viernes, 27 de enero de 2012


¿Cómo harán los historiadores del futuro?



Aldo Roque Difilippo

¿Cómo harán en los próximos siglos los historiadores, biógrafos y hurgadores del pasado para  saber  de nuestros desvelos, amores, pasiones y esperanzas? ¿Cómo harán para reconstruir ese pasado si nuestra cultura actual está basada en la fragilidad de lo digital? Hoy recibimos una oferta laboral o amorosa mediante una llamada telefónica o un mail, y pocas veces o casi nunca  tomamos la precaución de grabarla o imprimirla para conservarla. Hoy nos gusta un paisaje y lo registramos en una fotografía.  Perpetuamos un instante con un amigo con una fotografía. Grabamos con nuestro celular un video  donde nuestro hijo da los primeros pasos, donde nuestro equipo convierte un gol, o lo que fuera, y esa información va a parar al disco duro de la computadora, y si acaso somos previsores la respaldamos en un CD, o en un Pen Drive con la fragilidad que eso representa, ya que está supeditada a ser borrada, a que el soporte se dañe, o que simplemente la tecnología en la que fue  grabada quede obsoleta y no haya manera de recuperar esa información. 
Piense si acaso en algún cajón no tiene guardado un disquete. ¿En cuál de las actuales computadoras podría leerlo? Ni pensar si usted es uno de los pioneros en estas lides informáticas y todavía conserva esa verdadera reliquia histórica de hace apenas 30 años cuando usábamos disquetes de 5 pulgadas. ¿Se acuerda de aquellos enormes rectángulos que tenían menos capacidad que lo que significa cualquier foto digital de una cámara promedio de la actualidad y que nos ufanábamos al usarlos como si  fuesen la tecnología que perduraría  por los siglos de los siglos, en una modernidad que quedó obsoleta en  menos que nada?
Está bien, usted podrá opinar que una simple carta escrita en papel también es frágil, que es susceptible al paso del tiempo, al fuego y otras circunstancias, pero convengamos que en esta era donde todo es digital esa fragilidad es aún mayor. ¿Cómo hacer para leer un simple CD  dentro de 50 años cuando haya cambiado  todo lo que conocemos? Se me dirá, ya se inventará algo que lo permita. En eso estamos de acuerdo. ¿Pero como poder reconstruir los amoríos de algunos personajes célebres de nuestra época en base a sus mensajes de texto o sus mail?
Seguramente algunos tenemos cartas de nuestros abuelos, tíos o parientes, que no habrán sido tan célebres pero que nos permiten intuir cómo pensaban, cuáles eran sus desvelos. Aproximarnos a esa intimidad mucho más allá de lo que nos puedan contar sobre qué hacían o no.
Apenas 11 días antes de morir Simón Bolívar  escribió   esta carta  a Fanny Du Villard.
 
“Querida prima: 
¿Te extraña que piense en ti al borde del sepulcro?
Ha llegado la última hora; tengo al frente el mar Caribe, azul y plata, agitado como mi alma por grandes tempestades; a mi espalda se alza el macizo gigantesco de la sierra con sus viejos picos coronados de nieve impoluta como nuestros ensueños de 1805.
Por sobre mí, el cielo más bello de América, la más hermosa sinfonía de colores, el más grandioso derroche de luz.
Y tú estás conmigo, porque todos me abandonan; tú estás conmigo en los postreros latidos de la vida, en las últimas fulguraciones de la conciencia.
¡Adiós Fanny! Esta carta, llena de signos vacilantes, la escribe la mano que estrechó las tuyas en las horas del amor, de la esperanza, de la fe.
Esta es la letra que iluminó el relámpago de los cañones de Boyacá y Carabobo; esta es la letra escrita del decreto de Trujillo y del mensaje del Congreso de Angostura.
¿No la reconoces, verdad? Yo tampoco la reconocería si la muerte no me señalara con su dedo despiadado la realidad de este supremo instante.
Si yo hubiera muerto en un campo de batalla frente al enemigo, te dejaría mi gloria, la gloria que entreví a tu lado en los campos de un sol de primavera.
Muero miserable, proscripto, detestado por los mismos que gozaron mis favores, víctima de un inmenso dolor; presa de infinitas amarguras. Te dejo el recuerdo de mis tristezas y lágrimas que no llegarán a verter mis ojos.
¿No es digna de tu grandeza tal ofrenda?
Estuvistes en mi alma en el peligro, conmigo presidiste los consejos del gobierno, tuyos son mis triunfos y tuyos mis reveses, tuyos son también mi último pensamiento y mi pena final.
En las noches galantes del Magdalena ví desfilar mil veces la góndola de Byron por las calles de Venecia, en ella iban grandes bellezas y grandes hermosuras, pero no ibas tú; porque tu flotabas en mi alma mostrada por las níveas castidades.
A la hora de los grandes desengaños, a la hora de las últimas congojas apareces ante mis ojos de moribundo con los hechizos de la juventud y de la fortuna; me miras y en tus pupilas arde el fuego de los volcanes; me hablas y en tu voz escucho las dianas de Junín.
Adiós, Fanny, todo ha terminado. Juventud, ilusiones, risas y alegrías se hunden en la nada, sólo quedas tú como ilusión serafina señoreando el infinito, dominando la eternidad.
Me tocó la misión del relámpago: rasgar un instante las tinieblas, fulgurar apenas sobre el abismo y tornar a perderse en el vacío.

Santa Marta, 6 de diciembre de 1830”.

¿Cómo poder  rescatar algo de esto dentro de 50 o 100 años con algún personaje actual. Casi imposible.
Seguramente que ese personaje enviaría un SMS o un mail a su amada con éstos u otros dramas  y ella casi seguramente  que  una vez leído lo borraría sin dejar rastro de nada.
¿Que le dirán los actuales dignatarios a sus mujeres y amantes? ¿Qué pensarán –más allá de lo que trasciende del discurso oficial-  de las decisiones que adoptan o dejan de adoptar actualmente, en la cual estamos inmersos no solamente nosotros sino los personajes que vendrán dentro de 50, 100 o 200 años?
Yo por lo menos no tengo respuesta de cómo recuperar esa inmensidad de mensajes en todas las formas imaginables que emitimos y recibimos actualmente, y que indefectiblemente se perderán para siempre.
¿Los historiadores del futuro deberán conformarse con investigar solamente la versión oficial de los hechos? La que quede registrada en los documentos, y por consiguiente sin tener posibilidad a hurgar en todos los cabildeos y comentarios previos y posteriores. ¿Tendrán que  remitirse a conjeturar los otros aspectos  que componen las decisiones, actitudes, y hechos  de la actualidad?
No lo sabemos, salvo que vivamos cien años más, cosa imposible, como para verlo.








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