viernes, 20 de abril de 2012

El muchacho de la bandera      



Horacio Chifflet Gil
ENERO 2008

Eran muy jóvenes. Eran la mezcla en la transición entre niños y adolescentes. Eran alegres, desobedientes, juguetones, eran frágiles bichos de luz en las noches de verano o gorriones que saltaban de un árbol a otro con la luz del sol.
Se juntaban todos los días en las plazoletas vacías, junto al río, en las horas de sol quemante con siestas somnolientas Al sol lo demoraban todo lo que podían, antes de que se fuera del todo y se hundiera en el fondo del horizonte, detrás de los sauces de la isla. Les parecía que lo tenían al alcance de la mano.
Ricardo Blanco cuando tenía  aproximadamente 14 años
Eran muy jóvenes, pero cada uno forjaba casi sin quererlo, las circunstancias que lo llevarían por caminos diferentes. Lo sabían pero no lo hablaban, porque disfrutaban del momento y nada más que eso. Crédulos de sus sueños en todo momento.
Eran tiempos de la pelota de trapo, mojarreros con una rama de sarandí, o la honda con una horqueta de naranjo. Tiempos de la bolsa de las bolitas colgada de la cintura, o del trompo en el bolsillo de atrás. Inventores autóctonos, genuinos, efímeros.
La pelota era un montón de trapos viejos envueltos en una media de mujer y se veía, haciendo un pequeño gran esfuerzo, más o menos redonda. No saltaba, solamente rodaba. Quedaba durante la noche guardada en un lugar seguro, como una joya que descansa de los golpes recibidos en el entrevero polvoriento de las piernas flacas, palillos de tambor.
El mojarrero era un hilo negro de coser y en la punta, un alfiler doblado. Mojarrita tras mojarrita pasaron por ahí, que al final iban a parar al gato barcino de la vecina más cerca, a la sartén o devueltas al río, tiesas, moribundas. Bocado fácil para la angurria del dorado.
A cuantos mojarreros se los llevó la correntada del río en su marcha viajera, o se hundieron en la desembocadura de la zanja Padilla. Sobraba el tiempo y las ganas de hacer otro, mejor que el anterior. Como aceptando el desafío.
Eran muy jóvenes. Las noches con bichitos de luz, los encontraban con bolita en mano, debajo del farol de la esquina. Buscaban la fórmula juguetona para rematar el día. Una chanta clavada bajo la pálida luz mortecina, marcaba el final. Trofeo conquistado y al bolsillo….por lo menos hasta el otro día.
Paraísos gigantes les servían como plaza de deportes, los veían como gigantes aunque no lo fueran, hasta que un día se los llevaron, y las plazoletas quedaron aún más vacías, huérfanas de alegría, masticando la soledad.
Se trepaban hasta las últimas ramas, mirando el cielo como los pájaros y ahí arriba, se trasmitían en conversaciones largas, se adivinaban el pensamiento, con ademanes de una sola mano. Eran como una guarida.
Mentes frágiles que grababan todo, porque todo aprendían. La calle era una escuela sin maestros, pero llena de compañeros que aparecían todos los días con ideas frescas, inventando cosas, multiplicando juegos. Marcaban su territorio y ahí adentro, amanecían, cantaban y dormían igual que las calandrias en el monte.
A veces hasta peleaban si un intruso se lo invadía, llenando el cuerpo de camorra…..pero no mucha!.
Nelson Difilippo y Ricardo Blanco, en los años 50,
en su barrio de la infancia, cerca de la actual
Plaza Lavalleja de Mercedes.
Eran tan jóvenes, pero los años pasaron enancados en el tiempo. El viento sopló con fuerza y se los llevó cuando ninguno de ellos se lo esperaba. A cada uno les marcó el rumbo. Se les desdibujaron los tiempos fáciles, cuando las crecientes del río, les mojaba los pies junto a la puerta de la casa y trasformaba las noches sin dormir, cuando el rítmico croar de las ranas se escuchaba cerquita de la cama y salpicaban los miedos nocturnos.
Se fue Juan y lo vimos partir, se fue Pocho cuando nadie se lo esperaba y parecía que todo estaba cambiando con rapidez, como  el río turbulento, cuando mueve los sarandíes y se va sin mirar hacia atrás, para no volver.
“Roncadera”…así le decían, al compañero de banca en la escuela, el de los ojos grandes y piernas cortas, se hizo hombre antes de tiempo, mucho antes.
Después el tiempo me lo mostró una vez, y otra vez más. Era tal como tenía que ser, había nacido para eso y así era. Ya no era el “Roncadora” de las piernas cortas.
Llevaba en sus manos una bandera grande, su bandera. La hacía flamear con fuerza para un lado y para otro, se mezclaba entre la gente que también llevaban banderas y recorrían las calles de la ciudad. Había turbulencia en la ciudad, igual que en la corriente del río y del viento fuerte, después de la lluvia.
Le grité con fuerza y levantando las dos manos…”Roncadera” ….quería decirle . ….”que no se fuera muy lejos”…y unas cuantas cosas más, pero no me escuchó….iba cantando canciones que el pueblo le había enseñado y miraba solamente como flameaba su bandera.
Fue la última vez que lo vi….iba feliz, caminaba rápido, demostraba en sus ojos miles de ideas nuevas, que quería trasmitirle a su gente y a otra gente. Solo quería trasmitir su felicidad.
Quería participar, así entendía él a la libertad, o por lo menos eso parecía.
No lo vi más, ni nadie más lo vio. Se lo llevaron, mutilaron sus ansias, le cortaron las alas al gorrión de los paraísos gigantes y no pudo volar.
Ahí andan los chiquilines aquellos, los de las chantas clavadas en el farol de la esquina, los de mojarreros de sarandí, que ahora ya no son tan jóvenes queriendo ponerle una flor,….pero no saben donde. 
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