sábado, 9 de noviembre de 2013

Trinidad Guevara, actriz pionera



Trinidad Guevara nació en Santo Domingo de Soriano –actual Uruguay– el 11 de mayo de 1798. Hija de la criolla Dominga Cuevas y del actor oriental Joaquín Ladrón de Guevara hizo su primera actuación en la Compañía Cómica de Montevideo a los 13 años. Le sumó al “escándalo” de su profesión el dar a luz a su hija Carolina Martina a los 18 años producto de su relación con Manuel Oribe –futuro presidente del Uruguay– en pleno estado de soltería. Tras un juicio de desalojo que la dejó en la calle, intentó probar suerte en la otra orilla del Plata. Llegó a Buenos Aires en febrero de 1817 en compañía de Oribe, pero al poco tiempo el militar volvió a Montevideo a poner sitio a la ciudad contra la ocupación portuguesa. Trinidad pudo incorporarse al elenco del Teatro Coliseo de Buenos Aires y se fue metiendo en el bolsillo al público porteño. A los 21 reincidió en esto de la maternidad sin marido a la vista y, mostrando su cercanía con las ideas revolucionarias, bautizó Caupolicán al varoncito.

Dice Mariano Bosch en su libro El teatro antiguo de Buenos Aires, El Comercio, Buenos Aires, 1904, que “poseía una dicción correctísima, palabra clara y fácil, esbelta figura y, sobre todo, un don especial con que la naturaleza la había dotado, el más espléndido metal de voz que pudiera poseer criatura humana”.

Cuando estaba en la cúspide de su éxito, una colega que no la quería mucho y quería ocupar su lugar, una tal Ujier, 1 hizo todo lo posible por desplazarla.

En un principio ganó la Ujier, que ocupó cada noche de función un palco bajo mirando con su peor cara a la Guevara, que decidió dejar momentáneamente las tablas cediéndole sin ninguna gana el lugar a su rival y ocupando ahora ella el palco.

Pero no era lo mismo. La Ujier, como dice Capdevila, no estaba muy bien dotada para el oficio y ante cada pifiada, olvido de la letra o cosas por el estilo, todas las miradas se dirigían a la Guevara, que no podía disimular cierto placer. Hasta un periódico de la época decía: “Se descubrió en el papel de princesa a una señora (la Ujier) que solía antes ocupar un palco, y en otro de los de abajo se advirtió a la Trinidad, que antes desempeñaba el mismo papel. Que cada una vuelva a su lugar antiguo”. 2 Los siseos y los comentarios en alto tono del público derrotaron a la Ujier y se cumplieron los deseos del cronista: la Guevara volvió al lugar que le correspondía, el escenario desde donde recibió una gran ovación de espectadoras y espectadores, y la Ujier, al palco.

El Argos en su edición del 14 de julio de 1821 celebra su regreso con el siguiente comentario:

Por fin la Trinidad Guevara ha dejado de guardar silencio y ha agradado tanto al público como al Argos en tres comedias seguidas: El chismoso, El bruto y La enterrada en vida. La dulzura natural de su voz es capaz de agradar a cuantos sepan o ignoren nuestro idioma; pero la medida y flexibilidad que posee le da el mayor mérito de poder modular el tono de cada palabra en su propio sentido; así es que el concepto justo que forma siempre de éste produce efectivamente la modulación que a la vez penetra en el alma y forma en ella la imagen que se ha propuesto excitar el mismo poeta. 3

Pero la Ujier no se quedó tranquila y encontró en el periódico del padre Castañeda un lugar propicio para dar forma a sus calumnias. El cura, que fue incluido por Ramos Mejía entre los neuróticos célebres argentinos, se dio el gusto de publicar en su Despertador Teofilantrópico:

La Trinidad Guevara es una mujer que por su criminal conducta ha excitado contra sí el odio de las matronas y la execración de sus semejantes. Su impavidez la arroja hasta presentarse en el teatro con el retrato al cuello de uno de sus aturdidos que, desatendiendo los sagrados deberes de su legítima esposa y familia, vive con esta cómica [...] esta Ana Bolena. 4


Pero la Trini no era mujer de quedarse callada y decidió publicar un volante que llevaba por título “Exposición de la actriz de este Coliseo, doña Trinidad Ladrón de Guevara, a consecuencia del libelo infamatorio publicado en el número 59 del Despertador Teofilantrópico", donde decía:

Público respetable: la agresión tuvo por causa defender el decoro de la señora Ujier y un periodista sacerdote ha venido a ser sacrificador. Así se me ha calumniado en un papel que bien podría servir de tumba a la libertad de imprenta en el país más fanático de ella. Según el autor yo pertenezco a las furias, no a las mujeres. Pero ¿he dicho yo alguna cosa en contra de ella o ha sido el mismo público? Y aunque fuera justo vengarse en mí, ¿sería preciso que un sacerdote periodista fuera el sacrificador y la gran Buenos Aires el templo donde yo fuera sacrificada? Yo soy acusada, más bien diré calumniada: hambre rabiosa con que despedazan a una mujer que nunca los ofendió. El pueblo ilustrado la reputará, no como una mujer criminal, sino infeliz.

Dicen que era una mujer muy atractiva e interesante que pisaba fuerte en las tablas y era una de las preferidas de las porteñas y los porteños amantes del teatro. Tras una vida difícil, morirá en Buenos Aires el 24 de julio de 1873.

Referencias:
1 El apellido no la ayudaba mucho en sus delirios de grandeza; según la Real Academia, ujier significa “empleado subalterno que en algunos tribunales y cuerpos del Estado tiene a su cargo la práctica de ciertas diligencias en la tramitación de los asuntos, y algunas veces cuida del orden y mantenimiento de los estrados”.

2 Mariano Bosch, El teatro antiguo de Buenos Aires, El Comercio, Buenos Aires, 1904

3 El Argos, Nº10, Buenos Aires, 14 de julio de 1821.

4 El Despertador Teofilantrópico, Nº 59.





Fuente: www.elhistoriador.com.ar
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