sábado, 25 de junio de 2011

De cómo la aparición de un salteador de caminos que robaba a los aldeanos pobres para darles a los ricos, puso en alerta al señor feudal y a los nobles de palacio


 Ángel Juárez Masares

Para comprender a cabalidad la historia que hoy deseo referiros, deberéis ubicaros un día cualquiera en la aldea de una pequeña y lejana comarca. Los carruajes del feudo corriendo por las callejuelas atropellando burros, viejas, y gatos, sin que al Caballero Tito Tivio se le mueva un pelo bajo su yelmo color cielo.
Los servidores del Señor -cuyo número ha aumentado de tal suerte que no caben todos en Palacio- deambulan junto al gran lago negro recogiendo las hojas caídas de los árboles (de a una para que alcancen para todos). Algunos han tenido la suerte de permanecer en los aposentos reales, donde llenan grandes folios con prolijas cursivas en los que puede leerse una y mil veces: “devo benser la tentación de ser nioqui”… (téngase en cuenta que no es español antiguo). Y los que no tenían nada para hacer se entretenían en la contemplación de voluminosas grupas femeninas que solían deambular por pasillos y scriptoriums.
Fue por ese tiempo en que los privilegiados disfrutaban del trabajo de los habitantes de la aldea, cuando apareció.
Dicen que surgió de los bosques de  Sherwoodaká montado en un corcel blanco, empuñando un arco, y con un carcaj repleto de flechas de aguzada punta. Se llamaba Hood Robe.
Si bien su primera víctima se pierde en la noche de los tiempos (valga la frase hecha), algunos poetas aseguran que se trataba de un menesteroso al que el cruel forajido le quitó la única moneda que había conseguido tras una semana de mendigar.
Otros bardos aseguran que fue un vendedor de hierbas, pero de cualquier manera uno u otro no hace la diferencia.
Pronto los asaltos del arquero se hicieron tan frecuentes que los aldeanos no los podían evitar (ni poniéndose offside), y entonces acudieron en busca de la ayuda del Señor.
-¡Tu condición de feudal te obliga a protegernos! Gritó un aldeano envalentonado a las puertas de palacio.
-¡No te hagas el sota! Vociferó otro cansado del ninguneo.
-¡Como siempre!...coreó la multitud.
-¡Calmaos!...por las colas de mis caballitos os prometo que encontraré a ese malhechor y pagará por sus crímenes- dijo el Señor, erguido ante la turbamulta (mejor ante la turba, porque si oye multa aparecerá presto Tito Tivio “El recaudador”).
Pero los días pasaron; y las semanas, y los meses, sin que las incursiones que hacía la Guardia Feudal en los intrincados bosques comarcanos lograran resultado alguno (tampoco las búsquedas abajo del agua que solía hacer un caballero afecto a encontrar antiguas naves sumergidas).
Las argucias del arquero invencible superaban todo lo imaginable, y no hubo en más de veinte años cazador que encontrara su huella.
La habilidad de Hood Robe había superado todos los escollos, y la leyenda de sus fechorías se contarían junto al fuego aún siglos después. Los más viejos aseguraban que había sido asesor de Gustav “El Terco”, un Señor feudal que fuera famoso por su mala memoria y su habilidad para trepar cuanto escollo le pusieran por delante (para lo cual dicen utilizaba como peldaños las cabezas de sus amigos).
Sin embargo siglos después, y tras un arduo y paciente trabajo de viejos escribas e investigadores de la historia (como Lord Sanctis Míriz) , se sabría su verdadera identidad:
Se trataba de Sir Ferdinand Oiro, Señor de las Colinas de Sad-Am y Maestro en las Artes de la Alquimia.
Tampoco es lejana la presunción que su mayor acto de magia –más que transformar el plomo en oro- centrábanse en hacer desaparecer fortunas a la vista de todos. Lo que nunca se supo es si trabajaba con el “abracadabra”, o con el “Charanchán…chán…chán”, del conocido Bufón Kacho of the Cross.


Moraleja:
Cuando el pueblo no quiere ver lo que tiene delante de sus ojos, cualquier Hood Robe de cuarta le dejará rascándose los  piojos.

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