sábado, 16 de junio de 2012

Hablando de bueyes perdidos

Pienso, luego existo… ¿o existo porque pienso?


Ángel Juárez Masares

Algunos hombres necesitamos rodearnos de objetos que nos hagan sentir cómodos en nuestro hábitat. Objetos que muchas veces carecen de valor material y que –a la vista de quienes estudian las conductas humanas- adquieren cierto significado que tiene que ver con la existencia de cada uno. No estoy hablando del “acumulador compulsivo”; me refiero a la gente común. Metido en un montón de cosas a la vez, esta semana en mi taller reina el caos. Muchos libros se bajaron de sus estantes y andan por cualquier lado; la mesa de dibujo está llena de bosquejos destinados a la papelera, y las hojas aún en blanco cubiertas de minúsculas astillas de madera de los lápices.
Sin embargo, nada de eso me perturba. Todo lo contrario. Esta semana recordé la casa de la abuela, donde había un mueble lleno de copas de cristal que jamás se usaron, una lámpara de pie que nunca se encendía, y una “araña” de bronce que colgaba del techo ahorcada por su propia cadena. Recordé la alfombra marrón con arabescos borrosos por el paso de los pasos, y la mecedora que se adivinaba bajo una funda blanca. Junto a la ventana, una caja de costura sobre la “Singer” cerrada como un ataúd, y las cortinas que daban al patio interior corridas sobre los antiguos vitraux.
Quizá porque esas imágenes están ahí, en un recoveco de la mente aunque no aparezcan con frecuencia, es que me gustan los libros tirados, los caballetes abiertos, los soportes arriba de las sillas, las paletas “sucias”, los pinceles conviviendo con la pipa y el tabaco, el mate encima de un catálogo de Cézanne.
Hoy me atrinchero en las cuatro paredes de mi cueva-taller desde donde salgo cuando quiero, a la mañana me saludan las tunas que viven en los ventanales, y me escudo “hablando de bueyes perdidos”. Me gusta hablar de bueyes perdidos. Dejar que el pensamiento vaya y venga a placer, sin ataduras, de un lugar a otro, de una historia a otra, entreverado, abrazado con la imaginación, pateando irreverente la mochila de recuerdos como si fuera la vieja pelota de trapo que hoy los gurises no conocen. Sí…me gusta divagar sin ataduras, pensar que la vida es una pelota de trapo que cada mañana me espera, ahí, entre las plantas del patio, donde quedó la tarde anterior, para que la agarre a patadas y sepa que no me asusta. Me gusta no respetar la sintaxis ni las mas elementales reglas ortográficas, escribo…escribo recuerdos, pero no lo hago por ego, ¿a quien le importan “mis” recuerdos? Lo hago por que sé que son comunes a la gente. En algún lugar habrá alguien que mañana se levante dispuesto a patear la vida “pa´delante”. Que buscará la de trapo en el jardín para “darle” con ganas, porque de eso se trata.
Esa “remera” está sucia, me dijo alguien un día. No –respondí- está manchada de pintura.
Esos libros están fuera de lugar, me dijo otra vez. No –respondí- están en “su” lugar.
Ese caballete está “en el camino”. No –respondí- tú estás en el camino del caballete.
Esa copa de vino manchará la mesa. No –respondí- en todo caso la madera volverá a la madera.
Esa pelota de trapo romperá las plantas. No –le dije- las plantas no crecen si la pelota no se mueve. Entonces tomé mis libros y la copa de vino, me puse “la de trapo” abajo del brazo –como el “Negro” Obdulio en Maracaná- y me fui.
Por eso no me gustan los armarios llenos de copas de cristal, porque están muertos, ni las lámparas de pié que no se encienden, ni las mecedoras enfundadas, ni las arañas de bronce colgando del patíbulo, ni las cortinas corridas sobre los vitraux.
Me gustan los armarios que no cierran, las copas que se usan, se rompen, y se tiran después que uno ha bebido en ellas, porque han cumplido su misión. Los libros con las hojas dobladas, las páginas marcadas, y alguna tapa rota.
Me gustan las ventanas abiertas, las tunas que espían hacia adentro a ver qué pasa, los Amigos que se escriben con mayúscula, y las mujeres que usan la vida en lugar de guardarla para después.
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