sábado, 20 de octubre de 2012


Cuentito medieval
 

De como a lo largo de la historia,  la locura ha sido la única pócima efectiva para que el hombre conquiste algo de gloria

 
 
 Escriba Medieval

 

Amados Cofrades que otorgáis a este humilde la bondad de leer sus escrituras; siendo este octavo mes del año de 1512 particularmente lluvioso, vuestro Escriba ha debido permanecer casi todo el tiempo encerrado en su scriptorium (sobre todo por su avanzada edad). Tal industria llevólo, no solo a hurgar en los antiguos pergaminos que guarda en lo mas alto de su biblioteca, sino en los meandros menos explorados de su mente.
Fue así entonces que una destas noches, púseme a pensar dónde se encuentra la frontera entre la cordura y la locura, aún sabiendo que tal cosa no sería tarea mollar.
Las gentes aseguran que locos son los artistas, seguro porque ellos ven un mundo vedado para los que profesan la cordura, pero en realidad creo que el gusano de la locura habita en todos, y que la “razón” es solo un pretexto –casi necesario- para vivir en sociedad.
Así como el hombre se defiende de los recuerdos perturbadores cubriéndolos con la capa del olvido; disfrazando las imágenes de sus sueños para que satisfagan el deseo que no pudo cumplir estando despierto, lo mismo hace con la angustia, que genera para que el peligro que pueda amenazarle no lo tome desprevenido.
Claro que cuando esos, y otros mecanismos que posee para neutralizar lo que el mundo exterior proyecta sobre él, fallan, dicen que el hombre enloquece.
Debo suponer entonces, pacientes Cofrades, que la diferencia entre un ser “normal” y un “loco” está en que el que primero posee la facultad de controlarse.
Sin embargo quebraré mi mohosa lanza a favor de los locos, ahora y siempre, pues solo el loco es capaz de hacer trizas las inhibiciones que mantienen a los cuerdos encerrados en la vergüenza, la indecisión, y el miedo. Si vosotros lanzáis una mirada al fondo de la historia, veréis que nada importante logró el pusilánime, las grandes conquistas fueron lideradas por locos, o al menos por quienes se atrevieron a excesos de todo tipo, como el sacrificio, la reflexión, o el desprecio por el peligro. Quienes se quedaron al resguardo de la cordura formaron parte del inmenso rebaño sometido al capricho de reyes y tiranos.
Las antiguas escrituras cuentan cómo los cuerdos le aconsejaron a Sócrates que renegara de su pensamiento para evadir la copa de veneno que los necios le ofrecían; los mismos que le sugirieron a San Lorenzo que revelara dónde estaban escondidos los bienes d e la iglesia para salvarse de la parrilla en la que lo asó el prefecto de Roma por no decirlo. Si los locos del mundo hubieran sido temerosos, el hombre aún estaría escondido en el fondo de una caverna comiendo carne cruda.
Acá en la pequeña y lejana aldea donde tengo mi morada, veo pasar apresurados a los hombres que van temprano a sus ocupaciones; muchos lo hacen con la alegría de saber que hacen lo correcto, y está bien, pues en definitiva solo hacen uso de su libre albedrío. Pasa el tahonero a  mojar el cereal con que amasará el pan, y encender el horno donde habrá de cocinarlo. Pasa el labrador con su hoz y su morral donde carga el queso y el vino que comerá y beberá cuando el sol esté encima de su cabeza. Pasan las jóvenes hilanderas, cargando la lana que convertirán en hilos de tejer;  pero también pasan quienes viven “hacia afuera”, pendientes de su aspecto y del “qué dirán”, ensimismados en proyectar lo que no son, en presentarse ante las gentes “vulgares” como los mas cuerdos de la aldea, sin percatarse que en realidad son imitadores de la vida porque su miedo no admite una locura.
Si estos hombres sensatos conocieran las mieles de tan solo un toque de desenfreno, seguro no harían burla de los locos.
Quizá en tiempos por venir, algún loco se haga a los caminos en busca de la gloria montado en un jamelgo viejo y flaco; quizá algún amigo lo siga a lomos de un asno peludo y lento, quizá otro loco escriba historias de un viejo que lucha en medio del mar con un pez gigante. Tal vez otro loco escriba historias, unas veces tomadas de viejos pergaminos, otras paridas por su desquiciada imaginación, o robadas a las palomas que se posan en la ventana.
Todo, nada mas que para ofrecerles a otros hombres algunas migajas de locura y fantasía.
 



Moraleja:
                So pena que me acuséis de vanidoso con exceso, aseguraros puedo amigos míos,  que una pequeña dosis de locura aviva el seso.
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