sábado, 1 de junio de 2013

Confieso que he leído
Fernando Toledo: el poeta material

Luis Benítez


(Texto leído por el autor en la presentación en la Feria del Libro de Buenos Aires 2013 del poemario “Mortal en la noche”, de Fernando Toledo, Editorial Alción, Córdoba, Argentina, 2013)





Hace apenas 600 años, la cultura occidental comenzó a liberarse de la muchas veces milenaria noción sobrenatural de la realidad y colocó al hombre en el centro del universo, del mismo modo que, míticamente y bastante tiempo antes, el joven Zeus arrojó a su padre Cronos de la primacía, para reinar él en su lugar.
Para la cultura occidental, el universo se transformó en una suerte de gran mecanismo de relojería, cuyas leyes había que descubrir y aprovechar.
Luego,  hace poco más de 100 años, la cultura descubrió algunas cosas más: que la inmensa, mayor parte del universo seguía siendo desconocida, que cuando más conocía del universo simplemente descubría que era menos lo que sabía de él y que el hombre no era el centro del cosmos, sino apenas una parte más, aunque, hasta donde sabemos, la única capaz de reflexionar sobre sí misma y sobre cuanto la rodea. O sea: el hombre es la materia que reflexiona sobre sí misma.
Si buscamos una fuente de conflictos, ninguna nos dará tantos argumentos, tantas posibilidades como esta condición, que es la de lo humano. Ello, porque desató inmediatamente un mar de contradicciones, antagonismos, deseos reñidos con la razón, razones que chocaron y chocan contra la evidencia.
¿Cómo, la materia que reflexiona, puede comprender quién es ella y qué cosmos habita, cuando comprende que cuanto ve y define está teñido por la subjetividad, rasgo constitutivo del que no puede escapar, porque éste es, precisamente, una parte intrínseca de ella? Así lo Real, la esencia misma de la materia, escapa siempre de los alcances de la materia que piensa, el hombre.
Aquí volvemos a evocar, una y otra vez, las palabras siempre exactas de Jorge Enrique Ramponi: “El hombre quiere amar la piedra, su estruendo de piel /  áspera: lo rebate su sangre, / pero algo suyo adora la perfección inerte”.
Porque la poesía ha sido siempre, felizmente, no sólo territorio de mistificaciones y de monederos falsos, de componendas y adulteraciones, como lo han sido y lo son todas las actividades humanas, es que ha encarado también la resolución –imposible, seguramente, al menos dentro de las capacidades actuales de la mente-  de este enigma que alguna vez Edipo escuchó de los labios de una Esfinge.
La auténtica poesía siempre se ha distinguido más por los alcances de sus fracasos que por los de sus aciertos y el solo hecho de que se proponga resolver el enigma de lo material pensando lo material, como lo hace la genuina poesía contemporánea, da una idea aproximada de su valor. Valor, también en el sentido de coraje.
Porque hay que ser muy valeroso, también, para dejar de lado las modas literarias, refugio seguro de los que no tienen nada que decir pero lo hacen; de aquellos que creen que la poesía es mera forma y no forma y sentido, tan bien amalgamados que la una está en el otro “como la madera en el árbol”, feliz definición de otro gran poeta, el chileno Vicente Huidobro. Se debe ser muy atrevido para avanzar por lo desconocido buscándolo en cada verso, como lo hace lo que se dio en llamar una “poesía de ideas”, como si alguna vez la poesía pudiera escribirse a sí misma sin tenerlas.  Hay que ser muy valiente para siquiera intentar, simplemente, ser poeta.
Yo admiro muchas cosas en la poesía de Fernando Toledo y una de ellas es su valentía.
Porque arriesga todo sin saber si va a encontrar algo en lo desconocido y como queda dicho, todo lo es en nosotros y en el universo que habitamos. Porque recogió el guante de lo material y su poesía atiende a resolver el enigma desde lo material; podemos decir que Toledo es el poeta de lo material consciente, aquella avanzada.
Así, en su último libro, “Mortal en la noche”, el autor describe sus itinerarios con plena conciencia, cuando dice en uno de sus textos más logrados, “Ateo poeta”: “Exento de piedad, supersticiones, / Y fábulas de vacua trascendencia, / Rodeado de mitos bimilenarios / Y una corte de anchas apologías, / El poeta materialista ensaya / (No sin pasión, con algo de pudor) / Un modesto lamento de inmanencia”.
Los versos anteriores son una verdadera ars poetica, una clave importante para indagar en la multitud de significados que contiene este breve pero intenso y muy hondo volumen, que requiere de repetidas lecturas para acceder a los registros que hace el autor. Ello, no por la oscuridad de su expresión, que no hay tal: Toledo usa muy bien un lenguaje engañosamente simple para involucrar en un solo verso una vasta polisemia; en dos versos la combinación de las relaciones establecidas entre ellos; en tres, un despliegue de sentidos que seguirá multiplicándose hasta el verso final, cuando como en una cámara de espejos, el poema todo -a su vez- se combine con las polisemias provenientes de los otros poemas que encontramos en “Mortal en la noche”, para pintar una atroz y fascinante universo, allí donde la condición humana, la de materia que se piensa a sí misma, fracasa una y otra vez, tal es su destino, en fijar sus límites y poder nombrarlos; esa es, precisamente, su grandeza. Que alguien pueda escribirlo, es una hazaña más de la poesía contemporánea.
“Mortal en la noche” es una Capilla Sixtina a la que le falta, felizmente, Dios.



