sábado, 5 de mayo de 2012

EL CUENTITO MEDIEVAL
De como el Señor Feudal recibió en palacio a un hechicero procedente de otras tierras


Escriba Medieval

Según antiguos pergaminos llegados a manos del humilde, era práctica habitual en el coqueto palacio que levantábase a orillas del Gran Lago Negro, recibir la visita de adivinos y nigromantes provenientes de tierras lejanas.
Verdad es que los nobles frecuentaban periódicamente la abadía que dirigía con mano dura el Abad Charles, pero tal costumbre no era obstáculo para asistir a sesiones de brujería del más variado tenor.
Cuentan que una vez, y ante el notorio y paulatino  distanciamento de sus acólitos, el Señor recibió en sus aposentos a un hechicero proveniente de Persia, quien preparóle algunas pócimas para mitigar la soledad en la que estaba inmerso.
-Tengo en mis alforjas los más exóticos productos que imaginaros puedas-aseguróle el brujo.
-Puedo hacer que a tus enemigos se les caiga la piel en escamas cual culebra al llegar el invierno, o que la doncella que más deseas se introduzca en tu lecho por propia voluntad.
-No mas quisiera irme de palacio aclamado como llegué- dijo el Amo.
-Tal asunto no es tarea mollar –fabló el hombre de Oriente- la fidelidad de quienes te has rodeado nunca  ha existido, y ahora deberás asumir las consecuencias de tu incapacidad para ver dónde estaba la gente de valor-
-Quizá con un “trabajo” adecuado esa circunstancia se revierta- insistió el Señor feudal.
-Tengo en mis talegos hierbas que hubieran evitado que Judas Tadeo vendiera a Jesús, pero no creo que surtan efecto con quienes has apañado.
-¿A tal punto llegan?- inquirió asombrado el Amo.
-A tal punto. Pero quizá podamos atenuar sus ambiciones. Sobre todo de quienes desean tu sillón, que son varios mas de los que imaginas.
-¿Qué harás entonces?
-Comenzaré mezclando algunas cosas- dijo el persa sacando de una alforja un cazo de cobre donde comenzó a introducir hierbas.
-Aquí va una porción de Olghigango de la india; tres hojas desecadas de Kast-kat, proveniente de la gran isla de los hombres pequeños, un poco de amapola molida, y algo de bálsamo extraído de la corteza del baobab. Cubre con agua de lluvia, agrega un poco de tela de arañas, y hierve todo. Cuando esté frío pásalo por el cedazo y mézclalo en el vino. Con esto, tus acólitos no se tornarán fieles, pero se alejarán sin robarte mas de lo que te han robado, que además no es de tu propiedad, sino del pueblo.
-¿Y que pasa si lo bebo?
-Puedes hacerlo sin temor. Te quitará remordimiento, pero ten presente que no habrás hecho historia en tu paso por Palacio. Cualquiera con sentido común lo hubiera hecho mejor que vos.
Dicho esto el hechicero recogió sus bártulos; extendió su bolsa para que el Señor deslizara en ella un puñado generoso de maravedíes, y se fue en busca de su carruaje para continuar su viaje por la región.
De lo acontecido después desta visita no ha quedado registro alguno. Años mas tarde alguien cantó ciertas historias sobre un Señor feudal que amaba los pequeños caballitos, y que –cansado de la vida palaciega- fuese a vivir a su cabaña de los campos.
Otras versiones aseguran que el hombre viajó a la gran comarca a ocupar un sillón en la Junta de Notables, pero en realidad nada se sabe destos aconteceres.


Moraleja:
                 Da prueba el hombre de cruel debilidad, cuando acude a brujos o hechiceros,   pretendiendo le muestren la verdad.

Publicar un comentario