viernes, 20 de septiembre de 2013

Minxto por 2

Al fin el tiempo, bien supremo. Hace ya unos días que tenía en carpeta enviar este mail pero por cuestiones de horas y relojes no fue posible antes. Hoy sí, aunque no es precisamente "del tiempo" a lo que apuntaré.
Por decisiones, por desafíos, por descubrir, por desazón, una vez sin remedio, y muchas otras por ilusiones (como ahora), podría decir que he viajado bastante. Hacia lugares desconocidos en muchos casos, a rumbos reiterados en otros. Cada uno de esos viajes siempre fueron distintos entre sí. Siempre. Quizás sea verdad que nunca se vuelve al mismo lugar, por más que el cartel de bienvenida se empeñe en escribir lo mismo. En todo caso, tampoco creo que sean idénticas todas las bienvenidas a los sitios ya conocidos. Es curioso. Quiero ir de nuevo, sí, mil veces más iremos y vendremos, pero nunca será igual. Tal vez esto sea una de las magias de viajar.
Ir. Hay otro ingrediente que juega su rol: el hecho de descubrir. Yo no sé si es mejor o más atrayente que re-descubrir, pero en ese juego de sensaciones de emprender la dirección hacia un destino nuevo el ir viene muy cargado en su interior. Muy subjetivo, también. Empieza con la ilusión casi desbordante de la previa, de gestionar la forma, el cómo, de analizar los para qué, confeccionar el trayecto, seleccionar los medios de transportes, jugar a viajar pero de verdad. Nunca se sabe cuándo terminará. La vuelta no necesariamente indica el final del viaje. Mixturados viajero y camino, una flecha indivisible nos atravesará para siempre y dejará colgado en su ráfaga un cúmulo (tan descifrable como indeleble) de sentimientos sin fecha de caducidad. Hasta que termina.

En cada viaje me asaltan algunas cuestiones: ¿cuál es el tren? ¿El que va o el que viene? ¿En qué mochila están las referencias, la que emprende o la que vuelve? ¿Somos del primer destino o somos del segundo? ¿O del próximo? ¿o de todos? Nunca lo he comprobado. Miento. Sí, varias veces lo corroboré. Pero siempre con las cartas vistas, mirando atrás. No hay intuición que valga, apenas si nos invaden algunas sospechas. Tiempo, bien supremo, decía. El mismo que en ocasiones no permite mucho más que reaccionar. Viajar.
Viajemos. Al exterior, al interior, a lo profundo o por las nubes, en avión o hacia el pozo, emocionados o cabizbajos, viajes comerciales, viajes ancestrales, desde la metafísica o en ómnibus, en canoa o en el deseo. Tele-transportarse será siempre una opción de búsqueda, de hallazgos, de ver qué.
Este mail no iba a terminar así. Se me hace inevitable la referencia. Un día como hoy pero de 1920 nacía un tal Mario Benedetti. Recuerdo un viaje puntual hacia Asturias con una delegación de trabajadores uruguayos y el objetivo de dar a conocer la importancia y relevancia que le damos en nuestro país al hecho de tener una sola central de trabajadores. Era joven, desde ahí hablé aquella vez. En el medio de la estadía las noticias informaban que fallecía el poeta tacuaremboense, y una pena invadió aquella barra de uruguayos tan lejos. En la ceremonia de cierre de aquel congreso el Secretario General electo, Don Justo Rodríguez Braga, cómo olvidarlo, leyó ante el público un cita de Benedetti acerca del consumismo y el neoliberalismo. Fue la ovación del teatro, fueron las lágrimas nuestras. Por qué ahí en ese momento, nunca lo sabré. Sentí esa vez que fue un viaje apenante, doloroso, con una vuelta en donde seríamos uno menos. Creo hoy que fue un viaje maravilloso, desde el conocimiento y por las huellas de aquellas lágrimas. Nunca será igual. Tal vez eso es una de las magias de viajar.





