sábado, 28 de septiembre de 2013


225 años de la ciudad


El Padre Ramón Montero y Brown la llamó “Mercedes ciudad de las flores”. Popularmente suele denominársela como “la coqueta del Hum”. Hoy cumple 225 años y le proponemos tres miradas sobre la ciudad y su gente.



 Aldo Roque Difilippo


La ciudad de Mercedes cumplió 225 años. Fue  la culminación de un largo proceso de mudanzas desde que los primeros habitantes de este suelo decidieron afincarse en la margen sur del río Negro. En 1788 fue “fecha digna de conmemorarse, pues en ese año se depositó la piedra fundamental de la Capilla” expresa el Prof. Washington Lockhart (Album Revista del Bicentenario de Mercedes, 1988).
Desde aquel caserío en torno a la capilla erigida por  el Presbítero Manuel Antonio de Castro y Careaga a la fecha, la  ciudad de ha transformado. En principios a impulso del puerto, con el correr de las décadas en base a otros medios de comunicación, los caminos, el ferrocarril, las actuales carreteras, mientras lentamente la evolución demográfica de Mercedes fue  desplazando en importancia a las otras ciudades del departamento, al punto que hoy vivimos en ella el 50,8% de los sorianenses , de acuerdo al último censo de población y vivienda.
Al forastero suele llamarle la atención algunas características de su paisaje. Principalmente la rambla y las calles angostas  en las que transitamos.
Les proponemos tres miradas sobre la  ciudad. La primera del  presbítero Dámaso Antonio Larrañaga (1781-1848)  que en  pleno apogeo de la revolución artiguista llegó a estas tierras en su paso hacia Paysandú. El segundo una semblanza de J. Sienra y Cabranza que nos pinta la sociedad mercedaria del mil ochocientos. La última, una mirada crítica sobre la sociedad mercedaria, realizada nada menos que por Florencio Sánchez, que por algún  tiempo vivió aquí. Nuestro principal dramaturgo en 1898, luego de participar de la revolución saravista, dirigió en Mercedes el diario “El Teléfono”. Tenía apenas 22 años,  y en su columna "Callejeos y divagaciones" realizaba una semblanza de la ciudad y sus personajes.


Casas de paja y de palo
Dámaso Antonio Larrañaga escribía en su  diario en 1815, en viaje hacia Paysandú: «...a las dos y media llegamos a Mercedes, que no se ve sino estando muy cerca, por estar este pueblo fundado sobre la misma costa del Río Negro. Su situación es de las más bellas: tiene buenos edificios de ladrillo y azoteas, pero esparcidos por haberse destruido todas las casas de paja y de palo a pique que componían mucha parte de la población. Nada ha quedado de los cercos con que se  conformaban las calles a cordel; todos han ido al fuego, no obstante que el monte y la leña estaban próximos. Aún quedan algunas huertas con naranjos y granados; es tierr
a muy fértil vegetal y con un poco de arena que tiene mezclada la hace suelta y propia para hortalizas, que se conoce había en otro tiempo».
En aquel caserío devastado, cuatro años antes, José Gervasio Artigas leyó su proclama instando: «Unión, caros compatriotas, y estad seguros de la victoria», bajo la consigna «vencer o morir».


Señoritas cultas
  J. Sienra y Cabranza  escribe unos ligeros apuntes que forman parte de una serie de artículos que, con el título de «Divagaciones con motivo de un viaje», publicó 1884 en
los Anales del Ateneo. Allí describe: «La prosperidad de Mercedes no es una improvisación ni una sorpresa. Veinte y cinco o treinta años hace que corre el anuncio de una segunda Montevideo en formación sobre la margen del Río Negro. Está auxiliada con las mejores circunstancias de la naturaleza, no obstante las depresiones del terreno en que se encuentra su planta primitiva y el centro actual de la población. Los nuevos barrios crecen avanzando sobre elevaciones del suelo que concluyen por desenvolverse en las colinas de los alrededores, desde las cuales aprecian con una sola mirada la importancia de la ciudad y su belleza, y la de los panoramas que la rodean, las cuchillas pintorescas del Departamento de Río Negro, la faja de plata del mismo río ondulado entre los bordes de frondoso bosque, y ofreciendo su ancho cauce a las exigencias mercantiles, sirviendo al incremento y al desarrollo del comercio alimentado por la rica y extensa campaña que se dilata hacia el sur, hacia el oriente y el ocaso, con los terrenos más fértiles y mejor aprovechados para la ganadería en la República.

