sábado, 27 de julio de 2013

REFLEXIONES SOBRE LA NOVELA



Ángel Juárez Masares



“En la novela el diálogo es esencial, como en la pintura la luz. La novela es la categoría del diálogo”. Ortega y Gasset.
Quienes alguna vez nos atrevimos a salir del relato breve para ingresar en el mundo de la novela nos encontramos con un universo complejo, no solo por su extensión, sino por el manejo de los personajes que pretendemos “mover” en ese ámbito. Otra de las preocupaciones –si no la principal- es mantener la atención del lector, y sobre todo lograr “engancharlo” desde las primeras páginas p
ara que no abandone la lectura.
Naturalmente toda obra está teñida –inevitablemente- de la personalidad del autor, pues desde el momento en que la ficción no está demasiado reñida con la realidad nada limita su imaginación. El autor dotará a los protagonistas de una edad cronológica, de un carácter, combinará obstáculos y levantará barreras para sus aspiraciones, pero también allanará caminos para que los mismos transiten por ellos al servicio de la historia que les ha sido creada. Si el novelista entiende que la obra necesita heroísmos, traiciones, o abnegaciones, para mantener la acción, los inventará al instante, de la misma manera que hará desaparecer  personajes si la historia que pretende contar así lo amerita.
Tarea compleja –y opinable- sería buscar el origen del género en la historia, pero puestos en esa coyuntura quizá podríamos encontrar un punto de inflexión en los antiguos escritos de la época alejandrina. Estudiosos del tema –como M. Villemain- aseguran que “la novela que se apodera del alma y la sigue con todas sus consecuencias no existía en la antigüedad”.
En ese contexto también vemos que la afición a lo novelesco  no era compatible con las ocupaciones del Foro ni con la vida campestre, razón por la cual los romanos no conocieron mas que las historias graciosas del Asno de Oro de Apuleyo, que en definitiva no es mas que una traducción latina de una fábula griega.
En la Edad Media, época de guerras y conquistas, la “novela” adquiere una forma mas popular aunque sin perder su carácter épico, pero en cierto modo se humaniza y dulcifica a influjo de la inspiración cristiana; recordemos en ese sentido La Canción de Rolando, la gesta de los Cuatro hijos Aymón, o el ciclo de la Tabla Redonda.
En el siglo XIV las obras imaginativas revisten cierta forma alegórica y satírica, como en el Decamerón.
El siglo XVII podría calificarse como una suerte de “bisagra” para el género que hoy nos convoca, pues Cervantes acomete la tarea de otorgar un cariz cómico a las excentricidades y ridiculeces de la Caballería.
La “novela de costumbres” aparece en el siglo XVIII, reemplazando el concepto de “idealización” por un acercamiento mas íntimo al carácter de los personajes, al tiempo que la verdad sustituye a las quimeras, y por otra parte la prosa sustituye a la poesía. En este período la novela no tarda en “desnaturalizarse” y se propone sobre todo divertir, aunque también entra en un campo donde denuncia la impiedad. Quizá el ejemplo mas claro de este período lo constituye Nueva Eloísa, donde J.J. Rousseau imprime con su estilo un carácter mas real a las situaciones ficticias con respecto a lo que se venía escribiendo.
La literatura romántica llega a ser en el siglo XIX una pasión popular generando obras tan efímeras como prematuras. Sin embargo –paralelamente- nacen otras importantes llamadas a sobrevivir en el tiempo. Allí está entonces Víctor Hugo, Balzac, Alfredo de Vigny, Alejandro Dumas, Teófilo Gautier, Sand, Merimée…
Hoy día, mucha gente suele buscar en el arte asuntos que deberían ser objeto de una consulta médica. Buena parte del público procura distraerse refugiándose en un supuesto ideal, o buscando un estado anímico que le permita evadirse del mundo real, y la novela actual no escapa a esos imperativos. Adquiere un valor científico y se interna en laberintos tecnológicos donde el hueso arrojado al espacio por el mono de 2001Odisea del Espacio ya no se transforma en nave espacial. La novela actual necesita de una refinada aplicación psicológica que debe ser compatible además con las seducciones del estilo y las profundidades del ingenio. Hoy, muchos autores se dedican a escribir con un afán de popularidad que suele ir en detrimento de la calidad, mas allá que el éxito en las ventas de los llamados “Best Sellers” instale un elemento de duda sobre lo antes dicho.
Finalmente nos parece oportuno volver sobre Ortega y Gasset para recordar su concepto sobre lo que significa una gran novela. Dice en ese sentido: “observemos el momento en que damos fin a la lectura de una gran novela. Nos parece que emergemos de otra existencia, que nos hemos evadido del mundo comunicante al nuestro auténtico. Hace un instante nos hallábamos en Parma, con el Conde Mosca y la Sanseverina; vivíamos con ellos, preocupados por sus vicisitudes, inmersos en sus problemas, en su espacio, en su tiempo.
Ahora, súbitamente, nos hallamos en nuestro aposento, en nuestra ciudad, en nuestra fecha; comienzan a despertar en nosotros las preocupaciones habituales. Hay un intervalo de indecisión, de titubeo. Acaso el brusco aletazo de un recuerdo nos sumerge nuevamente en el universo de la novela, y con algún esfuerzo tratamos de volver a nuestra propia existencia.

Yo llamo novela a la creación literaria que produce este efecto, y la novela que sepa conseguirlo será una novela mala.”
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