sábado, 26 de octubre de 2013


De la necesidad que surja un nuevo escriba medieval, ante el progresivo anquilosamiento del pensamiento, y el temblor que ya conmueve la mano del suscrito




                                                                                                                                  Escriba Medieval

Amados Cofrades: confesaros debo que los años hacen cada día más dificultosa la tarea de escribir asuntos que estén a la altura de vuestras expectativas e intereses. Muéstrase la mano impotente para controlar el temblor –aún ligero- que la agita, pero suficiente para derramar la preciada tinta sobre el papiro amarillento.
Pese a ello también debo admitir que mas dificultoso aún es controlar el cúmulo de ideas que se agitan en lo profundo de la mente pugnando por salir todas a la vez, pues de no conseguirlo vuesas mercedes pasarán la vista por las scripturas sin tener dellas comprensión.
No es que quiera abandonaros –estimados contertulios- pero mi deseo es que aparezca otro Escriba joven que aporte sangre nueva y empuñe la pluma con la claridad de conceptos que vuestra inteligencia merece, pues advierto el menoscabo de mi capacidad de pensamiento.
Este anciano ha procurado siempre de
scubrir los motivos de la vida y sus razones, así como ha dibujado fantásticas historias con el solo fin de arrancaros una sonrisa desde el fondo de vuestros corazones, o una reflexión desde lo profundo de vuestro intelecto.
Mas esta noche asaltóme la duda en cuanto a la sinceridad o conveniencia de tal industria, pues cada día compruebo que refugiarse en tradiciones significa renunciar a la vida misma, cuya continuidad se desenvuelve en un constante devenir.
Verdad es que cuanto más obsecuentes seamos con el pasado, más cerrojos estaremos agregando a la puerta que da hacia el porvenir. Lo pretérito cierra la inteligencia a toda verdad nueva, aparta del debate todo elemento no previsto, y niega el sentido de buscar la perfección, entonces pues, ¿para qué detenernos a beber de aguas estancadas cuando la naturaleza nos ofrece generosa el chorro de fuentes cristalinas?
Pacientes y generosos Cofrades; la rebeldía es –ha sido, y lo será- la antítesis de la obsecuencia; el dogma, el mecanismo por el cual el hombre, y por lo tanto los pueblos,  se convierten en un instrumento de fácil manejo para los poderosos. El arte, las letras, la ciencia y la filosofía deben sus progresos a quienes se han rebelado, nunca a los domesticados, jamás a quienes han gastado su vida en recorrer sendas trilladas del pensamiento; construyendo ídolos que el tiempo se encarga de derrumbar, o apuntalando insostenibles ruinas.
Los rebeldes son quienes hacen obra fecunda y duradera, quienes encienden sin temor nuevas hogueras para iluminar con ellas los caminos que más tarde recorrerá la humanidad.
No obstante os aseguro que el ejercer la vida intensamente no significa extenuarse en la demanda. De lo poco queste anciano ha aprendido –y aprehendido- surge que buena cosa es encontrar el equilibrio entre el trabajo y el desarrollo de las aptitudes naturales que cada uno posea.
Os recuerdo que todo instante perdido lo será para siempre pues el tiempo es lo único irreparable, y por el valor que se le asigne al intangible se medirá el mérito de los hombres. Los pusilánimes viven hastiados sin hallar razón para sus días interminables. Los inteligentes no permiten que el aburrimiento ocupe lugar alguno en su tiempo,  y por tal razón tienen la virtud de centuplicar los minutos de cada hora.
Jamás olvidéis, nobles Cofrades, que –dado lo efímero de la vida humana- el tiempo es el tesoro más preciado, y que perderlo es regalárselo a la muerte. Por esa y una montaña de razones es que deseo la llegada de un nuevo Escriba. Si así no lo hiciera estaría ingresando en contradicción irreparable.
Cada generación debe repasar la historia porque los hombres envejecidos  la entregamos corrompida, acomodada a nuestros intereses que con el paso de los años se tornan más mezquinos producto de nuestro afán de permanencia. La historia que cada tanto no se repiensa se convierte en historia muerta, y buena cosa es escudriñar el ayer para saber cuáles virtudes son dignas de cultivarse mañana. Las ruinas, emocionantes para el artista y evocadoras para el sabio, son testigos yermos de grandezas pretéritas, y refugiarse en ellas es sepultarse en vida.
Apelaré aquí a la conocida frase del Rey Joseph “El Feo”: “como os digo una cosa, os digo la otra”, pues todo lo antes dicho no obsta para reconocer a los grandes Tribunos, a los hombres que lucharon por la emancipación política, por la justicia social, y por la organización de las Naciones, pero no hagamos de ellos Dioses, porque también ellos estuvieron sometidos a las bajezas de la condición humana. La historia enseña que toda crisis revolucionaria deja un saldo favorable al progreso, pero inferior a las esperanzas que lugar dieron a su génesis.
No olvidéis que los mayores problemas de la filosofía política giran en torno a la voluntad que se les atribuye a mayorías que por lo general carecen de ella, pues se limitan a servir a quienes detentan la máquina del Poder. Negar a las minorías creativas y pensantes el derecho a imponer sus ideales a mayorías que las ignoran, es proscribir todo progreso futuro.
Ya os he fablado en otras oportunidades–respetables contertulios- acerca de que la ancianidad no es sinónimo de sabiduría. Alcanzarla es un imperativo imposible por el deterioro de nuestro cuerpo físico, y acaso y con mucho esfuerzo algunos hombres logren un minúsculo acercamiento a ella.
Estimo aquí oportuno recordaros que el mismo Sócrates no se consideraba un sabio, y que cuando uno de sus mejores amigos -Querefonte- le preguntó al oráculo de Delfos si había alguien más sabio que Sócrates, la Pitonisa le contestó que no había ningún griego más sabio que él. Cuentan que al escuchar lo sucedido, Sócrates incluso dudó del oráculo, y comenzó a buscar alguien más sabio que él entre los personajes más renombrados de su época, pero se dio cuenta de que en realidad creían saber más de lo que realmente sabían. Filósofos, poetas y artistas, todos creían tener una gran sabiduría, en cambio, Sócrates –que era consciente tanto de la ignorancia que le rodeaba como de la suya propia- trató de hacer pensar a la gente y hacerles ver el conocimiento real que tenían sobre las cosas asumiendo una postura de ignorancia. Así logró poner en evidencia la incongruencia de sus afirmaciones, asunto que más tarde sería llamada: “ ironía socrática», y que se acuñara en su célebre frase : «Sólo sé que no sé nada”.

