sábado, 29 de diciembre de 2012



La tragedia de Horacio Quiroga
El maleficio de barranca Yaco





Aldo Roque Difilippo



Un hombre barbado y huesudo camina por las calles de Buenos Aires, sabe que padece de cáncer gástrico, y que su enfermedad es terminal. Antes de volver a su cuarto en el Hospital de Clínicas compra una dosis de cianuro. En la madrugada del 19 de febrero de 1937 lo encuentran muerto. No se trata de una tragedia más en la capital porteña, sino de Horacio Quiroga, el gran escritor nacido en Salto, hoy venerado por lectores, escritores, biógrafos e intelectuales, figura preponderante en
las letras rioplatenses y americanas, que moría en la más inaudita soledad, y con su economía en ruinas.
"Todo lo demás es pura conversación. Si; un Parador en Salto Grande, nada menos que un Parador, perpetúa el nombre de Horacio Quiroga.
Y -oh, sarcasmo- el escritor muere con la cuenta del almacén cerrada. (...) Era un escritor. Eso que, a pesar de tantas alharacas, sigue siendo una nada en el país en que estas líneas escribo. En Salto, Rodó tiene un obelisco. 'El  obelisco a Rodó'. La gente paisana cree que allí deber de haber rodado alguien, porque antes ese lugar fue la plaza de las carretas. Si se intentase levantar un panteón para nuestros ilustres muertos de las letras, no alcanzarían los derechos de autor de muchos de ellos para pagar la lápida de mármol", expresa Enrique Amorim.

------------------



El destino trágico de los Quiroga parece unido inevitablemente a sus existencias. Quizá ese maleficio comience en febrero de 1835, en Barranca Yaco, cuando fue asesinado el caudillo riojano Facundo Quiroga. El padre de Horacio Quiroga, se enorgullecía de su linaje entroncado colateralmente con el "Tigre de los llanos".
Horacio Silvestre Quiroga Forteza nace en Salto, el 31 de diciembre de 1878. Cuarto hijo del matrimonio entre  Prudencio  Quiroga (vicecónsul argentino en Salto) y Juana Petrona Forteza, a quien familiares y amigos llamaban Pastora. Cuando solo tenía dos meses y medio de vida (14/3/1879) se padre  muere al disparársele accidentalmente la escopeta de caza que llevaba en la mano, aunque el crítico Emir Rodríguez  Monegal -sin dar mucho crédito a la hipótesis- maneja la posibilidad que se hubiera suicidado. En 1891, su madre contrae matrimonio con Ascensio Barcos. En 1896, su padrastro, semi-paral¡tico por una hemorragia cerebral, elige la muerte de un balazo de escopeta. En 1901, ya en Montevideo y convertido en uno de los puntales del Consistorio del Gay Saber, publica "Los Arrecifes de coral", un libro de poemas, que según afirma Alberto Zum Felde "fue el primer libro de versos simbolistas que apareció en el Uruguay, y el segundo en el Plata, si tenemos en cuenta que solo le es anterior 'Prosas Profanas' de (Rubén) Darío, aparecido en Buenos Aires en el 97".  En este año mueren también dos de sus hermanos: Pastora y Prudencio.
Un nuevo y desgraciado hecho marcar  la vida de  Horacio Quiroga. Su amigo Federico Ferrando (poeta salteño integrante del Consistorio del Gay Saber) se aprestaba a batirse a duelo con el poeta Guzmán Papini. Quiroga examina el arma de Ferrando, y sorpresivamente se le escapa un disparo que hiere  de muerte a su amigo, y junto a él moriría también el Consistorio del Gay Saber.
"Horacio Quiroga [...] tuvo que ser retenido a la fuerza porque se quería eliminar tirándose a un aljibe que existía en la vivienda", recuerda Anastacia Albín, testigo presencial del hecho. Fue detenido por algunos días, pero su abogado Manuel Herrera y Reissig  (hermano del poeta) logra demostrar su inocencia. Por esos años comenzaban a rodar las versiones del maleficio de Quiroga.
"¿Qué me dice de Quiroga y su sombra sangrienta?", comentó con malicia Julio Herrera y Reissig en una carta.
En 1915, su primer esposa, Ana María Cirés, se suicida ingiriendo una fuerte dosis de sublimado. "Los ocho días que duró el proceso de intoxicación fueron pavorosos". Escriben  Alberto Delgado y  José M. Brignole, amigos y biógrafos del escritor. "Pasado el estupor inicial, cayó Quiroga en un confuso estado de espíritu, a un tiempo colérico contra su esposa, hasta no querer verla más, y anheloso de que se  revolviera el cielo y la tierra para salvarla".
Tras la muerte del escritor en 1937, la secuela maldita no terminó. En 1939, Eglé, su hija, se suicida.
Años después su hijo Darío, también se suicida. Alfonsina Storni,  amiga de Quiroga  y con quien se dice mantuvo un romance, se arroja al mar en 1938. Leopoldo Lugones,  su guía y maestro, también se suicida ese año. Su novia salteña María Ester Jurkowski, también pone fin a su vida.
En 1988, María Ester,  a  quien llamaban Pitoca, hija del segundo matrimonio del escritor, se suicida. "El destino no es ciego -reflexiona el escritor-.  Sus resoluciones obedecen  a una armonía inaccesible para nosotros, a una felicidad superior oculta en las sombras..."


