía otra finalidad. Pero ahora no es el momento de justificarlo. Debo volver junto a ti lo antes posible. Envíame en seguida el dinero necesario para partir, aunque se tratase del último. No  puedo y no quiero quedarme aquí más tiempo. Junto a tí pronto, junto a ti para abrazarte. Dime, ¿tú me abrazarás, verdad? Ah, si no hubiese sido por el mal tiempo, habría podido ir ayer a Francfort y no habría sucedido nada; no habría jugado. Pero con un tiempo tal, con el dolor de muelas y la tos, no tenía posibilidad de viajar y de pasar toda la noche con el abrigo de verano. Era imposible, absolutamente imposible, habría corrido el peligro de enfermarme. Pero ahora, ni siquiera esa posibilidad podrá detenerme. No bien recibas esta carta, envíame dies imperiales, es decir noventa guides, para pagar mis deudas y partir. Hoy es viernes; el domingo los recibiré y en seguida, en el día partiré para Francfort; allí tomaré el rápido y el lunes a la tarde estaré contigo. Angel mío, no  vayas a pensar que con este dinero vuelva a jugar y perder. No me ofendas hasta ese punto. No tengas tan mala opinión de mí. Todavía son un hombre, hay en mí algo de humano.
Que no se te ocurra, por desconfianza hacia mí, la idea de venir a buscarme tú misma. Tanta desconfianza me mataría. Te doy mi palabra, mi palabra de honor de que partiré en seguida, a pesar de todo, a pesar de la lluvia y el frío.
Te abrazo. ¿Qué pensarás de mi? ¡Oh, como me gustaría estar junto a ti cuando leas esta carta! Tuyo

F.D.
P.D. Angel mío, no te preocupes por mi. Vuelvo a repetirte, si estuviese solo, me limitaría a reír de lo que me ha sucedido. Eres tú, el juicio que tendrás sobre mí lo que me hace sufrir. Esto es lo único que me atormenta. Hasta pronto. ¡Ah, que yo esté contigo aprisa, aprisa! ¡Más rápido!"
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