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Poemas de Fernando Toledo



CAZA MAYOR Y MENOR

Como un desconocido estás, de nuevo,
Saliendo del lugar de la reunión,
Huyendo de un bullicio que te infecta,
Que corre por los techos y paredes
Como si fueras la presa a atrapar
Por el sonido infalible del mundo.
Quedan en paz las voces, a lo lejos.
Pero solo aquí, en un cuarto vacío,
Persiste igual la tenaz cacería,
Que toma la forma reconocible
De algún recuerdo que no deseabas,
O tan sólo de tu voz interior
Que es también una peste
Y que ahora te alcanza.

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SCHUMANN AL CAER LA TARDE

Sopor, un hilo de música
Tenue y un cuerpo,
Como un quiste,
En el blanco pozo de la tarde.
Pero en un instante
Todo va a cambiar:
El sueño, lo mudo,
La prolija putrefacción,
O esto que se escribe,
O por fin la noche.
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DESPUÉS DE DEBUSSY

Se apaga un acorde con fuerza de conclusión
Para ceder paso a otras melodías:
La mudez se disfraza en el temblor de una ventana
Y el áspero fluir del agua en las cañerías
Es toda una orquesta azul que, frenética,
Procura llenar los espacios de la casa,
No ya para disimular la oquedad de los rincones,
La sombra solitaria que me acompaña,
Sino para subrayar con cierta alevosía
El puesto de absurdo escriba de la nada
Que yo sin quejarme asumo
Mientras afuera el mundo, sí,
Se regala canciones felices, rasga
Una vez más las cuerdas del día,
Olvidando la muerte, ignorando que la música
Empieza y concluye en el silencio,
Siguiendo la misma estela vacía
Que va a emerger después
De este punto final.
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ATEO POETA

Exento de piedad, supersticiones,
Y fábulas de vacua trascendencia,
Rodeado de mitos bimilenarios
Y una corte de anchas apologías,
El poeta materialista ensaya
(No sin pasión, con algo de pudor)
Un modesto lamento de inmanencia.
Es tarde y el viento trae desechos
De plegarias como balas perdidas.
De pie a un costado u otro de la duda
Mira pasar esa oscura corriente
De la que (sabe) ya no beberá
Y enciende una fogata con los restos
De un texto difícil de corregir.
«Los teólogos corren peor suerte»
Dice en un verso para envanecerse,
Confiando en que su próxima herejía
Ya nunca deje descansar a Aquél
Que, aunque haya muerto, entretiene a los suyos
Con el Supremo Hedor de Su Cadáver.
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