Travesuras de niño mimado

 El cuerpo de  Horacio Quiroga  fue cremado y depositado en una urna para su traslado definitivo a  Salto.
"Escribió cuentos que perdurarán. Creó un modo, una técnica. Era un maestro. Más todas estas posturas que señaló como la doctoral del Decálogo eran posturas de Quiroga que no tienen mucha raigambre. Y menos aún la tiene su trágica trayectoria, que se hizo famosa.
 Tan famosa, que aún reducido a cenizas, cuando ya venía a su ciudad natal -comenta su amigo Enrique Amorim-,  esa trayectoria era motivo de exaltación y disparate. Voy a contar un hecho nimio: El furgón que portaba la urna iba a la cabeza del grupo de automóviles, desde Colonia a Montevideo. Porque el chofer tomó una calle menos frecuentada por vehículos para llegar al Parque Rodó, se suscitaron varios comentarios.
Desde luego que se tejía la aureola misteriosa del escritor.  
(...) Mi intención es terminar con ellas y explicar las cosas con claridad  quirogiana, porque su memoria se lo merece.
Estábamos en el Parque Urbano, donde íbamos a velar los restos de Quiroga, y la urna no aparecía. Nuestro automóvil aceleró la marcha para alcanzarla, y este apresuramiento sobrepasó la velocidad del furgón. Llegamos mucho antes que éste. A su vez, el que conducía la urna bajó la velocidad para no desconectarse de nosotros. El total desencuentro tuvo como corolario un nuevo motivo para tejer la madeja de misterios y de equivocaciones sobre Quiroga. Para colmo, ya en el motocar, a pocos quilómetros de Montevideo, se cruza en las vías un  caballo, y el motocar debe frenar de golpe. Gran sorpresa de  todos por el fragor de unos cristales hechos añicos. La urna de Erzia había sido inclinada hacia adelante con la brusca  frenada, y la nariz del Quiroga de Erzia rompió los cristales de la ventanilla delantera. En el motocar cundió el pánico. Si digo que al copiar las cartas de Quiroga para regalárselas a Emir Rodríguez  Monegal -su crítico especialista- se me cayó la máquina de escribir de sobre la mesa a un piso de piedra, se  tendrá una idea cabal de ese maleficio estúpido con el que algunos quisimos rodear al Quiroga, quizás para confundir a los tontos o por espíritu malsano. Quiroga parecía continuar después de muerto haciéndonos travesuras de niño mimado. (...)
 El cementerio de Salto -excepcional acontecimiento- recibió las cenizas en la alta noche, en una jornada de la semana de  Carnaval. Creo que nunca se ha dado sepultura en la noche a personaje alguno.
¿Un cuento de Quiroga? ¿Designio? No es bueno especular con estos temas. No resulta de la mejor literatura. Es, acaso, mero entretenimiento de la burguesía, que se divierte con los artistas o que quiere eludir lo fundamental".


