sábado, 24 de mayo de 2014

Por Gabriel García Márquez, escritor de Aracataca y Macondo
(1927-2014)




Roberto Sari Torres



Hace tiempo (más de 30 años) en menos de 72 horas leí dos veces “Cien años de soledad” porque fue convenido el plazo del préstamo del libro. Por entonces era un lector veloz y nunca más volví a verlo. Pero quedó en el recuerdo para que, cuando en un claro de la selva sudamericana me tope con el brillo de “El Dorado” de Guatavita, tal visión no me sorprenda. Dicen  por allá que al verlo queda el espíritu impregnado del resplandor de oro de su leyenda.  También en el imaginario son capaces de corporizarse las brillantes figuras de los caciques Chibchas; todos bañados sus cuerpos con polvo de oro, cuando iban en una balsa hata el centro de la laguna territorial para arrojar ofrendas preciosas a los dioses de la tribu; a “Bochica”, protector de los hombres y a su esposa la diosa “Yubecayguaya”, o “Chis”, para que no los alcance la furia de “Huitaca” la brutal divinidad del mal.
Gabriel García Márquez (“Gabo” o “Gabito”) el gran escritor colombiano-latinoamericano fue literalmente  un producto auténtico del realismo mágico de un “El Dorado” que guiaba la ambición de los navegantes ibéricos del  mil quinientos, buscando  un tesoro que sólo era un cuento legendario. Gabo, como heredero intelectual de aquel realismo existencial de los chibchas y su magia por los mitológicos dioses rescata, en el grandioso escenario literario de Macondo, un imaginario surrealista narrado con impactante maestría en “Cien amos de soledad”. El aire viejo y el embrujo de aquella población donde los “Buendía” tenían el centro de sus vidas, mirado con el telescopio de los paradigmáticos años 60 latinoamericanos del Siglo XX, enseguida nomás el libro fue adoptado por todos  como uno que contaba un largo cuento sobre una historia real o muy parecida a otras, con algunas peculiaridades que, para algunos tal vez, podrían ser desconcertantes o un poco raritas pero nada más. Creo que a García Márquez no se le podría imaginar  nativo de otro  continente que no sea Sudamérica, donde el realismo y el surrealismo se  interfieren constantemente.
En la novela de Macondo un “lingote” de hielo parecía llamar la atención, más que  uno de oro puro y  Cien años de soledad podría aproximarse, algo camuflada, a la mismísima historia de Aracataca, la aldea natal del Gabo; como último y lejano pariente de los Buendía que  figuraban en los asientos del registro civil de aquel pueblito mártir, aniquilado por el huracán conjurado por una maldición tropical que automáticamente pondría en marcha, cuando el último de la estirpe naciera  con colita de chanco. Y eso  fue lo que pasó, por lo que el tornado se lanzó desde donde no se sabe, sobre aquella aldea de magia y mariposas amarillas. Tal circunstancia hizo que aquel fenómeno no quedara registrado civilmente.  El viento de 400 kilómetros por ahora aullando ferozmente, se llevó por el aire, junto  con Macondo, a aquel pobrecito “colita de  chancho”, el último de una estirpe condenada en aquella tierra, por la exótica brujería de aquellos demonios, peores que  Huitaca, que de mar océano llegaron tras el paso de Alonso de Ojeda Núñez de Balboa, Jimenez de Quesada, y otros capitanes de mar afuera.
Al pie de la Sierra Nevada, el Gabito colombiano de Sudamérica preparaba  la denuncia cultural contra la malvada hechicería histórica que llegó con los conquistadores. Lo hizo con una de las más geniales novelas escritas en los últimos 2.500 años, luego de “La Ilíada” y “La Odisea” del gran Homero de Grecia. Allí en sus mágicas  páginas Gabo certifica que aunque parezca mentira todo es verdad,   incluso el breve  existir del último descendiente de la estirpe embrujada por esotéricos agentes de  los conquistadores; estirpe también la embrujada, de ese pueblo sudamericano, que te inspiró aracateño y que se desangró por las “Venas abiertas de América Latina”.
