viernes, 25 de noviembre de 2011

El cuentito medieval

De como antiguos documentos pusieron al descubierto la conspiración contra el caballero Louis Suarés, campeón de “los celestes”, y digno representante de los “sudakas”



Ángel Juárez Masares


Había una vez un hombre que había nacido en una pequeña, humilde, e ignorada región del planeta (tan pequeña, humilde e ignorada como este escriba), donde sus habitantes cultivaban hermosas y jugosas frutas.
Dedicado que hubo nuestro mozo su vida a las justas deportivas, sus virtudes lo llevaron a ser portador del Estandarte número nueve de “Los Celestes”, equipo de Caballeros de las tierras a las que llamaban Tercer Mundo (aunque ellos solían referirse a tales regiones como “El Kulo del ídem”).
Tratábase del campeón Louis Suarés, quien pronto partió a lucir sus habilidades en los dominios de la rubia Albión, pequeña y lejana comarca donde una anciana llamada Eli Zabés,  reinaba sobre su pueblo desde un coqueto e inmenso palacio conocido como Vaquingam (aunque en realidad al bacalao lo cortaba Sir David Camarón).
Cuenta la historia que tanta era la pasión de aquellas gentes por las justas deportivas, que instituyeron un premio para el gran Campeón, al que dieron por nombre la “Lanza D´or”. Sin embargo el asunto tornóse en problema cuando nuestro hombre hizo sobrados méritos para hacerse acreedor a tan cara presea.
Antiguos documentos a los que pudo tener acceso este humilde escriba, previo pago de alguna prebenda (acto que siglos mas tarde sería llamado “coima”)  permitieron conocer las intrigas urdidas en la Real Casa para dejar fuera de la premiación a uno de los mejores Caballeros del mundo.
De la lectura cuidadosa de los pergaminos aludidos, se desprende que para los soberbios rubios de aquella parte del orbe era una verdadera afrenta que tal reconocimiento fuera a parar a manos de un “Sudaka”, otro de los motes atribuidos a los hombres de esa vulgar especie.
Fue entonces que una brumosa tarde en la que cruzaron lanzas el caballero Louis y el moro Hebra, el primero saludóle diciendo: “¡que hacés negro!” , lo cual fue aprovechado (ipso el pucho) por los rubios para gritar a los cuatro vientos: “¡racista, el caballero Louis es racista!...  ¡es un discriminador!”.
Relatos orales dicen que no faltó quien propusiera llevar a nuestro Campeón a la hoguera, y que otro se contuvo segundos antes de acusarlo de pirata (sin duda al darse cuenta que los piratas eran ellos).
La indignación de aquellos nobles cobró entonces tan magnitud, que de inmediato solicitaron se reuniera la FIFA (leer textual) que son los que te hacen eso cuando algo no conviene a sus intereses.
Ahí estuvo una vez más la voz siempre atinada y oportuna de Sir Joseph Vlaiter para poner las cosas en su lugar restando importancia al tema, y asegurando que los insultos se solucionan con un apretón de manos.
No obstante los ofendidísimos rubios desataron críticas en el Reino, le pidieron la renuncia, y se encargaron de ponerle los jubones al sol.
Se supo también que Sir David se reunió una noche con “La Dama de Lata” para solicitar su apoyo, pero como la anciana señora le propuso a cambio recortar los gastos sociales e incrementar el monetarismo para botar barcos de guerra, el hombre prefirió dejar las cosas como estaban.
El final de esta historia no pudimos conocerla, pero suponemos que el pobre Caballero Louis debió resignar sus virtudes ante los poderosos, pero como la falta de documentación nos haría entrar en el campo de las especulaciones, preferimos no hacerlo.


Moraleja:
                Si tenéis entre tus amistades algún negro, procurad no referirte a él por su color, pero si tú mismo eres de esa raza, putear podéis a los blancos sin pudor.

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