Sordo y firme en su trabajo

Enrique Amorim  recuerda su estadía en casa de Quiroga  en Buenos Aires. "La pobreza, que llevaba Quiroga con una dignidad muy grande, mantenía encendidas en él la soberbia y la altanería del anarco-sindicalista".
Coincidiendo con lo que Quiroga  entendía debía primar en la vida de un escritor:
 "Trabaja tenazmente porque ha nacido para ello, mal vestidos él y su mujer, mal comidos sus hijos, confiando al futuro el bienestar que casi siempre la obra lenta y fatigosa de los años suele conceder. No hay ironía que este hombre no haya  soportado en su vida, por el género de su actividad mental; no hay denuesto que no haya sufrido, por su incapacidad para proporcionar a su esposa el desahogo que el almacenero o el tendero de su cuadra consiguen sin tantos aspavientos. El escritor, sordo y firme en su trabajo, prosigue luchando con la pobreza".
La estadía de  Amorim en casa de Quiroga coincide con la viudez del escritor en Buenos Aires, donde vivía con sus dos hijos y Julia su fiel criada. "La atmósfera de la casa  del viudo, donde viví algún tiempo, era una atmósfera de cuento ruso finisecular. El departamento tenía tres habitaciones, cocina y cuarto de servicio. Quiroga me cedía dos cuartos, negándome la ocupación de la biblioteca. Había hecho hincapié en ello. Pero Julia su fiel criada, que continuaba en el departamento haciéndonos el desayuno y cuidando los bienes  materiales del cuentista, al presenciar la conversación, me hizo una seña como asegurando que ella tenía la última palabra. (...)  No bien Quiroga arrancó para Misiones, se abrieron las puertas de la biblioteca-comedor del pequeño departamento. Los muebles eran escasos y casi de manufactura quiroguiana. Una mesa rústica más bien baja, detalle que recuerdo por lo incómoda para escribir en mi Harmonn del tiempo de Maricastaña. Grandes estanterías, fabricadas por el artesano dueño de casa, cargando una cantidad no excesiva de libros. (...) La de Quiroga, bien leída y encuadernados los volúmenes de su predilección en un tosco lino que ya no se fábrica, presentaba adornados los estantes, salpicados acá y allá por cerámicas, barro cocido, que representaban pequeños monstruos a  los que Quiroga había dado formas caprichosas, más por la imposibilidad de hacerlos correctamente que por espíritu de tortura. Ceniceros, sapos, presumibles animalitos antinaturales o insectos raros, que sus hijos admiraban por haber salido de las prodigiosas manos del padre. En el muro mayor, un cuero de víbora de tres metros, probablemente anaconda, y otros cascarones o pelajes (...)  El recinto era  extraño para el recién llegado, y Julia, la criada, manifestaba cierto terror y asco indisimulado por todo aquel mundo misionero. Julia era el ama por excelencia, que sobrepasa los humores del escritor y le importaba un rábano las originalidades del artista. Era esa mujer que está de vuelta en la convivencia con el genio en pantuflas. Discutía con Quiroga mano a mano, le retrucaba, le retaba, le amenazaba con mandarse mudar. (...) Al reintegrarse a la ciudad que lo acogiera -no puedo precisar la fecha, pero seguramente en algún verano tórrido para él y de vacaciones para nosotros-, le entregamos la casa, no sin habernos sorprendido muchas veces la gente que llamaba para preguntar por el cuentista ignorando que é‚l estaba lejos, en Misiones. Una de esas personas que llamaron a la puerta fue Alfonsina Storni. Yo estaba ausente".


