viernes, 20 de enero de 2012

HABLANDO DE BUEYES PERDIDOS

Don Casales; el hombre que dio la vuelta al mundo
en un barco de papel

Ángel Juárez Masares

Don Casales vivía en una casa inmensa y solitaria en medio del campo rodeada de añosos paraísos. Al frente, un largo corredor cubierto con jazmines del país congregaba abejas y colibríes; y al fondo había un galpón de chapas donde las vacas se cobijaban en invierno.
Solíamos ir a visitarlo cada tanto, lo que para nosotros era toda una aventura. Con mis hermanos nos metíamos en el huerto donde doña Ramona plantaba zanahorias, habas y acelgas, y hacíamos nuestra la tarea de recoger los huevos que las gallinas ponían en cualquier lado.
Ante nuestros ojos infantiles, aquella chacra era una fuente inagotable de sorpresas, pues no nos alcanzaba el día para descubrir las maravillas que guardaba.
Recuerdo que pasábamos tiempo mirando los ojos grandes y brillantes de las vacas cuando bebían en el bebedero de cemento. Ellas nos miraban también. Indiferentes. Levantaban la cabeza, nos observaban un instante, y volvían a hundir el hocico en el agua fresca y limpia.
Doña Ramona nos dejaba subir al oxidado tractor abandonado en un rincón del galpón, no sin antes repetir la advertencia: -¡con cuidado, eh! No se vayan a caer.
Sin embargo los viajes al volante del “Ferguson” no duraban mucho, porque el piar de pollos abajo de unas tablas nos distraía inmediatamente.
El atardecer nos encontraba jugando al escondite o a “las esquinitas” en torno de la casa, y árdua era la tarea de nuestra madre para que entráramos a bañarnos y descansar antes de la cena.
Ese era el momento donde Don Casales interrumpía la charla con mi padre para relatarnos historias de sus viajes. Nos sentábamos en almohadones rellenos de lana sobre el piso de madera, y el hombre nos hablaba de su encuentro con los “Yanomamis”, aquella vez que remontó el Amazonas en una lancha impulsada por un motor de “Ford 8” adaptado por él mismo.
O nos daba detalles “hasta ahora no conocidos” de las pirámides de Egipto, estableciendo la relación entre la altura de una de ellas con la distancia al sol, a la que restaba nueve metros con setenta y cinco centímetros, que era lo que –aseguraba- le faltaba a la pirámide de marras por efecto de la erosión.
Otras veces nos contaba historias del tiempo pasado entre los Massai, y de como le costó acostumbrarse a beber la sangre de las vacas en lugar de la leche.
-Ellos no las matan. Les pinchan una vena en el cuello cada mañana y se alimentan con su sangre; la poca leche que dan la guardan para los terneros- decía Don Casales poniendo su índice delante de su nariz como para que su relato no dejara lugar a dudas.
-Y esa fue la vez que tuve que salir huyendo porque me enamoré de la hija del cacique- añadía algunas veces sonriendo con picardía y mirando hacia la cocina para que no lo escuchara Doña Ramona.
-El cacique me descubrió haciéndole unos arrumacos, y me dijo que si la quería tenía que poner veinte vacas y cinco cerdos- solía decir olvidando que esa historia nos la contaba en cada visita- entonces esa noche me escapé y caminé hasta el amanecer en medio de aquella inmensa planicie oyendo el rugido de los leones…a veces, muy…muy cerca.
Otras tardecitas Casales nos hacía temblar de frío al contarnos sus aventuras en el Polo Norte.
-Allá –decía acurrucándose en su sillón de mimbre- donde la noche dura casi todo el año; la brújula se vuelve loca porque no sabe que el imán está en el medio de la aguja, y donde los microbios que hay acá no pueden vivir de tanto frío…allá fui una vez porque quería ver los osos blancos de cerquita-
De ese modo, cada visita a la chacra de Casales era una fiesta. Durante el día la aventura en el entorno; el encuentro con un zorrino, contar los viajes de los horneros cargando barro del bebedero al algarrobo donde el “hornito” estaba tomando forma.
Al anochecer, los relatos de sus viajes alrededor del mundo. Unas veces adornados con historias de fantásticos personajes, tribus salvajes de la India, maoríes desnudos y pintados que bailaban en las playas. Otras, con detalles precisos de fechas, aldeas, medidas de algún templo, o la trágica muerte de un explorador.
Pasaron muchos años antes que yo supiera la verdad.
Don Casales jamás había salido de su casa.
Sin embargo al saberlo no me sentí decepcionado. Tampoco sentí que el hombre nos hubiera mentido, o que sus historias de viajes fueran un engaño, o que se hubiera aprovechado de nuestra inocencia. Aún lo veo sentado en su silla de mimbre. Escucho su voz, percibo los cambios de tono… ya casi un susurro para imprimirle misterio a ese pasaje del relato; ya casi gritando para encender en nosotros el fuego del terror.
Pasaron muchos años antes que yo supiera que aquel mueble que llegaba casi hasta el techo de la sala estaba lleno de libros.
No era cierto que Don Casales jamás había salido de su casa.
Don Casales leía, y por lo tanto, nada tan verdadero como sus viajes alrededor del mundo.
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