Y pensan que hace pocos días en México saliste de tu casa para acariciar a la multitud  que fue a expresarte su cariño  y saludo por tu cumpleaños número 87l sostenías en la mano un ramito de flores amarillas, como las mariposas de Macondo, mientras vos te largabas a dar unos pasos de baile; remembranzas indias tal vez de aquellas tribusde los cacices de oro. Y ahí tenés vos Gabo lo que es la vida ¿No? Unas tres semanas después, veleidosamente ella te abandonó; pero pese al poder de la muerte, esta sólo pudo cargar con tu cuerpo viejo y gastado por tanto haber vivido moldeando por lo escrito, y tan magníficamente, el espíritu sudamericano.
¿Y en las honras ante su cadáver, qué podría decir yo? Creo que inspirándome en los  versos de Antonio Machado, por Gabo pediría hacerle “un duelo de labores y esperanzas”. “De labores” en la búsqueda  antropológica, intelectual, histórica cultural, antecesora de los pueblos nativos de la  América del Sur; “labores” literarias que enm el encanto de su prosodia, de   ficción y realismo, ella reivindique en su urdimbre expresiva la identidad de nuestros pueblos nacionales latinoamericanos que  han pagado, con extremo valor y sacrificio, por su libertad, por su arte, por sus derechos humanos, de gente y nación; inspiración liberadora del yugo intelectual domionante que vino, o trajeron aquellos, los buitres de la ambición que orbitan en el “espacio exterior”.
De alguna manera pienso que “aquel” que antaño ocupara las largas noches teóricas de Florentino Ameghino: el “Hombre americano”, de  fin de la  Era Terciaria, es probable que  con su transparente y arcaica sombra, en 1982, te haya acompañado hasta el estrado de Estocolmo para recibir el  premio Nobel de Literatura. Yo sentí que estaba ahí también, en la multitud de tus palabras, en la urdimbre de tu pensamiento y metáfora, como uno más de  los millones de latinoamericanos condenados desde hace mucho, por la injusticia, el exilio, la incertidumbre, lo extremo del dolor soportado; por opresiones mercenarias; por los NN en osarios clandestinos de ayer y de siempre antes.  Estuve con vos allí, junto con los condenados a cien año de soledad; por lo menos hasta aquel día glorioso del Nobel con el  que distinguieron  tu calidad de escritor. El premio de la Academia puede verse también como lo vi yo al menos, con sentido de reivindicación del pueblo de la saga, porque no necesitan absolución quienes no delinquieron ni pecaron.
Hasta ese instante los  públicos del mundo sólo conocían la ficción  de una  mágica condena a sufrir todo un siglo, de incomunicación, de silencio y aniquilación del pago natal; todo conjurado por una maldición como castigo a “pecados” de endogamia lasciva, sensualismo o  poligamia que pudieran haberse contenido; por las dudas, porque así aullaban, malditas, las brujas del viento, aunque nadie hasta entonces los había denunciado.
Al conocer el escritor su pensamiento, reivindicando a las estirpes antaño condenadas, el conjunto de aquellos públicos del mundo se estremecieron por la justa causa que titilaba en las entrelíneas protocolares de tu discurso latinoamericano. El espíritu del continente al  que Leonardo da Vinci designó y escribió sobre un plato, todavía inconcluso del “Nuevo Mundo”, el nombre “América”, su espíritu –decía- estuvo en aquel aplauso de Estocolmo, con el autor argumentando por qué la condena de los “Macondos” a sufrir cien años de soledad, debía cesar. El escritor de Aracataca, que vivió  hasta su muerte 30 años en México, vio  cómo el amanecer del Siglo XXI, y ya en estos primeros 14 años, la cosa se veía venir con paradigmas culturales de nuevo tipo co existiendo con los de la vieja América del segundo mil
enio. Creo que si se lo hubiera propuesto, habría escrito los cien años de soledad de un Macondo norteameriano en el país azteca, tan colorido como el colombiano, al pie de grandiosas pirámides.

Especialmente parece que el Sur es el Norte y temporalmente, siempre,  el hoy será el pasado de mañana; pero mientras tanto la Humanidad perdía a uno de sus más insignes maestros de la literatura universal de todos los tiempos –de Homero hasta nuestros  días-, maestro de imaginarios inspiradores culturales, filosóficos, científicos y sociales; inspiradores de surrealismos y realismos paralelos donde  la solidaridad y la ficción es lo corriente. Por todo eso el Gabo nunca jamás se ha ido.
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