viernes, 8 de junio de 2012

Cuentito medieval

De como el mes de mayo dejó secuelas imborrables, en hombres poderosos y en lacayos



 Escriba Medieval


Amados, Honorables, Inestimables, y pacientes  Cofrades: fuése, esfumóse  ya el mes de Mayo; mes que –recordad- toma su nombre de la diosa Maia, una de las más ancianas de Roma que también era la diosa de la primavera. Los sacrificios en su honor ofrecíanse el primero de Mayo para que todo el mes estuviese bajo su protección, asunto que beneficiaba en modo especial a las mujeres casadas, pues –ese mes- los esposos tenían prohibido pegarles. Pero no os enfadéis con este humilde e ignorado Escriba, que no hace otra cosa que contaros la historia para ustedes, en todo caso enfadaros con Juan de la Palud, el Señor que dictó la prohibición pero no la hizo respetar –ni la respetó-  puesto que cualquier día de mayo era bueno para propinar a su mujer un par de azotes por un plato de caldo frío.
No se por qué causa al relataros estas nimiedades pueblerinas, recuerdo a varias Señoras desta pequeña y lejana comarca que suelen soportar algún mamporro que otro (además de fornida y saludable cornamenta), so pretexto de conservar “el buen nombre de la familia”…pero esa es otra historia que no viene a cuento, y que además, cuento con que todos las conocen.
También es verdad que en algunas ocasiones, el Señor hacía castigar al marido infractor aplicándole “la Ley”. Dicho castigo indicaba que el hombre debía ser paseado en un asno sentado de revés, es decir, viendo el culo del jumento. Desto se desprende fácilmente que el resto del año los maridos violentos disfrutaban de una libertad relativa, y que –en todo caso- no habían de temer las represalias por tan bárbara conducta.
Pero el mes de mayo no dejaba solamente al descubierto las mezquindades de los hombres, también había celebraciones donde los mozos y las mozas se divertían con danzas y otros festejos destinados a la fecundidad de los sembradíos (y frecuentemente a fecundidades propias).
Los reyes de Castilla y Navarra, durante los siglos XIII y XIV, celebraban la fiesta del primero de mayo vistiendo y haciendo que las gentes vistieran ropajes de color verde, según algunos pergaminos lo consignan.
Otra práctica habitual era “La fiesta de la Rosa”, en la cual la doncella que gozaba de mayor virtud recibía solemnemente al pié de los altares una corona de flores que el Cura –vestido para la ocasión- le colocaba en la cabeza. Sin embargo esta distinción era aprovechada por los Señores feudales, quienes tenían derecho a escoger entre las pretendientes designadas por la aldea un mes antes, anunciando cuál era la agraciada el día de la coronación.
Algunos escritos antiguos aseguran que esta práctica de otorgar a la doncella mas virtuosa la gracia de los favores del Señor, continuó en el tiempo, asunto que hoy, año del Señor (del otro Señor) de 1512, aún perdura.
De cualquier modo, mayo sigue y seguirá siendo un mes bendecido, ya no por la diosa Maia, sino por el resto de la Corte celestial; pese a que llueva casi todo el mes convirtiendo la aldea en un lodazal impenetrable, o no caiga una gota, rajando la corteza de la tierra de manera inmisericorde.
Este humilde escribidor cree que en 500 o 600 años, las estaciones no serán como ahora; piensa que el hombre contaminará el aire de tal modo que en invierno hará calor, y estará frío en verano, o quizá la romántica primavera y el amarillo otoño desparezcan por completo, pero eso será otra historia.
Lo que sin duda no cambiará, serán las artimañas de los hombres poderosos para aprovecharse, ya no de virtuosas doncellas, sino de los hombres serviles; esos que suelen dar de golpes a sus esposas porque les falta coraje para dárselos a quienes los someten.



Moraleja:
              Si durante el mes de mayo castigares sin piedad a tu mujer, recuerda pegarle el resto del año, a quien bajo su bota te quiere someter.
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