jueves, 9 de agosto de 2012

Hablando de Bueyes Perdidos

La cruel complicidad entre el espejo y los juegos olímpicos

                                                                                                                                 

Ángel Juárez Masares

Uno se levanta de mañana y se para frente al espejo. Saca la lengua mientras empuña el cepillo de dientes; se pasa la mano por la cabeza para asegurarse que tiene igual cantidad de pelo que ayer, y “mete” la panza. Como es condición humana que uno ve lo quiere ver, así como escucha lo que quiere oír, no percibe esas arrugas nuevas ni la inflación de las bolsas de los ojos (que hace rato superó los dos dígitos). Y si encima nuestra misericordiosa esposa nos dice que “maduros somos mas lindos”, salimos del baño cuasi convencidos que los años no han pasado para nosotros.
Entonces encaramos el día como si en realidad tuviéramos unos cuantos años menos de los que dice el almanaque. Hacemos las tareas de cada uno sin pensar en el cuerpo, y por ahí –si se atraviesa la oportunidad- hasta nos permitimos lanzar una mirada hacia unos vaqueros apretados.
Pero las horas transcurren y el cuerpo empieza a pasarnos factura, y eso ocurre mucho antes de llegar la noche. Ya al mediodía cuando nos sentamos a la mesa aparece el primer “síntoma”…a ver…”antes” nos ponían delante una cazuela de mondongo con chorizo colorado, o una milanesa con un par de huevos fritos encima, y la devorábamos de un saque, cuando no la “asentáramos” con un helado de sambayón. Ahora la milanesa es al horno (porque nada de fritura, ¿vio?), del helado olvídate, pero jamás de las treinta gotas de Hepamida después de comer.
La tarde de sobrelleva, y en todo caso uno hace un alto como a las cinco para un tecito (a la uruguaya) pero con galletas de salvado. Nada de pan y manteca.
Pero llega la noche y uno se sienta frente al televisor. Pone algún informativo, pasa a otro Canal para ver lo mismo, y a otro, y a otro, hasta que termina viendo a César Millán (el “encantador” de perros), eligiendo entre la jauría, una mascota para una señora ricachona. Luego pone un rato “Catástrofes Aéreas” para alimentar el morbo, y pasa por Films & Arts para ver “Historias del Jazz”. Sin embargo estos días inevitablemente uno se detiene en uno de esos canales deportivos que pasan los Juegos Olímpicos, y ahí se pudre todo. Desde la pantalla (y lo que es aún peor, en alta definición), un alemán está suspendido de un par de argollas colgantes como si su mole de músculos pesara 5 kilos. El tipo (ese tipo) se levanta y queda horizontal. No se mueve, no tiembla, la impavidez lo invade. Uno se lo banca, pero cuando termina soltándose y cayendo perfectamente sobre la lona, aparece otro que se sube al “potro”. Ese otro tipo vuela, gira, se detiene, se alza apoyado en una mano desmintiendo el equilibrio....los brazos perfectos, las piernas perfectas, el torso perfecto… Hermes de Praxíteles redivivo… el David es un esperpento a su lado…
Y uno no se da cuenta pero ha comenzado a hundirse en el sillón… el gato está mas arriba que uno enroscado en un almohadón, y uno lo envidia porque el gato duerme sin importarle siquiera las promos de esa comida “para gatos de interiores”.
Entonces uno toma el control remoto y cambia de Canal, pero se encuentra con un chino levanta-pesas que tiene el cuello del mismo ancho que la cabeza, y por piernas dos columnas de granito.
Entonces a uno le cae el almanaque encima, se calienta con los malditos Juegos Olímpicos, tira el gato del sillón (que vuela de cabeza sin entender nada) y apaga el televisor.
Mañana temprano uno se parará con el cepillo de dientes frente al “otro televisor”, el que está en el baño…porque nadie puede escapar a la complicidad de estos dos monstruos que uno cobija y alimenta.
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