sábado, 12 de febrero de 2011

EDITORIAL

Reconocernos mestizos

 Aldo Roque Difilippo
 

Este mes comienzan las celebraciones por el Bicentenario de la Revolución Oriental. Un acontecimiento que inscribe a nuestro país en el marco de similares celebraciones de América, y que constituye un buen pretexto para repensar nuestro pasado. Una buena excusa para los festejos, pero fundamentalmente para la reflexión, para releer viejos textos e intentar bajar del bronce a los caudillos de nuestra nación, ponerlos pie en tierra para redimensionar su obra y valorar el legado que nos dejaron. 
Más allá de los festejos, las marchas, los desfiles, las celebraciones; tan necesarias para elevar el espíritu patriótico, se hace imprescindible una sincera revisión de esos hechos, ponerlos a escala humana y trasmitirlos a las futuras generaciones. Poner a escala humana a aquellos personajes serios, circunspectos que todos vimos y admiramos en los cuadros que  lucían en las Escuelas. Pero ponerlos a escala humana es también contar no solamente los  hechos heroicos que los distinguieron, sino también su costado no tan resplandeciente. Grandezas y miserias que son parte del ser humano, tan iguales a las nuestras. Contar, por ejemplo de los amoríos del Prócer de la Patria y también sus hechos más relevantes y destacados.  Hablar de las traiciones de Fructuoso Rivera y de sus hechos destacados.  Decir, sin ruborizarse que aquella sucesión de acontecimientos generados a partir de 1811 fueron una revolución, y no tenerle miedo a la palabra revolución, ya que fue una tarea emprendida por los humildes  que se rebelaron contra el poder instalado.
Aún hoy seguimos arrastrando los traumas de la pasada dictadura militar, donde se hacían fintas explicando los hechos históricos generadores de nuestra independencia, y se ocultaban algunas célebres citas del General Artigas que sin duda ruborizaban a los no tan distinguidos generales que tuvimos la desgracia de padecer.
"El despotismo militar será precisamente aniquilado con trabas constitucionales que aseguren inviolable la soberanía de los pueblos" decía Artigas; algo que obviamente el régimen de facto no podía repetir. O “La cuestión es sólo entre la libertad y el despotismo".
Aún hoy seguimos arrastrando ese lastre y es común escuchar en los actos oficiales frases desgastadas que, por lo repetidas, casi han perdido su significado. Y Artigas es más que eso.
Hablar del Bicentenario de la Revolución Oriental deberá ser también hablar del componente indígena y negro en el pensamiento artiguista. Pensar que Ansina fue mucho más que un simple negro cebándole mate en los últimos años de vida. Es pensar con  la cabeza americana y no europea, porque aún hoy muchos textos de historia razonan como aquellos invasores del viejo continente que ven en el mestizaje  una cultura baja e incomprensible.
Celebrar el Bicentenario es asumir que somos descendientes de esos personajes que se encolumnaron tras el prócer en La Redota, porque aunque llevemos apellidos europeos, aunque nuestros  abuelos y bisabuelos hayan venido del viejo continente somos descendientes de los excluidos, de los relegados, de los que alguna vez y a su modo subvirtieron el orden pautado para su destino  subiéndose a un barco a “hacer la América”. En definitiva, somos tan mestizos como aquellos orientales del 1811, razonemos como tal. Honestamente, sinceramente, con orgullo de lo que somos.

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