sábado, 21 de febrero de 2015

LA PIEDRA FUNDAMENTAL

Cufré y sus picapedreros “gringos”





por Tania Ferreira




Guiseppe y Francesco detienen unos minutos el corte del granito para ir a buscar agua al arroyo Cufré, al pie de la cantera. Festejan por dentro la idea porque el cuerpo no aguanta más, y aprovechan para refrescarse la cabeza con el agua turbia que baja. La jornada arrancó a las siete de la mañana y todavía quedan otras largas horas hasta que caiga el sol.
De tantas idas y vueltas han marcado un trillo en la losa de granito gris. Marcada está la losa y cuarteadas las manos de cortar la gran roca con mechas y martillos, delineando a regla y tiza. Marcada está también la espalda de tanto subir los grandes bloques a los vagones del tren, rodando la piedra sobre unos troncos de eucalipto, sirviéndose de barretas y palancas, pero siempre usando su propia fuerza como motor.
Las explosiones de pólvora rompen los vidrios de la escuela allá en el pueblo, distante a unos dos quilómetros.
Andan a los gritos: los estallidos los han dejado medio sordos, y además todo el mundo sabe que el idioma de los tanos no está hecho para susurros. A la hora del almuerzo cantan y beben el vino traído desde el pueblo, porque la leche podrá faltarles a estos europeos en tierras criollas, pero el vino jamás.
Más tarde la pólvora da un respiro al oído y se escuchará la bocina del próximo tren que llega escupiendo vapor. Luego de luchar con la última carga los trabajadores vuelven a sus ranchos a descansar, la jornada laboral ha terminado.

Con el material de la cantera se construyó la escollera Sarandí, y también la base de la Torre de las Telecomunicaciones,  de Antel.
Con el material de la cantera se construyó la escollera Sarandí, y también la base de la Torre de las Telecomunicaciones, de Antel.

La verdad es que la cantera de Cufré lleva ya veinte años cerrada. Hoy sólo se ve una casona abandonada, unas piedras a medio cortar y el granito solapado entre tanto liquen. Un paraje perdido en el campo sin rastros de sus antiguos trabajadores. El musgo va cubriéndolo todo y sólo destaca un muro enorme y gris que impone límites a la vista. Aguzando la imaginación se puede ver a Guiseppe y Francesco trabajando junto a otros 200 inmigrantes, allá por 1920 cuando abrió la cantera. Alemanes, austriacos, italianos, judíos, nazis, anarquistas y católicos rajaron esas enormes rocas bajo la mirada igualmente  cortante del capataz de apellido Labandera.
La necesidad del tren para llevar el granito gris extraído de la cantera hacia Montevideo –material usado en la escollera Sarandí y la base de la Torre de las Telecomunicaciones– fue lo que dio nacimiento al pueblo de Cufré hace 116 años. Otros trabajadores, también europeos, tendieron las vías y la estación de AFE se convirtió en el centro; las locomotoras hicieron el resto para que brotara el pueblo, igual que tantos otros poblados que nacieron, vivieron y también murieron en relación de dependencia con el ferrocarril.
El pueblito tomó el nombre del arroyo y éste de un faenero de tiempos de la conquista de apellido Jofreé, que los locales tradujeron al criollo: Cufré. Hoy tiene unos 300 habitantes y a él se llega haciendo 130 quilómetros por la ruta 1 y luego otros 23 campo adentro hasta la zona en cuestión. Esta región perdida de Colonia siempre vivió de los yacimientos, la ganadería y la lechería, porque el suelo no permite que se lo escarbe más de unos centímetros sin que aparezca la roca, impenetrable y malhumorada, impidiendo las tareas agrícolas.

En verano el pequeño lago que está al pie de la cantera es el paseo de los cufrenses.
En verano el pequeño lago que está al pie de la cantera es el paseo de los cufrenses.

La cantera de Cufré funcionó durante dos períodos: de 1920 hasta 1942 primero, con trabajadores europeos. Reabrió luego en los años 70 y hasta entrados los 90, de la mano de un dueño extranjero conocido como “el japonés”. En esta etapa se modernizó incluyendo una grúa enorme para levantar las piedras (hoy sólo queda la base corroída) y un generador de energía que se alimentaba de la fuerza del arroyo. Cuando el tren dejó de pasar las piedras fueron trasladadas por camiones. La cantera cerró definitivamente en los años 90 porque el granito comenzó a poblarse de carbón y eso provoca que la piedra se parta, quedando inútil para su uso.
No existen documentos de la época y una capa de musgo denso cubre también los recuerdos de los cufrenses: hay que buscar a los más veteranos. “Los días de cobro se armaba cada lío… siempre se armaba lío entre ellos en el boliche del pueblo”, revuelve en su archivo personal Ángel “Mulato” Ferreyra, que en diciembre festejará sus 90 años con un gran asado con cuero.
Después de vivir toda una vida en Cufré trabajando como policía, hoy reside en Nueva Helvecia. Siempre de sombrero y sable en mano, por aquellos años le tocaba ayudar al comisario saltando alambrados para dispersar las escaramuzas de los gringos medio mamados.
Por las noches el Mulato se dedicaba a vichar a escondidas el “Libro de filiaciones políticas” de los inmigrantes, guardado bajo llave en la comisaría: Partido Nacional Socialista Alemán: tantos. Anarquistas: tantos otros. Comunistas y Socialistas: otros más… Una gruesa lista para la que ya no hay nombres en el recuerdo. Cuando Uruguay rompió relaciones con la Alemania nazi en 1942, la cantera, cuyo dueño era germano, cerró y los trabajadores se dispersaron por no se sabe dónde. “Esos italianos estaban hechos para hacer fuerza, tenían oficio en la piedra”, recuerda por su parte Santiago Cabrera (83 años), que hoy no da crédito del esforzado trabajo de esos hombres.
La cantera de Cufré. Hoy sólo se ve una casona abandonada, unas piedras a medio cortar y el granito solapado entre tanto liquen.“¿Adónde vas, Vasco? Me voy a ahorcar a la cantera. Pues marche con cuidado”, se confió el Mulato conversando con uno de los trabajadores. “Y fue y se ahorcó nomás. Qué le vamo’ a hacer, era vasco…”, finaliza el tema. Tiempo después otro de los trabajadores se empastilló y se tiró al arroyo. Y después de él siguieron otros.
Es que además de los accidentes laborales de aquella época (varios dedos cortados por las rocas, algunas costillas rotas por proyectiles de granito lanzados por las explosiones, la piel de algún pie arremangada por un bloque), muchas son las historias de  inmigrantes que decidieron terminar con su vida, sin causa aparente, en el lugar de trabajo. Y es curioso pero hasta hoy los suicidios afligen al tranquilísimo pueblo Cufré, incluso hay varios casos recientes de chiquilines muy jóvenes.
Cuentan los pobladores que en la casa de al lado de la cantera –durante mucho tiempo hogar del viejo Labandera y su familia– se mueven los muebles, y los dueños actuales ya la han hecho “limpiar” varias veces con curanderos, curas y rabinos. Deben ser los difuntos Guiseppe, Francesco y el Vasco haciendo picardías en la casa del capataz. O tal vez sea que la mismísima tierra tiene memoria y tiembla sola, aun después de 20 años.
Fotografías: Federico Gutiérrez
Extraído de: http://www.revistaajena.com/
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