viernes, 6 de enero de 2012


Cuando Papá Noel le ganó a los Reyes Magos


                                                                                                                                  Ángel Juárez Masares

Como ocurre cada año por estas fechas, la gente invadió los comercios en busca de regalos. Las ofertas del último MP5 en cuotas al alcance de todos los bolsillos estuvieron a la orden, y los celulares volaron de los escaparates.
Papá Noel ha ido ganando terreno y parece haberse instalado con sus renos, su nieve, y su risa tonta en estas latitudes, siendo un verdadero milagro que sobreviva enfundado en un traje adecuado para diez grados bajo cero en regiones de treinta. Pero nosotros igual rociamos con espuma sintética “el arbolito” y nos atiborramos de comida para diez grados bajo cero.
Sin embargo quienes pasamos el medio siglo de vida no podemos evitar añorar los Reyes Magos. Aquellos que venían de Oriente montados en sus fantásticos camellos, que invariablemente nos volcaban el agua y desparramaban el pasto que les habíamos dejado la noche anterior.
Melchor, Gaspar, y Baltasar -quien sabe por qué razón siempre en ese orden- llenaron la noche de enero de misterio y ansiedad, pues era muy difícil que “olvidaran” alguna casa por humilde que fuera. Siempre dejaban caer algo -por pequeño que fuera- en las alpargatas desflecadas.
Y al otro día… ¡ah!... al otro día salíamos temprano todos a la calle, y aquello era una fiesta.
El “patrullero” de chapa con el policía pintado y un número… el 37 por qué no, estampado en rojo a cada lado. Claro, la sirena corría por cuenta de cada uno, y el ruido del motor también.
Tiempos de chapa y madera… lejos aún del plástico contaminante e insípido. Aquellos juguetes sí que tenían vida… ¡no te sientes encima de la muñeca de Clarita!... ¡Mira esta guitarra!... tiene solo cuatro cuerdas… pero suena bien… parece de verdad.
Pero por suerte esos juguetes no duraban demasiado. La “de goma” se pinchaba antes que cayera el sol en las cina-cinas de lo Núñez, la muñeca de Clarita era decapitada en una puja con la más chica de los González, y el patrullero terminaba aplastado por el monopatín de Cabrerita (el que estaba en 5to). La guitarra ya sin cuerdas oficiaba de “palo” de uno de los arcos, porque se armaba partido en plena calle –con el gordo Acevedo al arco- y “la de trapo” recuperaba su reinado. Sitial que en realidad nunca había perdido, solo esperaba pacientemente tirada por ahí en cualquier parte, segura que pronto acudiríamos a ella.
Por qué –se habrán preguntado ustedes- “por suerte esos juguetes no duraban demasiado”, porque entonces teníamos que apelar a la imaginación. Pequeños tacos de madera se trocaban como por arte de magia en camiones que llevaban ganado y trigo de un lugar a otro, transitando extensas carreteras dibujadas en los patios con una tenaza abierta.
La cabeza de la muñeca de Clarita envuelta en trapos cobraba vida nuevamente, y el resto del cuerpo rellenaba otra “de trapo”.
Hoy los gurises mandan “mensajitos” con sus nuevos celu, que pronto abandonarán pidiendo el modelo más nuevo. Los aparatos electrónicos tendrán un poco mas de vida, aunque sin exagerar, porque en algún lado estará instalado ese circuito, chip, o como se llame, que lo hará dejar de funcionar para que haya que comprar otro, porque esas cosas no se reparan para que la cinta transportadora del consumo no se detenga.
Claro que lo antes dicho no significa renegar de la tecnología. Son las leyes del juego de la modernidad, y hay que jugar a eso o dejamos de existir. Pero si nos sinceramos con nosotros mismos descubriremos que –sin aferrarnos a que “todo tiempo pasado fue mejor”- un cachito de nostalgia nos seca la garganta cuando recordamos a los cada vez más ignorados Melchor, Gaspar, y Baltasar, y otro cachito de bronca nos invade cuando desde alguna publicidad oímos la risa tonta del gordo pro yanqui.
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