sábado, 28 de abril de 2012

Historias ocultas entre las palabras

La tipografía es reflejo y a la vez termómetro de una época. Define tanto la estética de una ciudad como la identidad visual de un producto o de una banda de rock. En un ensayo, Simon Garfield desmenuza con rigor y belleza ese universo.


POR Federico Kukso
Cuando Johannes Gutenberg inventó la imprenta de tipos móviles a fines del siglo XV, no sólo torció para siempre el rumbo de la cultura humana desde la intimidad de su modesto taller en Estrasburgo. También, y sin saberlo, fundó un culto. Aunque en vez de idolatrar a un dios barbudo y erigir catedrales en su nombre, sus miembros veneran desde entonces entidades igual de ubicuas: las fuentes tipográficas.
No importa donde depositemos la mirada, allá están ellas: a la vuelta de la esquina, en la parada del colectivo, en la pantalla de nuestras computadoras y celulares, en los subtítulos de las películas, en la camiseta de Messi, en la tapa de aquel disco que marcó nuestra adolescencia, en la etiqueta de nuestros calzoncillos, acá, en este texto, en todas partes. Las fuentes visten a las letras y, al hacerlo, visten al mundo. Y aun así, a pesar de su omnipresencia atávica, las ignoramos. Sabemos poco y nada de ellas. Ni sus nombres, ni cuándo nacieron, ni qué hombre o mujer las creó para luego echarlas a correr por el planeta.
“Las fuentes pueden contarnos más de lo que nos cuentan las palabras –señala con convicción desde Londres el escritor inglés Simon Garfield, autor de Es mi tipo , un recorrido taxonómico por este submundo del diseño gráfico que combina arte, ciencia y tecnología–. El número de personas que se interesan por las fuentes ha aumentado progresivamente desde la difusión de las computadoras personales”.
Ocurre que Steve Jobs, además de “glamourizar” las manzanas mordidas y transformar piezas de plástico y metal en objetos de deseo, provocó un giro copernicano en nuestra relación con las letras y la tipografía. Lo técnico se volvió ameno; lo restringido comenzó a ser accesible. A 30 años del amanecer de la era digital, las fuentes están ahora a un clic de distancia.
Desde la primera fuente tipográfica del mundo –la gótica y pesada textura, con la que Gutenberg decoró sus Biblias–, las formas tipográficas han seguido su propio derrotero evolutivo como si se trataran de organismos vivos. A más de 600 años de aquel big bang, hoy existen más de cien mil tipos de letras –y siguen en aumento– con una variedad astronómica de formas, diseños y caprichos. Y una misión: ser la voz de un texto, definir cierta entonación de lo escrito, establecer un ambiente.
No extraña, pues, que se las vincule con la música y que ciertos diseñadores subrayen su capacidad de devolverle al texto escrito la vivacidad del habla. La tipografía, como una canción, incita las emociones. Y como sucede con un olor, no podemos dejar de sucumbir ante sus efectos.
“En las calles del mundo las fuentes tipográficas son como el oxígeno y la gravedad. No tenés muchas más opciones que respirarlas y sentirlas”, sugiere el director Gary Hustwit en su magistral documental de 2007 que se titula y gira alrededor de la reina de las fuentes: Helvética.
Sencilla, limpia, elegante, aparentemente impersonal y con rasgos netamente suizos –como los relojes, los chocolates y la histórica neutralidad del país alpino–, nació en 1957 de la mano del tipógrafo Max Miedinger y colonizó el mundo. Hoy se la ve en el subte de Nueva York, en los logos de BMW, Panasonic, Nestlé, Energizer, y hasta el MoMa le dedicó recientemente una exposición en su honor. “En caso de duda, utilizá la Helvética”, fue y sigue siendo el consejo de cualquier diseñador amigo.
En la vereda de enfrente, en cambio, se ubican dos engendros de Microsoft: la Arial –una fuente pirata, un clon descarado de la creación de Miedinger lanzado en 1982 por la compañía de Bill Gates– y la payasesca Comic Sans, obra de Vincent Connare en 1994 que incita el odio de muchos diseñadores que, además de organizar campañas para extinguirla de una vez y para siempre, la consideran una plaga visual de nuestra época.
