sábado, 9 de agosto de 2014

El hombre que fue puro celuloide



Manuel Martínez Carril murió a los 76 años y dejó un legado conectado al cine, a la Cinemateca Uruguaya y toda la cultura; directores locales y del exterior, amigos y familares recordaron su vida y su legado


En la sala número 3 del tercer nivel de la funeraria Previsión estaba el ataúd donde reposaba el cuerpo de Manuel Martínez Carril. En el ambiente flotaba el invisible y dulzón olor de las coronas de flores: por supuesto, la de Cinemateca Uruguaya, la institución que comandó por casi cuatro décadas; la del Instituto Nacional del Audiovisual, la de la Asociación de Críticas de Cine del Uruguay y la de la Intendencia de Montevideo. De un lado del ataúd estaba su viuda, su hija y uno de sus nietos. Del otro, un sacerdote salesiano le pedía a los concurrentes que contaran qué les había dejado Martínez Carril. Luego de los testimonios, el cura leyó un fragmento de las cartas de Pablo a los  corintios, pronunció un padre nuestro y se luego se fue. En la pared de la sala había un crucifijo católico. Toda esta liturgia sorprendió a algunos de los concurrentes. Cristina, la viuda de Martínez Carril, contó que se casaron por iglesia. Pero otros apuntaron a que “la verdadera religión” de este hombre que reposaba dentro del ataúd “era el cine”. El difunto, claro, no decía nada -ya lo había hecho bastante a lo largo de su vida-, pero hacía a todo el mundo hablar de él. Un hombre que había modificado para siempre los destinos de muchos de quienes fueron a rendirle un último saludo.


Amigos y colegas
Para el cineasta uruguayo Brummel Pommerenck, Martínez Carril se conecta con sus días de cine de principios de los 70, con la creación de la Escuela de Cine, donde creó un plantel docente de alto nivel. “Era impresionante. Martínez Carril creó materias exclusivas para traer a determinados profesores, como ‘Expresión nacional’, que la daba Washington Benavídes, o dirección de actores, con Héctor Manuel Vidal”, recuerda Pommerenck. También recalcó su papel fundamental en la filmación de Mataron a Venancio Flores, denominada entonces como la primera película uruguaya (un filme de 1981, financiado por Cinemateca Uruguaya con lo que había recaudado de taquilla con la exhibición del documental Salve deporte, tú eres la paz, de los juegos olímpicos de Moscú de 1980).El nombre de la película en plena dictadura generaba desconfianza entre los militares que controlaban la cultura. Todos los días Martínez Carril y (el futuro director de cine) Ricardo Casas debían ir a una comisaría a llevarle el guion a los militares mientras el equipo de filmación estaba rodando entre Marmarajá y Aiguá.Opinando sobre el mismo período histórico el crítico de cine Jorge Jellinek dijo a El Observador que en muchos casos asistir a ver una película en alguna de las salas de Cinemateca era “encontrarse en un mínimo espacio de libertad”.Pommerenck se hizo cineasta por Martínez Carril, así como Jellinek se hizo crítico de cine por el mismo motivo. “Él fue el culpable de que yo siguiera este camino”, dice Jellinek. Los dos críticos actuaron juntos en la película La vida útil de Federico Veiroj, también presente ayer en el velorio. El ejemplo de Casas es similar. “Para mí fue un maestro en varios sentidos. Por el cine que me enseñó Carril y por los festivales que aprendí a organizar”, dice el director de documentales. El músico Mauricio Ubal fue uno de los primeros que llegó al velorio. Conoció a Martínez Carril, “el Gallego”, en dictadura. Con su grupo Rumbo hacia 1980 y 1981 realizaron espectáculos en colaboración con Cinemateca. Luego con su trabajo con el sello Ayuí se formó una especie de triángulo cultural junto a la editorial Banda Oriental y Cinemateca. “Éramos instituciones culturales sin fines de lucro, eran exp
eriencias parecidas de gestión, similares, hechas a pulmón”, dice Ubal, quien resalta la enorme tarea de la construcción de un público en épocas donde no existía nada. “No era como hoy, donde con un click se soluciona todo. En ese entonces la Cinemateca era una ventana a otra cosa”, agrega.   A lo largo de todos sus años en Cinemateca Martínez Carril hizo proezas increíbles. Una de las más hercúleas fue traducir del alemán (según sus conocidos, sin saber alemán) las tres partes de tres horas cada una de Hitler, de Hans-Jürgen Syberberg, ¡y en vivo! Su amor por el trabajo y la dedicación al cine fue reconocida ayer no solo en Uruguay sino también en el exterior. Alejandra Trelles, actual directora de programación de Cinemateca recibió mensajes de pésame de la Cinemateca Francesa, del cineasta mexicano Paul Leduc y de los festivales de Gramado y Ouro Preto, entre otros.



El legado familiar
 La historia de Ana Laura Martínez , hija de Martínez Carril, pinta también el otro lado de una pasión.D esde los 18 años, Ana Laura trabaja en el archivo de Cinemateca ubicado en ruta 8.La hija reconoce que en muchos casos, Martínez Carril estaba más en Cinemateca que en su casa. “Entré a trabajar porque quería saber qué me sacaba a mi papá”, confiesa junto al ataúd. Es innegable que Ana Laura lleva el cine en los genes. En el archivo hay unas 23 mil películas, de las cuales tres mil son uruguayas. “Es lo que tenemos ahora que preservar. Es lo que somos nosotros”, dice. Allí dentro, su padre debía estar sonriendo.



Extraído de: http://www.elobservador.com.uy/
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