viernes, 19 de septiembre de 2014


El círculo de China
(foto: Presidencia de la República)

A lo largo de su vida la actriz llevó su apellido con orgullo y también con un dejo de complejo


Valentin Trujillo




China Zorrilla admiraba a su abuelo, el poeta Juan Zorrilla de San Martín, y a su padre, el escultor José Luis Zorrilla de San Martín, pero también le pesaba su apellido patricio, como lo confesó en una entrevista televisiva en 2006. A lo largo de su vida lo llevó con orgullo y también con un dejo de complejo.

Como actriz cuestionadora de las convenciones sociales y con una visión crítica sobre las tradiciones, China Zorrilla tuvo un largo derrotero de vida que la llevó a mil escenarios por el mundo, pero que al momento del descanso eterno la arrastró a la cripta familiar.

A la una y media de un mediodía cálido y primaveral, llegó un camión militar y el auto negro que había trasladado el féretro desde el Palacio Legislativo hasta el Teatro Solís y luego al Cementerio Central.

Sobre la calle Aquiles Lanza estaban formados en orden militar varios batallones de las distintas armas del Ejército Nacional. Ante la puerta del cementerio un centenar de personas esperaron la llegada del cajón y lo recibieron con un cerrado aplauso, con el sonido acuoso de palmas chocando, ese sonido que la actriz tanto conoció y disfrutó en el escenario luego de cada función.

Sobre el ataúd había diferentes tipos de flores: rosas, narcisos, claveles y ramas de olivo. Además, algunos admiradores lanzaron más flores a la actriz, que iba a su último rincón físico del mundo.

Un grupo de amigos íntimos y familiares (entre los que se encontraban los actores Carlos Perciavalle y Boy Olmi) sostuvieron el cajón y avanzaron por la vereda principal hacia el Panteón Nacional.

El cortejo acompañó ese camino con gritos de “¡Viva China!” y más aplausos. A la entrada de este edificio en medio del cementerio, los portadores se detuvieron y un clarín del Ejército hizo sonar las notas fúnebres de trompeta mientras todos los presentes guardaban un silencio riguroso y los dos soldados al costado de la puerta del panteón presentaban rígidos sus fusiles. Afuera solo se escucharon los pájaros y unos martillos neumáticos de una obra cercana. Adentro, la familia y los amigos cercanos rezaron en un susurro un padrenuestro. 

Al sacar el féretro del panteón hubo nuevos aplausos. Además de autoridades y jerarcas públicos, al cementerio también se acercaron los admiradores de a pie, como  José González, quien por más de cuatro décadas vio obras de China Zorrilla. Había ido al cementerio con una foto encuadrada de Juan Zorrilla de San Martín que en 1955 publicara ediciones Tabaré para conmemorar el centenario del nacimiento del poeta.

“Traje la foto porque ella quería mucho a su abuelo”, dijo González a El Observador, acongojado. Explicó que muchas veces se había sentido tan emocionado por la actuación de China que se había acercado al camarín para felicitarla. 

En la discreción de la gente que llegó al cementerio para el último adiós a la actriz también había algunos familiares. Uno de ellos era Juan Jones, artista y diseñador gráfico, sobrino nieto de China Zorrilla. Jones es hijo del actor de teatro Roberto Jones y de una de las sobrinas de China, Teresa Herrera Zorrilla. China fue fundamental para que Juan llegara al mundo, porque fue la actriz quien en 1973, exiliada y trabajando con Jones en Buenos Aires, le presentó a su sobrina Teresa. Allí surgió un amor del que nacieron tres hijos. Un hermano de Juan, Agustín, fue actor de teatro y televisión, continuando el legado del padre y la tía abuela. 
El féretro pasó, encima de un carrito, desde el panteón hasta la cripta de la familia Zorrilla. Los funcionarios levantaron la pesada tapa de mármol blanco con el nombre del poeta de la patria grabado. Sujetaron el cajón con cuerdas y lo introdujeron bajo tierra, una reverencia involuntaria del espíritu de China. En ese momento hubo silencio completo, o por lo menos los oídos de los presentes se olvidaron del mundo exterior. Fue un segundo íntimo, en que la hija y nieta se reunía con su padre y su abuelo. El féretro desapareció y quedó flotando la cara arrugada, la mirada sabia y el pelo canoso de China Zorrilla. Los aplausos explotaron por última vez y continuaron, hasta que la tapa de mármol se colocó en su sitio y la cubrió, para siempre, una inmensa cantidad de flores y pétalos.


Extraído de:  www.elobservador.com.uy



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