miércoles, 29 de agosto de 2012

Da Vinci y Bruegel: protagonistas de la historia de las carcajadas en el arte

 

 

José Emilio Burucúa y Nicolás Kwiatkowski, dos investigadores argentinos, trazan en "Principios de la caricatura", un flamante ensayo, una cronología posible del humor en la pintura.

 
Ezequiel Alemian

 

 
¿Existe una pintura cómica? O en todo caso: ¿cómo es que las imágenes se convierten en generadoras de risa? Parecen dos preguntas sencillas, pero muy pocos se han atrevido a responderlas.
José Emilio Burucúa y Nicolás Kwiatkowski, dos reconocidos investigadores argentinos, el primero de ellos considerado en el mundo del arte como un verdadero “erudito de la risa desde la Edad Media”, acaban de publicar un ensayo en el cual reconstruyen, por primera vez, una historia posible del humor en la pintura, desde los dibujos grotescos que hacía Leonardo a modo de ejercicio, a partir de 1490, hasta la época de oro de la caricatura, a fines del siglo XVIII.
El trabajo acaba de ser publicado como introducción al libro Principios de la caricatura. Seguidos de un Ensayo sobre la pintura cómica, (Katz) de Francis Grose, un delgado trabajo (pero con muchas ilustraciones) de 1788, en el que Grose, grabador inglés, sistematiza las técnicas y usos del dibujo caricaturesco. El libro fue presentado el sábado en el flamante Museo del Humor, en lo que fue la antigua confitería Munich, en Costanera Sur. Dos son las grandes preocupaciones de Grose: cómo dibujar a los personajes para que resulten jocosos, y cuál es el tipo de humor que no denigre al objeto de que se ríe y además sea socialmente beneficioso.
Si en sus comienzos la caricatura estuvo más vinculada a la gestualidad y a los rasgos fisonómicos, con los procesos revolucionarios incorporó elementos de crítica social, política y moral. Leonardo da Vinci, Passerotti, el Bosco, Bruegel el Viejo, Annibale Carracci, Bernini, William Hogarth y James Gillray, son algunos de los nombres fundamentales de la historia de la caricatura, que fue definida en 1681 por Filippo Baldinucci como “cargar (caricare) los retratos, de forma que las personas se parezcan a ellas mismas y al mismo tiempo sean diferentes”.
Alfredo Sabat, premio de humor gráfico de Adepa, señaló en la presentación que “el oficio de caricaturista es dificilísimo, porque establecer parecidos es una cosa tan misteriosa que prácticamente no se puede definir”.
Burucúa señaló que la caricatura parece haber estado confinada históricamente más a una tradición de grabadores que de pintores, y mencionó los casos de Honoré Daumier y de Francisco de Goya, que fueron grandes caricaturistas cuando hicieron grabados, pero al trasladar esas imágenes a la pintura, las volvieron dramáticas.


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También dijo que a partir del estallido de las formas, durante el siglo XX, cuando el mundo de las imágenes se amplia de manera exponencial, incorporando al cine, la historieta, la fotografía e incluso la publicidad, han dejado de existir las artes menores, y movimientos como el surrealismo o el pop han producido cuadros emuy cómicos.

Las técnicas, estilos y medios de representación de las caricaturas han cambiado con el tiempo. Pero no su función, que Grose define claramente en el primer párrafo de su libro: señalar las locuras, vicios y defectos de los poderosos al público, el único tribunal que no puede ser desestimado.

 
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