Con sus ocho o nueve mil habitantes, Mercedes es un centro de cultura notablemente adelantado, que presenta establecimientos comparables con los de la calle del 25 de Mayo de Montevideo, estando su plaza principal diseñada y arreglada tal vez más artísticamente que la de la Constitución, siendo curioso que su ornato, incluso la pirámide (se refiere a pirámide de la libertad actualmente ubicada en la Plaza Rivera) central que conmemora fechas clásicas, locales y nacionales, se deba a la acción administrativa de aquel tosco y terrible caudillo que se hizo célebre con sus revueltas de chuzas, y que tuvo el honor de caer aturdida y desastrosamente en un loco combate contra el militarismo prepotente (se refiere a Máximo Pérez). Queda así un recuerdo, monumentalmente incorporado a la tierra que oprimió con su dominación, y que probablemente amó con el ardor de su naturaleza indómita y agreste.
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En el «Club Progreso» he encontrado señoritas preparadas para la más culta sociedad; y caballeros adornados de tal galantería, que no puedo temer sus agravios en casos de que llegue a su noticia mi imparcial disposición de colocar exclusivamente a los pies del bello sexo el castillo de mis elogios. Tienen fama por su belleza las mujeres de Mercedes, y no necesito decir que la justifican en su conjunto las reuniones del «Club Progreso». He de agregar que son notables sus dotes de educada urbanidad y de exquisita discreción».

 Ciudad de mendigos
   «Confesaré con toda franqueza que una de las cosas, tal vez la única, que me impresionó desagradablemente a mi llegada a Mercedes, fue la cantidad inmensa de mendigos que vi pululando por las calles. Caramba que es feo eso de toparse a cada vuelta de la esquina, con un bulto informe, montón de harapos tan sucios como las carnes que encubren, que sin darle tiempo a reponerse de la náusea, le dispara un ¡me dá una limosnita, por el amor de Dios! con voz la mayor parte de las veces mas aguardentosa que dolorida: -o que se le presente a la vista, un muñón de miembro amputado, o las asquerosidades de un cáncer, con la estudiada intención de aguijonear los sentimientos humanitarios!
No disculpamos nunca la mendicidad en esas condiciones. Nuestra sociedad, es caritativa por excelencia y en este país nadie se ha  muerto de hambre. Los que piden a nombre de sus mutilaciones repelentes lo hacen por vicio, pues deben tener hermanos, o padres o alguien que los mantenga si están inutilizados para el trabajo; o por negocio, provechoso para esas mismas personas que lo explotan.
Hemos conocido un caso que da la idea mas completa del grado de perversión moral a que han alcanzado ciertas gentes. El de un sujeto que alquilaba su hijo ciego por veinte pesos mensuales, a un vecino que lo sacaba a pedir limosna realizando un negocio de pingües utilidades. Como ese caso hay muchos, aunque más abundan aquellos en que se comercia sin intervención de tercero, por cuenta propia.
Mercedes, se hace insoportable los sábados, mostrando sus miserias y podredumbres, en la forma repugnante de los cientos de pordioseros, que se encuentran en los zaguanes, en los cafés, en los almacenes y donde quiera que vaya uno. Cada casa precisa en esos días un sirviente para atender, pues el desfile es interminable. Pasan ciegos, entonando la eterna cantinela ¡una limosnita para este pobre ciego! mancos, rengos, paralíticos, ancianas encorvadas, bajo el peso de la bolsa llena de pan duro, velas, trapos viejos; mujeres jóvenes, con dos o tres criaturas descarnadas, amarillas, ojerosas, mostrando en sus semblantes las huellas repulsivas heredadas de los vicios de la madre; muchachitas de ocho o diez años, deslavadas e hipócritas, que han aprendido a poner cara de sufrimiento y cuentan toda una historia conmovedora de las desgracias de su familia con la misma facilidad con que le roban el felpudo del zaguán o le lanzan una frase procaz que hará ruborizar al menos pulcro, revelando sus depravadas precocidades, paisanos fornidos, con robusteces que claman por una pala o un azadón, disimulan la mendicidad, ofreciendo por unos cuantos reales, las guascas que han trenzado en una semana o dos de haraganería, mientras chupaban mate sentados en la puerta del rancho, al calor del solcito y al lado de la china mas indolente todavía que él, los atorrantes que no lo son mas que los otros, aunque aquellos no lleven el calificativo; los borrachos de profesión que piden un vintén para la copa... Nuestras llagas sociales, palpitando! Envilecimiento y perversión moral más que verdadero pauperismo!
Tengo entendido que el Jefe Político Sr. Cuñarro se ha preocupado del asunto, ordenando que se le apliquen estrictamente los artículos de la guía policial referentes a la mendicidad. Aplaudiré sin reservas, toda medida que tienda a concluir con esos espectáculos bochornosos, indignos de la cultura social de Mercedes».
Maqueta de Mercedes realizada en base al primer plano de la ciudad.
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