sábado, 31 de diciembre de 2011


Cuando la TV nos viola




Aldo Roque Difilippo




Los aberrantes hechos cometidos por cuatro marinos uruguayos en Haití mueven a la reflexión desde diversos ángulos. El país discute por estas horas la participación de las tropas uruguayas en las Misiones de Paz en ese lugar, algo que para representantes haitianos en Uruguay es una verdadera ocupación, y no una labor humanitaria. Por otra parte la justicia haitiana investiga la denuncia presenta por la familia del joven que fue sometido a torturas por parte de cuatro marinos uruguayos. Pero más allá de estos hechos de los cuales no es nuestra materia analizar, ni tampoco el ámbito, nos mueve a la reflexión un par de aspectos que han pasado desapercibidos o dichos al pasar. Por un lado la catalogación del hecho como “maltrato” y no como debería calificárselo, o sea tortura.

Resulta curioso que un mismo acontecimiento adquiere determinada relevancia dependiendo de la ubicación geográfica que ocurra. Es decir, parece que la proximidad del dolor o la alegría hacen que los adjetivos se utilicen de una u otra medida. El 11 de setiembre se recordará con justa y dolorosa razón, el atentado a las Torres Gemelas en Estados Unidos, y todos hablaremos, como lo hemos hecho durante todos estos años, de “la tragedia” que allí ocurrió. Calificativo que con justeza se aviene a esa dolorosa realidad. Pero pocos hablan de la tragedia del pueblo afgano o iraquí, que en medio del conflicto han debido soportar la invasión y bombardeo continuo de las tropas de ocupación.

En este caso parecería ser lo mismo. Mucho se ha hablado, nosotros también, de los aberrantes hechos cometidos por militares uruguayos durante la pasada dictadura cívico militar que sometió a calvarios indescriptibles a los presos políticos. En estos casos no dudamos en catalogar como torturas a esos sometimientos, tanto sea los físicos, los sicológicos y los sexuales que debieron padecer. Pero en el caso del joven haitiano tampoco dudamos en calificar sus padecimientos como “maltratos”. Y eso no es un hecho menor. Es que el calificativo en estos casos, condiciona en cómo asimilamos el mensaje. No es lo mismo decir que alguien fue sometido a torturas, a que fue maltratado. Es decir se diluye en una nebulosa imprecisa. Sumado al hecho que le ocurrió a un joven haitiano, difícil de individualizar hasta físicamente. Distinto sería si esos padecimientos los hubiera sufrido un ser cercano, reconocible e identificable fácilmente.

Otro aspecto no menor fue la difusión del video en cuestión. El mismo comenzó a circular por Internet, pero la población en general, que no accede a ella, recibió la noticia por los informativos de televisión. El pasado domingo los informativos televisivos incluyeron esta noticia como cabeza de noticiero, en una carrera contra el tiempo de quien lo difundía primero. Y no es para menos, un hecho de estas características sobresale y merece un destaque informativo por su trascendencia nacional y sus repercusiones internacionales. Pero nos preguntamos es necesario a las 20 hrs. difundir el video en cuestión para informar del hecho. ¿Qué agrega al rigor de la información ver cómo un ser grita de dolor e impotencia mientras otro individuo lo viola? ¿Haríamos lo mismo si el violado tuviese un rostro reconocible? ¿Si supiéramos su nombre o dónde vive? ¿El espectador no es sometido también a una violación o a una tortura cuando recibe semejante imagen mientras comparte las noticias en el ámbito familiar, quizá rodeado de sus hijos?

Claro está que previamente el periodista en cuestión advierte que las imágenes “pueden herir la sensibilidad del espectador”. Vaya previsión. Después que hubo terminado el informativo, una voz en off nos advierte que ha culminado el horario de protección al menor y “la permanencia de los niños frente al televisor es de exclusiva responsabilidad de los señores padres”.

Si fuera poco, el lunes al mediodía los desprevenidos uruguayos mientras almorzaban volvieron a ser violados por la televisión, que en todos lo informativos volvió a difundir este aberrante video, muy lejos del fin del horario de protección al menor, pero mucho más lejos aún del espacio donde proteger a las víctimas.
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