viernes, 2 de noviembre de 2012


Acerca de la música


* El arte de saber escuchar                                                                        


La música en lengua universal. No necesita traducción; habla directamente al corazón y a la mente traspasando barreras de raza e idioma. Nadie podría explicarla tan bien como ella se explica por sí misma.
No obstante, la música no siempre descubre la personalidad del compositor. Aunque de un modo general suele reflejar su carácter, su temperamento o su estado de ánimo, deja muchas cosas por decir, cosas que pueden ser interesantes y hasta importantes. Quien escucha una gran sinfonía o una obertura brillante, con frecuencia se pregunta: “¿Qué hombre fue aquel que logró urdir tan maravillosa trama de sonidos?”.
 A veces el embrujo de una fogosa danza o la complicada arquitectura de una sinfonía nos hacen olvidar que el autor fue un ser humano. Empero, la música no fue escrita por fantasmas de peluquín ni por estatuas de bronce, sino por hombres; casados o solteros, ricos o pobres, abrumados por pesadumbres o colmados de honores que –como el resto de los mortales- hicieron la jornada de la vida matizada de alegrías y sufrimientos. La música se escribió por muchas y diversas razones; para mantener a la familia, para satisfacer una ambición o cosechar aplausos, para celebrar un suceso feliz o para mitigar un duelo. Algunas obras se compusieron para gloria de dios, otras para gloria de los hombres; pero casi todas simplemente porque el don misterioso del genio musical no puede acallarse, así como no puede ordenarse a la alondra que deje de cantar.
Saber algo de quienes compusieron puede enriquecer el deleite de escuchar sus obras. Sus vidas nos ofrecen  en mayor o menor grado, pistas y claves para entender su música, de la misma manera como su música suele proyectar luz sobre sus vidas.
En ese sentido puede ser de gran importancia desde el punto de vista musical y humano, saber que Beethoven se hubiera vuelto sordo, que Handel supiera congraciarse con las testas coronadas, que Chopin fuera un ardiente polaco, que la amistad mas íntima y el mayor apoyo que tuvo Tchaikovsky provinieran de una mujer con la que nunca habló. De menor importancia, aunque no por esto falto de interés, es el hecho que Bach tuviera veinte hijos; que Cósima, hija natural de Listz se casara con Wagner; que Schumann se inutilizara un dedo de la mano; que Brahams coleccionara soldaditos de plomo , que Mozart compusiera a menudo mientras jugaba al billar, que Dvórak hallara inspiración en un pueblecito de Iowa llamado Spillville.
Hay por lo menos dos maneras de oír música. La una, como el bañista en el mar acariciado por el sol; flotando perezosamente sobre la superficie, estimulado a veces por el reventar de las olas en las rompientes de la costa. La otra consiste en escuchar la música en sí; seguir una melodía mientras ésta se encuentra con otras melodías para unirse a ellas, separarse, y volverse a juntar; desenredar las muchas hebras con que se ha tejido una sinfonía. Quizá esta sea la manera mas difícil de escuchar, pero al fin al cabo la mas provechosa.
En realidad, la tarea no es tan ardua como parece. La buena música no es tan profunda, ni complicada, ni está fuera del alcance de quien tenga algún sentido artístico, un poco de paciencia, y gusto para descubrir nuevas cosas. Para escuchar con inteligencia no es menester un penoso trabajo ni una angustiosa concentración; basta adquirir el hábito de someter sin esfuerzo la mente y el oído a una atención flexible. Nadie sabe cuántas ventanas tienen la mente y el alma hasta que empieza a abrirlas. Para quienes no lo hayan hecho aún, la música puede ser la llave de oro.





Fuente: fragmento de la presentación del Álbum Discográfico: “Los Grandes Maestros y su Música”, por Robert Littell, redactor del Reader´s Digest.

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