El arte y el dinero


"Yo comencé a escribir en 1901. En ese año La Alborada de Montevideo me pagó tres pesos por una colaboración. Desde ese instante, pues, he pretendido ganarme la vida escribiendo. Al año siguiente y ya en Buenos Aires, El Gladiador me retribuía con quince pesos un trabajo, para alcanzar con Caras y Caretas, en 1906, a veinte pesos. (...) Durante los veintiséis años que corren desde 1901 hasta la fecha yo he ganado con mi profesión doce mil cuatrocientos pesos. Esa cantidad en tal plazo de tiempo corresponde a un pago o sueldo de treinta y nueve pesos y cinco centavos por mes (...) Vale decir que si yo -escritor dotado de ciertas condiciones y de quien es presumible creer que ha nacido para escribir, por constituir el arte literario su notoria actividad mental- debiera haberme ganado la vida exclusivamente con aquella, habría muerto a los siete días de iniciarme en mi vocación, con las entrañas roídas. El arte es, pues, un don del cielo; pero su profesión no lo es".
Esta visión crítica,  inconformista, huraña,  caracterizó la impresionante creación literaria de Horacio Quirga. La relación de Quiroga con el dinero no fue un hecho menor, desde esos inicios como escritor, hasta su vida en Misiones donde  explotar  cultivos de yerba mate, la venta de naranjas, la producción de zumos, la destilación de aceites esenciales, la fabricación de vino de naranja, o la destilación de leña al comienzo de la Gran Guerra (1914-1918) ante la merma de las importaciones de carbón inglés y la escasez de acetato y metileno. Estas, entre otras aventuras comerciales sucumben casi irremediablemente, siendo numerosas las tentativas
empresariales impulsadas por Quiroga: fabricación de dulce de yateí, macetas putrescibles, aparatos para matar hormigas, tintura de lapacho, etc; destinadas a un final catastrófico.
Carlos Giambiaggi recordaba a comienzos de la década del 40: "Una vez Horacio Quiroga me propuso un gran negocio: la fabricación de macetas putrescibles para trasplante de la yerba. Era la época del furor de las plantaciones y tales macetas iban a servir para que la plantita de vivero desarrollada en ella no sufriera en el trasplante al lugar definitivo", fabricaron muchas de estas macetas pero la venta no alcanzó para cubrir los gastos.


De amor, de locura y de muerte

En 1917 Quiroga publica "Cuentos de amor, de locura y de muerte",  volumen que contiene relatos fundamentales para sintetizar su creación. Como lo apunta el crítico Rubén Cotelo. Allí Quiroga "usurpa esas visiones, abusa de sus temas y con ellos extorsiona sádicamente -lo espeluznante, lo espantoso- a sus lectores: excesos sexuales, zoofilia, locura, crimen, abulia, necrofilia, vampirismo".
En este libro, el primero "realmente logrado" como manifiesta Arturo S. Visca  Horacio Quiroga compila relatos tales como "La gallina degollada", "El almohadón de plumas", "A la deriva", y "La menigitis y su sombra",  entre otros.  Revelando al cuentista nato y la concentrada tensión impuesta a la trama, que mantiene en vilo al lector desde la primera a la última palabra. "En un cuento bien logrado, las tres primeras líneas tienen casi la importancia de las tres últimas",  expresa Quiroga  en su "Decálogo del perfecto cuentista".
Este escritor que pedía "no abuses del lector. Un cuento es una novela depurada de ripios. Ten esto por una verdad absoluta, aunque no lo sea",  es reeditado periódicamente,  estudiado y admirado como pocos, y su casa en Misiones ha perdido su condición huraña, convirtiéndose en objeto de culto por un sinnúmero de turistas que la visitan.