Finalmente deseo comentaros que simplificar la vida significa avanzar hacia la esquiva sabiduría. Prueba dello es tener presente que de todos los sentimientos humanos ninguno es más natural que el amor por la aldea, el valle, el río, o la montaña donde vivimos los primeros años. El terruño habla a nuestros recuerdos más íntimos, estremece nuestras más hondas emociones; un perfume, una voz, el tejado de una casa, despiertan un mundo en nuestra imaginación. El amor al terruño existía ya en el clan o la tribu de las sociedades primitivas, la consanguinidad lo alimenta, la amistad lo ahonda, la necesidad lo extiende a los pueblos vecinos. Ningún concepto político determina ese sentimiento natural, es necesario estimularlo espontáneamente porque no tiene símbolos ni los necesita porque sus raíces están en el corazón. Nadie ama regiones y hombres cuya existencia ignora. La vista y el oído marcan el confín de la experiencia primitiva; todo lo que está más allá es ajeno, mítico, fabuloso. Recordad que cada vez que nuestro ánimo es afectado busca refugio en la propia vida interior, y entonces revivimos las escenas del hogar y nos refugiamos en ellas como si la remembranza de la edad primera pudieran aliviar la carga de los tiempo adultos. Tan fuerte es tal sentimiento que muchos hombres al percibir la muerte piden que sus huesos sean devueltos al lugar donde nacieron, como si quisieron abonar con ellos la tierra que los vio nacer…
 
Moraleja:

Error imperdonable sería transitar por la vida como si fuera nuestro el universo, como del mismo modo erróneo fuera, adjudicarnos la estatura del escuerzo.


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