sábado, 20 de agosto de 2011

Carlos Federico Sáez


Pedro Figari


¿Recuerdas, lector, a aquel adolescente raro, muy raro, y a la vez alegre, chancero, expansivo, simpático, elegante que, a su regreso de Roma, expuso en el Bazar Maveroff una serie de dibujos bizarros y de telas que no semejaban ni en el color, ni en la línea, ni en la composición, ni en la forma del cartón siquiera, o del telar, a lo que a diario, malos y buenos acostumbrabas a ver en caballetes lujosamente contorneados por un manto de terciopelo de tinte granate muy subido?
El pobrecito murió.
En roma, donde pasó siete años –de los catorce para arriba-, en la ciudad eterna, había sentado plaza  punto menos que de personalidad. Tenía imitadores. Su vestido, su peinado, su sombrero, su porte, sus corbatas, sus alhajas, era todo distinto de lo que se estila, y, con todo, desde lejos ya se veía que no era un petimetre, un snob, un extravagante, sino un artista, y a la vez un gentleman, de lo  más distinguido.
Decía monólogos y cantaba canzonetas napolitanas, con una gracia inimitable. Para remedar, era de verse. Se le invitaba especialmente a las fiestas, y hasta se le rogaba, puesto que su presencia era muy estimable para darles variedad y alegría.
En los salones se le hallaba tan decidido y desenvuelto, o más aún, que en su propio taller. A éste, lo había alhajado  sin muebles; con tablas y con telas que, por los recursos de su ingenio, producían un efecto sorprendente, extraño y agradable. Va sin decir  que no acordaba  a  cualquier quidam el derecho de frecuentarlo. Eso quedaba reservado para los refinados. Tenía partido en la bohemia artística de roma y especialmente entre los pintores españoles, que lo amaban de veras.
Convencido de que apenas estaba a medio camino de su carrera, no abandonó un instante su firme propósito de retornar al viejo mundo, para seguir sus estudios. Gestionaba su nueva pensión, cuando el Ateneo hizo un llamado a concurso para proveerse de un cartel ilustrado.
Carlos Sáez se consagró con ardor al trabajo para corresponder lo más dignamente que le fuera posible al honor de la invitación. La idea de que en su país pudiera crearse un ambiente propicio al arte, lo producía entusiasmos que no podía refrenar.
Aunque el plazo era brevísimo, preparó por decenas sus apuntes y bocetos, antes de optar por el que debía merecerle la opinión de presentable, y preparaba, además con reserva, una sorpresa de índole social para esas fiestas.
Nos había pedido un monólogo humorístico para recitarlo, de improviso, en el día de la inauguración. Deseaba concurrir de todas maneras al mayor brillo de ese paso inicial, que su fantasía le hacía aumentar, hasta ver en él un resurgimiento del país a la vida del arte.
Expiraba el plazo fijado y a última hora apareció Sáez con su afiche y dos bocetos. Pidió su espacio y él mismo encaramado en una escalera, los colocó lo mejor que pudo. Luego que los hubo examinado detenidamente en su luz y en su lugar, como que llevaba un pincel y unas tintas, retocó desde lo alto algunos puntos salientes del cartel, mientras se discurría, con marcada satisfacción, sobre las diversas obras que habían acudido a la cita, y sobre el éxito de los festivales. Solo faltaban tres días  para abrir los salones del Ateneo.
Al día siguiente, volvió Sáez y estuvo ayudando a sus compañeros –voluntarios entusiastas- en la tarea de disponer en espacios apropiados los carteles, lo mismo que  en las jaranas juveniles con que se amenizaba la obra. Poco más tarde,  lo vimos acurrucado,  sobre una silla, hacia un extremo del salón, mirando con sus ojazos llenos de melancolía  a los amigos que seguían  con afán y con júbilo los preparativos de la fiesta; unos clavando carteles, trepados hacia lo alto de las escaleras; otros  ordenando los carteles a exhibir, y otros por fin,  dando instrucciones, desde abajo: todos gozosos. Nos acercamos al pintor y le interrogamos-
-¿Qué hace  usted ahí tan solo?¿Acaso está estudiando el monólogo?...
-El monólogo peligra, -nos dijo- me parece, mi amigo, que ya no se dirá.
-¡Cómo! ¿Usted se echa atrás?
-Esto va mal, contestó Sáez con profunda tristeza, va mal, muy mal…
-¿Qué le pasa?
-Ya me volvió la fiebre. Todas lasa tardes me pasa lo mismo. Vea –nos dijo, extendiendo la mano.
Instantes después se retiró. Al otro día ya no vino.
Era extraordinaria la precisión de sus observaciones, del color, los misterios de cada individualidad con verdadera maestría.  Su temperamento de artista se esforzaba  a toda hora en el ejercicio de hallar el carácter, lo intrínseco, lo íntimo de cada cosa prescindiendo de  las trivialidades del detalle. Cuando  estudiaba, se le veía aprisionar al modelo con sus ojos centellantes, escrutadores y tenaces, que no  abandonaban su presa, hasta  haberla fijado con el lápiz en el papel, o con los colores en la tela…
Aquella tarde que se retiró del Ateneo, febriciente, fue para no abandonar ya el lecho en que expiró. Ni pudo asistir al acto inaugural. Hace un año, hoy, que Carlos Sáez dejó de existir. Obtuvo el primer premio: una medalla de oro y una indemnización de cincuenta pesos.
La agonía fue larga y terrible; y pocos momentos antes de morir, decía a los que  lo rodeaban:
“Díganle a Figari que los cincuenta pesos que me corresponden por el premio, los dejo para la Escuela de Bellas Artes del Ateneo.
Es muy poco, pero deseo ser el primero en suscribirme para esa Escuela.
La medalla es para mamá”.


* Nota publicada en el diario “El Día”, el 12 de enero de 1902, al cumplirse el primer año de la muerte de Carlos Federico Sáez.

“Venus de Milo”, Carlos Federico Sáez, dibujo a lápiz
(Picatoteca de Biblioteca “Eusebio Giménez” de Mercedes)

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