Es entendible tanto odio gráfico. Así como hay un goce estético ante un caótico lienzo de Jackson Pollock o un gesto de incomprensión ante los cuadros de puntos de colores de Damien Hirst, existe también un disfrute –y un asco– tipográfico cuando nuestros ojos barren un texto o un cartel y se encuentran con estas criaturas en el camino. Diversas como las especies que habitan el planeta, cada fuente estimula un nervio y dispara una reacción: ¿Atemporalidad? Futura. ¿Clasicismo? Gill Sans. ¿Tradición? Garamond. ¿Londres? Johnston. ¿Hábito? Times New Roman.
La tipografía es el reflejo y a la vez el termómetro de una época. Define tanto la estética de una ciudad como la identidad visual de un producto y de una banda de rock. Quizá los Beatles hubieran sonado igual pero hubieran sido otra cosa sin la fuente Bootle. ¿Hubiera Barack Obama llegado a la presidencia de Estados Unidos si sus agentes de marketing además de incitar el grito de “ Yes we can ” no hubieran optado por la aparentemente inofensiva Gotham? ¿Cómo sería esta revista, Ñ, si sus títulos no lucieran su particular fuente serif llamada justamente Clarín y los recuadros no estuvieran decorados en Berthold Akzidenz Grotesk? Lo cierto es que estas criaturas gráficas –verdaderas representaciones visuales de las palabras– hablan también de sus creadores, de las peculiaridades de los diseñadores tipográficos, aquellos “artistas invisibles” por lo general obsesionados por las formas, por los espacios entre las letras, por la curva de una “l” o el punto de una “i”. Al igual que un médico combate una enfermedad, los diseñadores (en general) y tipógrafos (en particular) luchan contra la fealdad del mundo. Como cuenta el diseñador e investigador Pablo Cosgaya, profesor de Tipografía en la Facultad de Diseño y Urbanismo (UBA): “Camino por las calles viendo fuentes y reconociéndolas. Me encanta ver carteles hechos a mano, anuncios publicitarios buenos y no tan buenos, marcas a veces ingenuas, a veces graciosas. Es parecido a lo que ocurre con ciertos arquitectos que andan por ahí mirando como enfermos edificios. Creo que es una deformación profesional”.
Los diseñadores tipográficos, al igual que los programadores de computadoras, los bioquímicos y los entomólogos, se caracterizan tanto por utilizar una jerga endogámica y por una devoción incondicional a su actividad que lleva a algunos al extremo de la genialidad, a ver lo que al resto se les escapa: el famoso diseñador inglés Matthew Carter, por ejemplo, es conocido por rezongar cuando detecta anacronismos tipográficos en el cine. O sea, fuentes inventadas mucho después de la época en que transcurre una película.
“Las tipografías hablan de una cultura y de un estilo. Como ocurre en la moda, los gustos cambian –cuenta el diseñador Ariel Di Lisio, creador de la fuente Negro–. Las tipografías comunican, transmiten un mensaje. Hay que tener muchas ganas y paciencia para diseñar tipografías nuevas”.
Y están también los funcionalistas, aquellos que piensan que los caracteres tipográficos deben pasar desapercibidos, informar sin alarmar. Como dijo alguna vez el diseñador suizo Adrian Frutiger: “Si sos capaz de recordar la forma que tiene una cuchara mientras comés, seguramente esté mal diseñada”.
Fusión de industrialización y mundo artesanal, las fuentes tipográficas expresan la diversidad humana. Nos encandilan y juegan con nuestros sentimientos y expectativas sin que nos demos cuenta. Como un cuadro, una escultura o un edificio, hablan de quiénes somos, de nuestros miedos, límites y devociones. Simon Garfield está convencido: “Creo que los arqueólogos del futuro mirarán nuestro mundo y pensarán: ‘Ellos adoraban a un dios llamado Helvética’”.


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