Las ratas leían a Homero, Dante y Virgilio

Quiroga  emprenderá  un largo peregrinaje que lo llevará  a Buenos Aires. A los veinte años ya había realizado un ansiado viaje a París "cuando París era todavía una palabra mágica" acota Zum Felde "y todo allí le pareció  falsificación intelectual".
En 1903 Leopoldo Lugones lo invita a ingresar como fotógrafo en una expedición de estudio a las ruinas jesuíticas, y de Montmarte a la selva tropical hay un distanciamiento en  edades. La desilusión parisina fue sustituida por la fascinación de aquel paisaje desolador donde todavía era posible la aventura. Colabora con la revista porteña "Caras y Caretas" y las  exigencias de ésta (escribir cuentos que no sobrepasen una página) ayuda a que su relato se vuelva conciso y se cargue de una tensión magistral, naciendo así sus  "Cuentos de monte".
 "Con frecuencia (decía Enrique Espinoza, periodista de Caras y Caretas -2/10/1912- en una entrevista que le realizara en Misiones)  esas salidas resultan verdaderas excursiones con un programa en moto, río y subidas al Teyucuaré, erizado de cantiles hasta la altura de ochenta metros (...) De noche, cuando el huésped ha de dormirse rendido, después de una cena bajo los naranjos y a la luz de la luna que se asoma entre los bambúes, descubre que por las vigas del techo las ratas bajan a leer a Homero, Dante y Virgilio en los anaqueles de una abandonada biblioteca... Entonces confirma que el dueño de casa es un artista, un gran artista, que se le debe todo a su sensibilidad y a su experiencia".


Reelaborar la realidad

"La propia fisonomía del autor es ya, en cierto modo, un signo de su carácter literario"  expresa Zum Felde. Desgarbado, de rostro magro y barbado,  no muy querido por sus vecinos de Vicente López, pues alborotaba al barrio con su estrepitosa motocicleta y su Ford T. A eso se le agregaba el pequeño zoológico que mantenía en los fondos de la casa, y para colmo de males  aquel ogro barbudo era escritor. Algo no muy bien visto por sus vecinos, casi todos bancarios o funcionarios públicos. En cambio para las nuevas generaciones se había convertido en una leyenda viva, un ser kiplingesco.
"También como Kipling, creo que el hombre de acción ocupa en mi ser un lugar importante como escritor. En Kipling  la acción fue la política y turística. En mí, de pioneer agrícola".  (Carta de Quiroga a Julio Payró, San Ignacio, 4/IV/1936).
"Un cuento de Quiroga se reconocer¡a aún cuando no llevara su firma", expresa Zum Felde  en el Estudio Preliminar de "Mas Allá", para culminar afirmando en forma categórica: "Si, por adversidad histórica, esta América del Sur no viviera tan al  margen de la atención europea, un cuentista como Quiroga sería famoso; y sus ediciones, traducidas a otros idiomas, se sucederían por millares. Pero esta América es aún un arrabal del mundo; y la gloria de sus personalidades está tristemente limitada por el desconocimiento. No agravemos el aislamiento de fuera con la apatía de dentro: rindámosle  nuestro pleno homenaje".
Horacio Quiroga no es solo el referente obligado de los críticos a la hora de hacer un balance de nuestra literatura, sino también una visión lúcida de los sentimientos humanos. Autor de las obras los cuentos más importantes de nuestra literatura, por su visión descarnada y cruda de la realidad, como de las obras más tiernas, despertando sentimientos de solidaridad en sus cuentos para niños como "El loro pelado" o "La tortuga gigante".

------------------------------------


FUENTES CONSULTADAS:
- "El Quiroga que yo conocí",  Enrique Amorim, 1983.
- "Horacio Quiroga: Vida y Obra", Rubén Cotelo, "Capítulo Oriental, historia de la literatura uruguaya".
- "Horacio Quiroga, el escritor y el mito", Pablo Rocca, Banda Oriental, 1996.

Publicar un comentario