viernes, 5 de octubre de 2012


Confieso que he leído

 

Por Luis Benítez

 

 

 

La poesía de

Marcelo Dughetti: “decir la muerte”

 

 

Con esta frase fuerte sobre el tema que siempre vuelve en la poesía de Dughetti, uno de los más interesantes poetas argentinos de las últimas décadas, el crítico y poeta José Di Marco resume meridianamente el ars poetica de este autor. La muerte en Dughetti es la sombra que irrumpe en medio del festival de la vida, partiendo en un antes y un después ese continuo temporal que, con sus miserias y sus grandezas (más seguidamente, con sus mediocridades reiteradas), termina persuadiéndose a sí mismo de su perennidad. Entonces, la muerte surge para ordenar las cosas, antes de destruirlas. En una de sus obras mayores –según mi opinión-: el poemario “Los Caballos de Isabel” (2009), es donde esta presencia de la mortalidad de los seres y las cosas se expresa con más acabada maestría y lenguaje más refinado. Dughetti –pese a su juventud- ya acredita una innegable madurez expresiva, que resalta la calidad de las formas y los sentidos que le ha brindado al género en el ámbito local.
Marcelo Dughetti nació en 1970 en Villa María, Provincia de Córdoba, Argentina. Obra literaria: La joroba de Bronce (Imago Mundi, 2003), Donde cayó esta muerta (Narvaja Editores, Premio Provincial de Letras, 2003)  El monte de los árboles sogueros (Ed. Recovecos 2007), Los caballos de Isabel (Ed. Recovecos 2009), Hospital (Ed. Cartografias, 2012) y  La bicicleta roja (nouvelle, 1ra. ed. Ed. Recovecos 2007; 2da. Ed. Recovecos, 2012).
 
T 
Te contaré en las puertas de tu sueño
la historia del mal, cierra los ojos.
Sobre cristales azules una niña camina dormida.
Trepa la joroba de la tarde,
un cerdo le devora los dedos, la niña no llora.
Hay mirra, incienso, miel
ofrendas de pederastas arrepentidos.
Hay poetas que arrastran un campanario entero.
Hay escarabajos brotando de los ojos de su madre.
Hay esqueletos de gatos donde las hormigas levantan un
templo.
Hay un buey que muge desconsolado.
Hay niños que muerden al buey.
Hay un ángel soldado, con una espada roja sobre el pesebre
y en la noche de diciembre
un coro de abuelos
cantando villancicos
en cajitas.
 
 
 
L
Los cuadernos que supiste leer
para las fechas especiales.
Las llaves del infierno junto a las botas.
La ventana abierta.
El armario atorado de cadáveres.
El tiempo y su limosna amarilla
mendigos de la memoria
el rostro de la niña,
el ídolo sobre la repisa
los cuatro miedos arrodillados
en plegaria.
 
 
F
Fumo, escucho los troncos que abraza el fuego
como en la prehistoria de la humanidad
los caballos pueblan la pared de la escalera.
¿Qué de todos aquellos hombres ha venido a buscarme?
El aire de la estufa agita los caballos y sus llanuras,
Isabel duerme a tu lado en la cama grande, tiene fiebre.
De la calle los sonidos del tren, risas, sirenas, disparos
pero es otro tiempo, un cangrejo inalterable.
El pájaro despierta posado en el respaldar.
Isabel dibuja en su delirio animales que no veo.
Le besás la mano y la nombrás como a un fantasma.
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