viernes, 2 de diciembre de 2011


 El arte de versificar

                                                                                                                            Ángel Juárez Masares

Quizá podría asegurarse que no existe hombre o mujer que no haya escrito alguna vez algunos versos, y tampoco sería descabellado asegurar que la mayoría sintió pudor de compartirlos.
Poner en palabras un amor adolescente, la pérdida de alguien a quien amamos, o vislumbrar que el ciclo vital nos aproxima al final de los días, dispara un mecanismo interior que nos impulsa a poner en palabras tales angustias.
¿Por qué “tales angustias”?
Porque como si fuera una ley establecida, la poesía es –por regla general- hija del dolor. Rara vez llevamos al papel nuestras alegrías. Basta lanzar una mirada a los grandes poetas que ha dado la humanidad, para comprobar que la mayoría de ellos ha dejado en versos sus tragedias personales, compartidas luego por sus semejantes por un puro acto identificatorio.
Personalidades referentes en el mundo de las letras han opinado sobre el tema. Muchos con una mirada fría sobre un asunto tan caliente, han centrado sus críticas sobre los conceptos técnicos que transforman un sentimiento visceral en un poema.
No seremos nosotros quienes tomemos partido en asunto tan delicado, pues hacerlo no sería ya un acto de soberbia, sino una torpeza de proporciones. La idea es reflexionar juntos sobre estas cuestiones para ir desbrozando los caminos hacia la perfección, aunque seamos conscientes que nunca la hallaremos.
“No basta para ser poeta, peinar en ritmo y rima el chorro de una fuente que suena; hay que ser fuente, manantial, profunda veta de humanidad que resume energía estética, renovadora, impulsora…” dice Ortega y Gasset en su Estética de la Razón Vital”.
¿Significa esto que la poesía mal rimada del adolescente que no se atreve a decirle de su amor a la vecina carece de valor? Y…en todo caso, ¿Tiene alguien potestad para tasar un sentimiento?
En su “Filosofía del Arte”, Virgil Aldrich se pregunta: ¿cuáles son los materiales del arte?
Luego dice que “esta pregunta se confunde a menudo con la que se refiere al medio, así que se les da a ambas una simple respuesta: el lenguaje. Esta falta de discriminación deja bastante nublados otros conceptos clave en la estética de la literatura”.
Más adelante Aldrich señala que “con la simple pronunciación de una palabra se producen los fonemas a través una correcta combinación de morfemas. Para poder hacer esto (pronunciar correctamente una palabra) se necesita aprendizaje y práctica.
Sin embargo esto resulta muy distinto al uso, y al acto oratorio comunicativo o expresivo que aporte significado a la imagen. Saber el empleo de la palabra es conocer su significación. Desde este punto de vista, el lenguaje tendrá un tipo básico de “estática”. Esto es la distribución temporal de fonemas y morfemas propiamente formados, en palabras (vocabulario) y con la sucesión -gramaticalmente ordenada- de esas palabras en frases.”
Para Aldrich, “el manejo del lenguaje pasa fundamentalmente por el uso correcto del conjunto de palabras llamado frase, y de su “estática” y “dinámica”.
La estática implica normas de sonidos hablados. Algunos más sonoros que otros, y esta sonoridad se observará por el artista en la combinación de palabras, que además deberán acomodarse para hacer más impresionantes los fonemas mediante la aliteración. La consonancia, o la rima. Tal asunto pone en juego la dinámica del lenguaje. Esto es en parte asunto de los acentos, intervalos, y sobre todo de los ritmos.
La norma rítmica podrá volverse métrica, siempre que nos ayude este tipo de regularidad. Así obtenemos el metro poético que –junto a los valores tonales de la estática- realiza las calidades musicales del lenguaje”.
Se podría concluir entonces que el poeta es simplemente un músico cuyo medio no es sólo la sonoridad de tonos en una escala, sino de sonidos hablados medidos por ese metro”.
Aldrich dice que “algunos formalistas en estética literaria nos hablan de la significación como si fuese un asunto menor, hasta descuidable. “No es lo que usted dice como poeta, sino cómo lo dice”.
Retomaremos algunos conceptos generales vertidos por Ortega y Gasset sobre la estética, en el entendido que pueden aportar –por su propia generalización- un poco de luz a las intrincadas reflexiones de Virgil Aldrich.
“Cada arte –dice Ortega y Gasset- responde a un aspecto radical de lo más íntimo e irreductible  que encierra en sí el hombre.
La historia del arte es una serie de ensayos para expresar ese tema ideal que justifica sus diferencias de las otras artes: es la trayectoria que recorre, como una alada flecha para –más allá- al fin de los tiempos, clavarse en su meta. Ese punto en el infinito marca la dirección, el sentido, la razón de ser de cada arte.”
La complejidad de estos asuntos quizá ha sido puesta en discusión desde que el hombre comenzó a expresarse a través de signos grabados sobre tabletas de arcilla. Sin embargo, finalmente nos remitiremos  a algunos conceptos vertidos por  Leonardo Da Vinci, para quien “en el fingir de las palabras la poesía supera a la pintura, y en el fingir de los hechos la pintura supera a la poesía; la misma proporción que existe entre los hechos y las palabras existe entre la pintura y la poesía, porque los hechos afectan a la vista y las palabras al oído”.
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