sábado, 27 de julio de 2013

 De cuando la soledad del hombre es producto de su propia cobardía, y de como el frío del invierno no debe confundirse con el hielo del alma


Escriba Medieval



Amados Cofrades: tras varias lunas sin dirigirme a vuesas mercedes, esta mañana he despertado el poco intelecto que aún poseo para tender un invisible puente hacia vosotros.
Debo confesaros que el frío se ha instalado en la comarca y tal suceso afecta no solo mis huesos machados sino también mi pensamiento. Por tanto hoy no habré de fablaros de asuntos importantes, por lo menos de aquellos que los hombres llaman dese modo.
Hoy fablaré del frío, pero también de su aliada, la soledad, porque aunque a vosotros os cueste creerlo suelen ir juntos de parranda. Pero no fablaré del frío que se cuela por debajo de la puerta. Fablaré del otro, del peor, del que se cuela por debajo del alma de los hombres cuando ésta se cae hasta los pies y se enreda en las sandalias. De ese frío que luego trepa por los huesos hasta alojársele en el corazón, que hiela la memoria y la razón, y trasmuta los nobles pareceres en horda de satánicos pesares.
Pero no os confundáis, pacientes contertulios, que tal industria no es privativa de los pobres, sino que afecta con mas enjundia  a los hombres poderosos. Si, muchas veces los seres cuyas  arcas rebozan de riquezas son quienes mas frío padecen, pues nada existe mas frío que el metal con que se acuñan las monedas ni cosa hay mas helada que el filo de una espada.
Solo puede superar tal circunstancia el frío que la indiferencia causa. No lo dudéis, nobles que tenéis la bondad de leer los divagues del humilde…no lo dudéis. Imaginaos por un momento el anochecer del poderoso; esa hora en que la cohorte de alcahuetes se retira del castillo y queda solo. Solo con su soledad y con el frío. Frío que se instalará en sus aposentos, trepará por las paredes, se colgará de las cortinas, e impúdico, se meterá en su propia cama.
Pese a estas escripturas que fago con mano trémula, debo deciros también que la soledad no es mala cosa si el hombre la adopta como opción y aprende a convivir con ella. Tal Señora puede ser un cancerbero que os impida compartir el mundo que hay puertas afuera, o un perro fiel que –echado a vuestros pies- os acompañe e inspire en  esas noches huérfanas de sueño. Quiero deciros –nobles y comprensivos contertulios- que muchas veces ocurre que ella nos ayuda a crear, pero sobre todo a reencontrarnos con nosotros mismos; a hurgar en los aposentos interiores del alma, y hacer una limpieza en los arcones del corazón botando a la basura los pensamientos negativos. Recordad que las mayores creaciones que el hombre legó a la humanidad fueron producto de esa búsqueda de asuntos interiores que luego se tradujeron –tanto en obras de arte memorables- como en íntimos estados de paz del alma.
Lo que no debéis permitir es que la soledad sea producto de vuestra propia cobardía. Es posible ver a gentes que han sufrido decepciones cerrando la puerta a la esperanza. Como os dije antes, atando a la puerta de su casa un cancerbero que no deja entrar las oportunidades que suelen salir de ronda el día menos pensado.
Así ocurre cuando el hombre un día comió un troz
o de pan ácido y luego no prueba mas el pan por miedo a que también esté ácido. O cuando llama a su puerta quien puede ser su amigo y no le abre porque un lejano día otro amigo fizo traición de su confianza. O cuando se niega al amor porque muy antes en su vida amó a quien no lo merecía, o simplemente partió buscando recorrer otros caminos.
Por eso os digo, no confundáis el frío del invierno con el hielo del alma, ni la soledad con la cobardía. Todo camino posee espinas a su vera, y muchas matas espinosas poseen cualidades curativas. De cada uno depende decidir “herirnos”, o quedarnos a vivir envueltos en el manto de la cobardía.



Moraleja:
 A veces no está mal abrir la puerta y arrojar la llave al precipicio, escuchar como como golpea allá en el fondo, puede ser de nuevas experiencias el inicio.
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