sábado, 20 de octubre de 2012


El escribir con el solo fin de disfrutar de la lectura

 

 

Ángel Juárez Masares

 
Quienes tratamos de escribir mas o menos correctamente, nos enfrentamos permanentemente a las dificultades que eso significa, y una de las mayores encrucijadas está centrada en el objetivo que se persigue al hacerlo.
Naturalmente dejamos fuera el abordaje de crónicas, ensayos, o temas técnicos cuya exposición no admite subjetividades. Hablamos de la escritura de ficción, donde –mas allá del necesario hilo conductor, quien relata puede –y debe- instrumentar la prosa para hacerla amena y atractiva.
Recordemos que el arte de novelar generalmente pasa por el ser y estar de los personajes, en su conjunto y el ambiente en que se mueven; nos interesa mas la descripción, pero aún así desviamos la atención de los objetos que nos ponen por delante para atender el modo como están representados. Como en este género el paisaje y la fauna que se ofrecen son imaginarios, hace falta que el autor disponga de elementos que despierten en el lector algún interés imaginario.
Para ejemplificar la importancia del escribir atractivo; solo para que para el lector disfrute cada línea sin preocupaciones por lo que mas adelante pueda acontecer, nos remitiremos a un trozo de Gustavo Adolfo Bécquer, y veremos como utiliza la prosa con un vuelo poético que nada envidia a sus famosas “Rimas”: “Por los tenebrosos rincones de mi cerebro, acurrucados y desnudos, duermen los extravagantes hijos de mi fantasía, esperando en silencio que el arte los vista de la palabra para poderse presentar decentemente en la escena del mundo.
Fecunda, como el lecho de amor de la miseria, y parecida esos padres que engendran mas hijos de los pueden alimentar, mi musa concibe y pare en el misterioso santuario de la cabeza, poblándola de creaciones sin número, a las cuales ni mi actividad ni todos los años que me restan de vida serían suficientes a dar forma.
Y aquí adentro, desnudos y deformes, revueltos y barajados en indescriptible confusión, los siento a veces agitarse y vivir con una vida oscura y extraña, semejante a la de esas miríadas de gérmenes que hierven y se estremecen en una eterna incubación dentro de las entrañas de la tierra, sin encontrar fuerzas para salir a la superficie y convertirse al beso del sol en flores y frutos.
Conmigo van, destinados a morir conmigo, sin que de ellos quede otro rastro que el que deja un sueño de la medianoche, que a la mañana no puede recordarse.
En algunas ocasiones, y ante esta idea terrible, se subleva en ellos el instinto de la vida, y agitándose en formidable aunque silencioso tumulto, buscan en tropel por dónde salir a la luz de entre las tinieblas en que viven. Pero ¡ay, que entre el mundo de la idea y el de la forma existe un abismo, que solo puede salvar la palabra; y la palabra, tímida y perezosa, se niega a secundar sus esfuerzos! Mudos, sombríos e impotentes después de la inútil lucha vuelven a caer en su antiguo marasmo. ¡Tal caen inertes en los surcos de las sendas, si cesa el viento, las hojas amarillas que levantó el remolino.
Estas sediciones de los rebeldes, hijos de la imaginación, explican algunas de mis fiebres: ellas son la causa, desconocida para la ciencia, de mis exaltaciones y mis abatimientos. Y así, aunque mal, vengo viviendo hasta aquí, paseando por entre la indiferente multitud esta silenciosa tempestad de mi cabeza. Así vengo viviendo; pero todas las cosas tienen un término, y a éstas hay que ponerles punto.
¡Andad pues! Andad y vivid con la única vida que puedo daros. Mi inteligencia os nutrirá lo suficiente para que seáis palpables; os vestirá, aunque sea de harapos, lo bastante para que no avergüence vuestra desnudez. Yo quisiera forjar para cada uno de vosotros una maravillosa estrofa tejida de frases exquisitas, en las que os pudierais envolver con orgullo, como en un manto de púrpura.”
Queda claro entonces a través de esta prosa de Bécquer, que muchas veces la peripecia puede remitirse a lo que pasa por el interior de quien escribe, sin necesidad de relatar una historia “externa”.
Sin embargo debemos reconocer que para descubrir “los hijos de la fantasía” que habitan dentro de cada uno, darles vida propia, ponerlos en movimiento, y hacer de esa idea un brillante trozo literario como éste, tendríamos que ser poseedores del genio del autor.
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