sábado, 14 de enero de 2012

Hablando de bueyes perdidos

Acerca de los fantasmas que habitan una antigua máquina
de escribir


Ángel Juárez Masares

Días atrás alrededor de la media noche “se cayó” internet. Tras unos segundos mirando la pantalla estúpidamente, me levanté para controlar el router. Estaba muerto. Apagados los pequeñísimos leds de ese adminículo símil ovni, solo quedaba esperar o hacer otra cosa. Ponerme a pintar significaba sumergirme en la parafernalia de pomos, pinceles, trapos, y solventes; y si volvía pronto la señal, sedantes, por no haber tenido un poco de paciencia.
De modo que me dispuse a pasar un poco de humo por los pulmones y una copa de cabernet sauvignón por las arterias, como para compensar.
Por un momento pensé cargar música en el Winamp, pero decidí escuchar el silencio –asunto que deberíamos hacer con más frecuencia- alterado apenas por el paso de algunos autos en la cercana avenida.
Sin embargo no fue el apagado sonido de los motores los que alteraron esa noche. Fue el “carro” de la antigua máquina de escribir “Continental” de 1917, que Virginia nos había regalado hacía un par de semanas como elemento decorativo para el nuevo taller.
Estaba sobre la mesa donde la habíamos dejado con la idea de limpiarla y aceitarla con la esperanza de volverla a la vida, pero de pronto –y sin mediar intervención humana alguna- el carro retrocedió haciendo “tope” con violencia en alguna parte del complejo mecanismo.
Con la copa a medio camino hacia la boca, mi atención fue de la pantalla de la PC a la pesada pieza de museo que apenas se veía en la deliberada penumbra del taller.
Varias fueron las imágenes que entonces pasaron por mi mente. La primera fue la de nuestro amigo Roberto Sari, quien aún utilizaba la máquina de escribir (tenía más de una) pese a nuestros esfuerzos por hacerlo trabajar en la virgen computadora que tenía sobre su escritorio.
Recordé también mi primera Olivetti, cuya compra insumió varios meses de especulaciones económicas suprimiendo entradas al cine, al teatro, o cualquier gasto que pudiera considerarse innecesario. Claro… esa máquina ya entraba en “la era del plástico”, y había que atarla a la mesa para que no terminara en el suelo. En cambio la Continental no se movía por más que se aporreara de manera inmisericorde.
De todas maneras esa noche me levanté de la silla y con un dedo volví el carro a su lugar dando por terminado el episodio. Aprovecharía la falta de internet para escribir algunas cosas que tenía en mente, y pondría música de mi carpeta.
Serían las 2:00 de la mañana cuando el ruido a metal rompió el silencio nuevamente.
Molesto por la interrupción y procurando que no volviera a suceder, esta vez fui hasta la máquina munido de un rollo de gruesa cinta engomada, y poniendo el carro en su lugar le di un par de vueltas.
Cuando intenté retomar la escritura, caí en la cuenta que mi atención estaba centrada en la máquina de escribir y su misterioso afán por distraerme.
¿Acaso alguien dejó inconclusa en ella una carta de amor?...  ¿O fue un relato lleno de fantasías intrigantes?...
Aún di unas vueltas por el taller procurando racionalizar el episodio; abandonando lo que estaba haciendo, y decido a irme a dormir.
Evidentemente alguna traba que debía sujetar el carro en su lugar estaba gastada y lo hacía “saltar” impulsado por un resorte activo.
Sin embargo a la mañana siguiente cuando vuelvo al taller descansado y mate en mano, la cinta que rodeaba la máquina estaba floja, y el carro había retrocedido nuevamente.
Ese día decidí olvidarme del asunto y lo encaré como todos. La conexión a internet restablecida me permitió seguir con la rutina matinal; leer los diarios, revisar el correo, chusmear el face, y terminar el texto inconcluso.
Fue a la noche cuando mi atención volvió a la Continental. Saqué la cinta que aún la rodeaba, y le puse una hoja en blanco. Desde entonces el carro no se a movido, y no me extrañaría si una mañana de estas parece escrita en ella algún poema. Si eso sucede, prometo publicarlo en estas páginas como “anónimo”. Seguros estén que no me apropiaré de su autoría. Nunca se sabe lo que pueden hacer los fantasmas que habitan en una antigua máquina de escribir.
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