viernes, 23 de septiembre de 2011


Carta de un desilusionado miembro de la orden de los grises al señor feudal



Ángel Juárez Masares


Quiso la casualidad que nuestro inquieto escriba diera con un documento escrito por un ignoto Rodolfo Pérez Escribém, quien dice haber pertenecido a la Orden de los Grises, y que, desilusionado por el proceder de un Señor Feudal miembro de la misma Orden, hízole objeto de inusual crítica.
No sabemos la suerte corrida por el tal Rodolfo luego que entregara la carta en el Palacio, pero aventuramos que seguramente hubo de correr la misma de tantos bien intencionados aldeanos que advirtieron al Señor de sus errores, y que terminaron sus días en el ostracismo.


Desde la Aldea
5 de setiembre de 1511

Estimado Señor:
Más que una carta la intención es tratar de daros una mano desde nuestra humildísima posición de siervos, frente a la crisis de valores que os afecta.
Siempre afirmé que somos una sola familia mal distribuida, pero ahora estáis preocupado porque la crisis ha llegado a los intocables.
Como Ícaro, que pretendió volar sólo para estar por encima del resto de los hombres, la cera que sujeta vuestras alas se está derritiendo por el calor de la verdad, y el golpe inminente os dará de rostro con la realidad.
Aclaremos las cosas, el pueblo no puede daros más crédito. Ya os lo dio dos veces, y sabéis que no hay una tercera. Lo que si puede hacer ese pueblo es aportaros algunos consejos:
Hay que aprender a vivir con la crisis, nosotros lo sabemos. Los viejos pescadores dicen que nunca nos bañamos en las mismas aguas, a pesar de ser el mismo río.
Vuesa merced aún está a tiempo de dejar el antiguo y coqueto palacio con dignidad, sólo debe tomar algunas decisiones –quizá un tanto drásticas- pero necesarias.
Tómese unos días de retiro junto a los pequeños caballitos que tanto ama (asunto que nadie le reprocha porque son más nobles que muchos de los asnos que lo rodean). Tomar distancia de los alcahuetes os aportará claridad de pensamiento.
Una vez hecho esto dígale a su pueblo la verdad sobre los costos de la pista de carreras de carros que mandó construir, y que usted sabe muy bien que es para unos pocos.
Haga lo mismo con los asesores que ha contratado y que el pueblo se pregunta quienes son, dónde están, y qué hacen; reconoced que -por lo menos- habéis sido engañado por gentes de otros lares que os prometieron invertir miles de maravedíes en el feudo; el pueblo comprenderá.
No os adjudiquéis como propios los beneficios que recibís de parte del Rey Joseph “El Feo”. Más feo que el mismo Rey (¡y ya es decir!) es saludar con sombrero ajeno, y en definitiva el vulgo lo sabe.
Desguazad sin ningún miramiento esa horrible barca que ordenasteis construir para pasear por el gran lago negro (ni soñéis con regalársela a Caronte porque no la va a usar), y a cambio hablad con el Rey para que os haga quitar la arena que no deja navegar los barcos de los “Ark- Gentinos”. Recordad que muchos navegantes de ese pueblo no llegaron más a la pequeña comarca por esa causa.
Haced honor a vuestros ancestros, que aún hoy son recordados con respeto por el pueblo, y no os transforméis en la oveja negra de tan noble familia.
Revisad detenidamente la caja de caudales de palacio, y veráis que usando atinadamente el ábaco, podéis distribuir mejor en beneficio de los de abajo.
El libro de los cristianos dice en alguna parte que “tus enemigos serán los de tu propia casa”. Quizá por eso es que hoy os escribo como miembro de la “Orden de los Grises”, a la cual pertenecemos, y que no sabemos hasta cuando será Gris. Recordad que supo ser la “Orden de los Blancos”, pero la ensuciaron tanto que cambió de color y nadie quiere que se transforme en la “Orden de los Negros”.
De cualquier manera, estimado Señor, os dejo en la seguridad de encontrar en “los de abajo” la contención y el apoyo que necesitéis durante el tiempo que debáis permanecer en el Palacio, y aún después, cuando allá en vuestra finca campestre impelido estéis a limpiar vos mismo las caballerizas, porque los que ahora os adulan habrán volado buscando otras oportunidades, y no precisamente con alas de cera, sino con las de buitre, que les calzan a la perfección.

Mi saludo, paz, y bien

Rodolfo Pérez Escribém
(Siervo de la Gleba)
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