sábado, 19 de enero de 2013


Cuentito Medieval

De como la lectura de viejos pergaminos trae a cuento historias antiguas que bien pueden haber ocurrido ayer mismo


                                                                                                                            Escriba Medieval
           

Amados Cofrades: esta madrugada cuando los grillos habíanse guardado entre las maderas de mi scriptorium enfundando sus desafinados violines, y el silencio cubría la aldea con su sonido indescriptible, trepé al ático en busca de antiguos rollos de escritura. Fue entonces cuando descubro parte de la obra de Don Rodrigo Cota, de la cual compartiré lo siguiente:

Diálogo entre el amor y un Caballero viejo.
Á manera de diálogo entr´el amor y un viejo que, escarmentado dél, muy retraído se figura en una huerta seca y destruyda , do la casa del plazer derribada se muestra, cerrada la puerta, en una pobrezilla choça metido; al qual súbitamente paresció el amor con sus ministros, y aquél humildemente procediendo, y el viejo en áspera manera replicando, van discurriendo por su fabla, fasta qu´el viejo del amor fue vencido; y comenzó d fablar el viejo de la manera siguiente:
Cerrada estaua mi puerta.
¿A qué vienes? ¿Por do entraste?
Di, ladrón, ¿por qué saltaste
las paredes de mi huerta?
La edad y la razón
Ya de ti m´an libertado;
Dexa el pobre coraçón
Retraído en su rincón
Contemplar qual l´as parado.

Como abráis de imaginaros, Nobles contertulios, la lectura destos asuntos disparó en mi mente (cual saetas qu´en la noche no pueden verse pero llegan) un cúmulo de pensamientos de los cuales procuraré poner de manifiesto algunos dellos, pese a las dificultades que conlleva tal industria.
Cuando los hombres doblan el Cabo de las Tormentas y el viento de la vida encorva su espalda y vuela sus cabellos, muchas veces ocurre que –como el anciano de nuestra historia- creen que la hora ha llegado de meterse en choça y cerrarle la puerta a los ministros del amor.
Mas, un día cualquiera estos se presentan y no existe cadena ni falleba de puerta que no abran. Verdad es, qu´este Cupido no es el mismo que toca a la puerta dorada de la juventud, este que toca la puerta del anciano es tan anciano como él, y por tanto su espíritu es mas calmo y reflexivo qu´el  infante desnudo e irresponsable que lanza a siniestra y diestra dardos empapados de libido.
Verdad es también, qu´ en muchas ocasiones –como el anciano de la historia- el hombre niégase a franquearle la entrada de su choça; vano intento que dispara la pregunta: por do entraste/ di ladrón, ¿por qué saltaste las paredes de mi huerta?
Y es el mismo hombre que no quiere recibir a los ministros del amor, quien muchas veces también desvía obsesivamente su atención a los hijos engendrados cuando joven, o a los hijos de sus hijos, sin pensar que no le pertenecen, pues él solo ha sido un instrumento para qu´el ciclo de la vida continúe. ¿Por qué lo hace? Simple, Amados Cofrades, porque estar ocupado con la vida de los demás exime de ocuparse de la propia.
Apurando la lectura de los pergaminos de Don Rodrigo Cota, vemos que el anciano intenta una defensa diciendo:
Sal del huerto, miserable;
Ve a buscar dulce floresta,
Que tu no puedes en ésta
Hazer vida deleytable.
Ni tú ni tus seruidores
Podéis estar bien conmigo;
Que aún qu´estén llenos de flores
Yo se bien cuántos dolores
Ellos traen siempre consigo.

Debo confesaros, gentiles integrantes desta Cofradía, qu´esta historia no tiene final. El diálogo entre el anciano y el amor se pierde en un tráfago de mutuos reproches que no viene al caso enumerar, pero que sí deja en claro que el amor nada tiene de divino, quizá por su propio humano origen. De cualquier manera podemos concluir en que el viejo de marras cargaba un pesado talego sobre sus espaldas del cual no había podido desprenderse nunca y que –como todos sabemos- enlentece el avance del caminante y pesa en sus sandalias.
Saben vuesas mercedes que repudio profundamente moralinas y vulgaridades, de manera que no buscaré un final para esta historia ante el riesgo de caer en ellas. Prudente será entonces dejar que cada uno de ustedes obre por sí mismo; que cada quien vea esta historia desde la vereda de enfrente si lo quiere, o se ponga el sayo si le cabe.
A nada mas aspira este humildísimo que no sea lleguéis al final de la lectura; si tal industria acontece habré de considerar bien pagos mis trabajos y las horas de vigilia por vosotros.



Moraleja:
                  Si el anciano de Don Rodrigo Cota franquea  al amor la entrada de su huerto, advertirá que cada aún puede evitar que se transforme en suelo muerto.
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