viernes, 17 de agosto de 2012

Hablando de bueyes perdidos

Cuando no existen diferencias entre Ian McKellen y un actor del tercer mundo

                    

                                                                                Angel Juárez Masares

Días atrás viendo una entrevista al actor Ian McKellen*, el mismo manifestaba la dificultad de actuar para el cine. Contaba su experiencia en una escena de “El Señor de los Anillos”, donde –en el papel del Mago Gandal, debía interactuar con un grupo de enanos. El guión indicaba que visualmente debía aparecer mucho mas alto de su estatura normal, por lo cual la escena se filmó con él solo en un set sobre un fondo verde donde los interlocutores estaban representados por luces (para saber a quién tenía que dirigir el parlamento).
Hombre de teatro –como gran parte, si no la mayoría de los actores ingleses- dijo sentirse tan incómodo que en un momento pensó abandonar el set e irse a su casa.
Esto nos trajo recuerdos de algunas incursiones que supimos hacer por “las tablas” en nuestra juventud. Primero en el Elenco “Enrique Guarnero”, allá por los ´80, y mas tarde en la Compañía Teatral HUM BRAL, cuando quisimos darle otro vuelo al primigenio y cuasi tímido proyecto de papel, que luego naufragara a causa del desgaste que produce el esfuerzo solitario de las cosas que nacen sin “padrinos”.
Sin embargo esa experiencia en el desamparado teatro de pueblo dejó mas experiencias positivas que de las otras, y además permitió que comprendiéramos cabalmente el relato (y la frustración) de McKellen. Quienes luego conocimos el funcionamiento de la televisión, donde todo es “editable”, sabemos – y sin duda puede dar fe de ello nuestro colaborador Enrique Sena- que la adrenalina que produce la actuación en vivo quizá solo sea comparable a lanzarse en paracaídas desde algunos miles de metros de altura. ¿Qué es una exageración?... Bueno, puede ser discutible, pero sin duda que muchos de los que hemos estado “detrás del telón” lo sentimos así.
Pese a los años transcurridos, jamás olvidé la escena jugada con Elbio Fajardo en el papel de Nicola Sacco -en la obra “Sacco y Vanzetti”- donde al girar la mirada casi desde el piso, veo su rostro desencajado, las venas de su cuello hinchadas, y un par de lágrimas (reales) colgando de sus ojos… por eso entendí las ganas de irse al diablo de Ian Mckellen, y el esfuerzo que le debe haber costado interactuar con una docena de “leds” en lugar de otros actores.
Afortunadamente, y pese a la tecnología de otras disciplinas, el Teatro continúa siendo una experiencia intransferible. Aún en lugares de poca población, como acá en la ciudad de Fray Bentos, podemos disfrutar de actores de inmenso talento, como Estela Golovchenko y Danilo Fripp (solo por mencionar algunos), quienes sin la mas mínima duda podrían actuar en los mejores teatros del mundo.
La actuación en vivo no tiene vuelta atrás. Como cada fin de semana los integrantes de la “Brigada de Paracaidistas Raúl Cardozo” (también de Fray Bentos), pintan el cielo con sus telas nada mas que para vivir esa experiencia, el actor se lanza al escenario sin retorno. Sabe que está “jugado”, y que desde ese momento todo depende de su talento y aplicación al trabajo.
Por otra parte, si pensamos que en las ciudades pequeñas muchas veces se ensaya una obra durante meses para ponerla en escena, dos, tres veces, el mérito por hacerlo cobra otra dimensión.
Quizá aquí podamos permitirnos insistir en algo que solemos repetir; quien aborde cualquier disciplina artística como pasatiempo, o como “terapia” -asunto que suele suceder frecuentemente- está cometiendo una grave equivocación. Ensayar una obra implica estar puntualmente en el lugar indicado, mas allá del frío, del cansancio por las actividades diarias de cada uno; el mal humor que nos produjo esa discusión “con el Jefe”, o un disgusto con hijos o pareja.
Tampoco debemos olvidar que –superados esos inconvenientes- en la medida que se acerca el día del “estreno”, habrá que procurar recursos económicos (muchas veces del bolsillo de cada uno) para el montaje de la escenografía, y que el asunto no termina allí, también habrá que hacerla. Allí es donde se entreveran los papeles, donde no hay “primer actor”, y quien luego será “protagonista”, empuñará un martillo o un serrucho para cortar madera codo a codo con quien solo tiene un “bolo” en toda la obra, o quien hace de “apunte”.
En este rincón del mundo por lo general es así, y quizá por eso comprendimos lo que debe haber sentido un actor de la grandeza de Ian Mc Kellen cuando –parido por el teatro- tuvo que hablarle a una docena de luces.


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