viernes, 25 de mayo de 2012

EL CUENTITO MEDIEVAL
De como el viejo Escriba descubrió cuándo, el oficio de escribir está bien pago


Escriba Medieval

Esta mañana cuando bajé a mi scriptorium, descubrí que varias palomas –al mando del palomo conocido como “Gemail”- esperaban pacientemente en la ventana con sus mensajes en los anillos de sus patas. Teniendo cuidado con unos minúsculos piojillos que suelen alojarse en las misivas -y que luego te comen los pergaminos- quité los aros y acomódelos en una pequeña caja para leerlos luego. Normalmente hago esa tarea a horas tempranas, pero el olor a pan recién horneado que se colaba por esa misma ventana me llevó hacia las calles de la aldea.
Con una hogaza caliente denunciando sin pudor mi gula, caminé rumbo al gran Lago Negro mientras masticaba complacido, observado la gente que iba a sus trabajos.
Considerando detenidamente la construcción moral de un pueblo, di en pensar en cuáles eran las ocupaciones que sostienen a la muchedumbre. Allí estaban los médicos; entre los cuales están los que algunas pestes curan, y quienes se dedican a saber por qué razón mueren algunas personas. Concluí que estos últimos eran los menos capacitados pues faciendo industria en el cadáver, ningún pariente acusaríalos de mala praxis.
Estaban los abogados, cuyo oficio era vivir de los desaguisados de los demás en connivencia con los jueces. Los Curas, que asentaban su vida temporal sobre la espiritual de los fieles; los militares, que hipotecaban la suya a cambio de matar a otros, y los comerciantes, en cuyas arcas entraban maravedíes pero ningún sentimiento. Los nacidos propietarios, que vivían de heredar; y los artistas, que eran los únicos que daban algo a cambio de su trabajo.
Tras esta somera evaluación realizada entre mordisco y mordisco, pensé que aún quedaba una multitud de oficios menores que no tendrá relación con ninguna destas cosas, pero que existirán sin duda. En los pueblos grandes esta ralea será crecida en número, pues necesitan del ruido y el movimiento para vivir –como el pobre del Evangelio- de las migajas que caen de la mesa de los ricos. Sus ocupaciones son tan pequeñas que mas que oficios deberían ser llamados pretextos de existencia. Pero los que los profesan –no obstante- son como las ruedas del carruaje; rotas o separadas del conjunto, paralizan el movimiento.
Estos seres marchan siempre a la cola de las necesidades del pueblo, y suelen desempeñar tareas diferentes según el año, la estación, o la hora del día. En verano “cuidan” los carruajes de las gentes que buscan el frescor a orillas del Lago; venden pequeños recipientes de agua refrescada en los aljibes, o manzanas ensartadas en un palo.
Aún subsisten en la aldea los zapateros de viejo. Facen éstos su nido en los portales, y jamás responden las preguntas, porque tiene la boca llena de clavos.
También están los siervos de Palacio que barren las calles. Arrastran sus escobas por los huecos del camino; van con la testa inclinada y el sombrero sobre los ojos. Pero no os engañéis, ellos todo lo ven, y todo lo escuchan. Son las orejas del Amo y la lengua de palacio. Nada ocurre en la aldea sin que ellos lo sepan, son como arañas tejiendo una gran red sobre el vecindario.
Y así fui desde mi casa de piedras a las piedras del Lago Negro, cuyas aguas escurridas y evaporadas  no habían sido repuestas por la naturaleza dejando el lecho al descubierto.
Torné luego a mi morada andando calle arriba mientras procuraba poner a la escritura como oficio. Mala cosa es tentar a hacerlo, pensé mientras hurgaba en mi saco buscando algún maravedí que proveyera de otro pan a mi alacena. Maravedí tan huidizo como ausente, pero cuya misma ausencia me trajo la respuesta; “ningún oficio reconozco que dé menos de vivir que escribir para el público, pues ni aún exprimiendo el seso para extraerle el verso mas excelso, podría Escriba alguno construir rima que llene su estómago a la noche”.
        

Moraleja:
                No habrá moneda alguna que pague la virtud de la escritura; pero tesoro mayor habrás logrado, toda vez que alguien llegue al final de la lectura.
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