viernes, 6 de abril de 2012

HABLANDO DE BUEYES PERDIDOS

Historia de un mate



Ángel Juárez Masares


Hace varios días que me siento frente a la pantalla con la idea de escribir esta sección, y me levanto después de un buen rato de teclear y “suprimir”. Si bien hablar de bueyes  perdidos otorga la posibilidad de tocar temas variopintos, suele ocurrir que los mismos se entreveran tanto que uno no logra imprimirles la necesaria coherencia literaria para hacerlos comprensibles.
-Pon el título y deja la página en blanco- me dijo Damián hace un par de días. Pero mas allá que la sugerencia no dejó de ser interesante, pensé  luego que el espacio de que disponemos no es suficiente para andar haciendo esas travesuras. Entonces lancé una mirada en derredor… Por encima del monitor gigante de mi ya perimida Pentium 4, impone presencia una biblioteca de proporciones. Encima de ella dos parlantes grandes conectados a la PC me dan ahora algo de Offenbach, y el entorno es un caos de cuadros amontonados contra las paredes, un par de caballetes, una mesa para dibujar, una suerte de “banco de trabajo”, y estanterías con elementos de toda forma y color, además de un sillón donde “se despatarra” mas de un vago que suele llegar a “arreglar el mundo” o hablar de pintura. Pero a mi derecha está el mate. Siempre está el mate a mi derecha. Para quienes no viven “en esta esquina del mundo” - como le gusta a Aldo llamar a esta parte del planeta- el mate no significa nada más que una costumbre extraña. Para nuestros lectores de habla hispana, no creemos necesario abundar en detalles sobre el consumo de las hojas de la yerba mate (Ilex Paraguayensis), por todos conocido, lo que no significa por todos aceptado. Con molienda “gruesa” y trocitos de tallos; casi tibio y muchas veces endulzado lo beben en Argentina. Los brasileños le llaman “cimarrón”, y lo toman generalmente antes del desayuno. De molienda “fina”, amargo y muy caliente lo bebemos en Uruguay incluso en pleno enero con 40 grados de temperatura ambiente.
El mate forma parte de la “uruguayez”. Donde quiera que vayamos lo llevamos. Nos “engaña” el estómago cuando no tenemos nada a mano para comer; nos calienta cuando hace frío, nos hace compañía cuando cuidamos al amigo enfermo en una sala de hospital, nos reúne junto al fuego en ese “asado” con que festejamos un aniversario, nos mantiene despiertos en el velatorio del vecino, nos molesta en la cancha cuando alentamos al equipo de nuestros amores (pero igual lo llevamos), y nos quema los dedos cuando lo cebamos al oscuro mientras tratamos de pescar algo a orillas de un río.
Seguro que muchos habrán vivido episodios donde el mate fue protagonista, y seguro es que muchos uruguayos que residen por el mundo habrán caminado largo rato las calles de París, de Montreal, o de Dublin, en busca de “ese” comercio que vende yerba.
Entonces recordé un episodio que nunca he olvidado. Fue hace muchos años, era el mes de agosto y hacía frío. Estaba en una pequeña sala de hospital, desde donde me llegaba el ruido sordo e indefinible del aparato de electroshok con que algunos médicos y un par de auxiliares trataban en vano de volver a la vida a alguien que ya no la tenía. Quizá porque no se debe morir a los 17 años, los hombres no querían resignarse y le daban corriente a ese corazón ya muerto.
Ahí fue que apareció ante mis ojos. No lo vi llegar, pero estaba allí… era un mate oscuro, grande, con una bombilla de plata y un aro de oro…espumoso como recién empezado. Sostenido en la palma de una mano casi abierta, ese mate no era tal, era una ofrenda. Lo tomé y lo bebí despacio, si mirar al oferente. Solo cuando lo terminé levanté despacio la mirada, que fue desde unos zapatos negros a un pantalón azul, pasó por el cinto de cuero del que colgaba una pistola que se me antojó ridícula, dadas las circunstancias, y se detuvo en el pequeño escudo que lucía en el bolsillo de su camisa.
El policía de guardia se fue. No recuerdo si miré si su rostro, pero si lo hice esos rasgos se perdieron en algún lugar de la memoria. Pero jamás pude olvidar ese mate ofrecido a la hora en que se muere: las 3:00 de la mañana.
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