sábado, 6 de diciembre de 2014

Sorpresas  te da la vida



Podría contar que estoy dando clases en contextos de encierro desde el año 2009, que tengo veintisiete años dando clases de literatura en liceos públicos y privados, pero no: describiré una clase sobre el canto VII de El Gaucho Martín Fierro, más conocido como “pelea con el negro” o “va…ca…yendo gente al baile”.

Había notado que un alumno en particular se había entusiasmado mucho con el tipo de lenguaje utilizado por la poesía gauchesca, tal vez por la similitud con su propia habla. Por eso traté de sacarlo de ese que yo creía era su micromundo estableciendo un paralelismo entre los versos finales de tal canto: “Y dicen que dende entonces,/ cuando es la noche serena,/ suele verse una luz mala/ como de alma que anda en pena” comparándolos con el comienzo de Cien años de soledad, la novela emblema del colombiano Gabriel García Márquez.

En ese momento surgió la primera sorpresa: aquel alumno me interrumpió para decir el nombre del personaje secundario episódico al que yo estaba haciendo referencia elípticamente, “Prudencio Aguilar”, dijo, y enseguida una catarata de sorpresas. “Prudencio era el compadre de José Arcadio Buendía. Un día se pelearon por una cuestión de honor machista, murió Prudencio y desde ese día su alma le penó a José Arcadio”.

Sin poder salir del asombro le pregunté, tímidamente: ¿cuándo la leíste? “A los doce años. No entendí casi nada. Pero después la he leído diez veces”

Mi asombro siguió preguntando, ¿a los doce años? “Si, me la regaló mi finada madre. A ella se la habían regalado, y la había leído, estando presa”.

Resulta que me he pasado media vida luchando con liceales uruguayos para que se leyeran Cien años de soledad por considerarla como la más contundente y eficiente novela representativa del “realismo mágico” y del “boom” de la literatura latinoamericana, sin lograrlo, y, ahora estoy frente a un alumno privado de libertad que la ha leído ¡diez veces!

Seguimos hablando de otros personajes para que el alumno continuara humillando al docente. “Hay muchos personajes importantes, pero hay uno que es el que más me gusta, el Coronel Aureliano Buendía, que peleó en treinta y dos guerras y las perdió todas”.

Los otros alumnos miraban y escuchaban azorados, y alguno de ellos pidió tiempo para escribir el nombre de la novela y su autor, pues se decidió a leerla “en cuanto pueda”.

Continué abonando la curiosidad que se había despertado en el grupo, centrada en la novela del Premio Nobel colombiano, reconociendo que es necesario leerla una primera vez aunque no se entienda mucho. Que esa dificultad radica en el árbol genealógico de los Buendía y la sucesión reiterada de los mismos nombres de pila de los personajes hombres, Aureliano y José Arcadio. Ahí vuelve a la carga mi alumno lector: “para no quitarles sorpresa a los que van a leerla, no les cuento de Remedio la Bella ni de los pergaminos del gitano Melquíades”.

¿Hace falta que diga el nombre y el apellido de semejante alumno? Existe, doy fe que no se pierde ninguna clase, al menos por su voluntad. Tiene una hija de 10 años que lo trata de “ñery” y de la que me cuenta “maneja la ceibalita táctil a una velocidad asombrosa”. ¡Ah!, y está esperando salir en libertad próximamente.

Terminó la clase, salí al día soleado de primavera, caminé los tres kilómetros hasta la parada de ómnibus, mientras ellos volvían a sus celdas.


Profesor Miguel Millán 
(COMCAR y Canelones).



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