Ese exacto momento



Fermín Méndez
(Minxto)




Se le ocurrió en la madrugada del sábado, acostado, mientras fumaba el impertinente cigarro antes de dormir. Hacía unas horas, la selección de Uruguay en Perú confirmaba el valor del equipo. El hombre, un cuarentón escepticista apasionado del fútbol (y también de la lectura del género crónicas negras), acompasaba el humo y la oscuridad con la satisfacción que otorga una victoria celeste. Exhaló la última bocanada, apagó el pucho apretándolo contra el cenicero, mimó a su mujer dormida con un beso en la espalda, y al darse vuelta para dormir se le ocurrió: llevaré al niño hasta Montevideo para ver Uruguay – Colombia en el Centenario. No creo que haya dormido mucho esa noche. Los hijos quizás sean la región más sensible del ser humano.
La novedad al niño lo inundó de felicidad. Imaginate, ir por primera vez a ver la selección en vivo, esa que tantas emociones le dio por televisión. Lo primero que hizo fue contárselo en la escuela a sus tres atentos compañeros: “voy con papá a ver Uruguay”. La reacción de sus amigos fueron gestos de admiración y sorpresa. A los pocos segundos ya saltaban y cantaban al ritmo de soy celeste, celeste soy yo. “Y aparte no venís a clase el martes, qué suerte che”, le dijo el más perezoso.
Aparte, el viaje. Aquel pequeño descubriría por primera vez la inmensidad de Montevideo. Así es para cualquier niño que viaja desde el interior a la capital. En el trayecto quedan cosas de lado: el día de escuela (que tampoco molesta tanto), desprenderse de mamá que no puede viajar porque el bolsillo no da para tres pasajes ni para tres entradas, y hasta añorar la merienda de la tarde esperando el partido en el sillón de casa. Para el trayecto se preparan cosas: la mochila, el termo con jugo, galletitas para el viaje, la ropa de abrigo que mamá obliga (también el gorro para el sol), cargar el celular con música, guardar, perfectamente doblada y con cuidado, la camiseta celeste.
Cuatro horas y pico de viaje. Cansador, sufridor, aborrecedor. El paisaje cambia, ya no hay tanto campo ni verde, predominan carreteras grandes (“¿son autopistas, papá?”), autos que pasan volando, bocinas fastidiosas, gente que viene y que va, semáforos en todas las esquinas, gente durmiendo en la calle con la cabeza tapada y los pies desnudos, otros niños celestes, banderas en los altos edificios, monumentos majestuosos e incomprensibles; un aroma que no es el del pueblo. El niño mira a su padre, inquieto y movedizo, seguro que desea bajarse para fumar como chimenea. Hace el amague de hablarle pero lo interrumpe un deseo. Mira a la calle tras la ventanilla del ómnibus, ve la publicidad del partido, respira hondo mientras abre el cierre de la mochila, y al tiempo que desprende el suspiro palpa la planchada camiseta de Uruguay para acariciarla lentamente. Ojalá ganemos.
Camino al Estadio su mente explotó. Ya olvidado el ahogo que produce venir desde el interior, el niño se dejó llevar por una marea celeste inmensa que buscaba cancha. “¿La ves? Aquella es la torre de los homenajes”, le dijo su viejo mientras la procesión continuaba. Apenas la vio. No se detuvo en ella. La emoción hacía su juego y el niño sólo pensaba en pisar la tribuna y ver sus 11 ídolos, esos héroes míticos que comparten con él eternas horas sin siesta en el campito.
La entrada al estadio le conquista el corazón, que late como nunca. A la memoria vienen sus compañeros de la escuela y el soy celeste que ahora cantan vaya a saber cuántos miles de personas. Las luces del estadio, piensa, “como la canción que escucha papá”. Explotan las tribunas al ruido del papel picado dando la bienvenida a jugadores y árbitros. A la hora de cantar el himno el padre lo toma de la mano, al tiempo que canta entre pitadas y pitadas de humo.

Luego del sabremos cumplir rompen filas. Al sorteo van los capitanes, pero el niño sólo atina con su mirada a seguir cada movimiento de su ídolo y goleador. Muslera viene hacia su cabecera a defender el arco. “En el segundo tiempo veré los goles de Uruguay acá”, piensa el niño. Mueven ellos, hay dos colombianos junto a la pelota. Su padre abre la mochila, saca la celeste número 9, lo viste. Es hora que comience el fútbol. Ese exacto momento que no se olvidará jamás.


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