viernes, 2 de septiembre de 2011

HABLANDO DE BUEYES PERDIDOS

Una historia de
hombres-milicos

                                                          

Ángel Juárez Masares

Como la  mañana se presentaba sin mayores alternativas, decidí buscar un lugar en los accesos a Montevideo para elaborar un informe acerca del tránsito, y recordar los aspectos principales para evitar accidentes en la ruta.
Al término del turno debía regresar al Canal con no menos de cinco notas policiales, para lo cual contaba con un chofer de experiencia y con amplio conocimiento de la ciudad y la periferia, lo que le permitía atravesarla de punta a punta en cuestión de minutos. Llegar primero era bueno para la Empresa, pero sobre todo una cuestión de amor propio. El último equipo periodístico en llegar a un incendio o una rapiña se hacía acreedor a la más salvaje “cargada” del resto de los colegas, y había que bancárselo.
Cámara en posición en el cantero central, vehículos pasando cerca, luz natural adecuada, conteo de tres y lo mismo de siempre: no adelantar en curvas y repechos, no olvidar el cinturón de seguridad, mantener la distancia de frenado entre vehículos, y recordar el uso del espejo porque tan importante como saber lo que pasa delante nuestro, es saber lo que ocurre atrás.
Pero esa mañana el informe no terminó. La radio en frecuencia policial repite mensaje de bomberos, anunciando “Clave 44” (incendio) en vivienda precaria detrás del Cerro de Montevideo.
Recoger el material y tirar todo en el auto no llevó más de dos minutos, y la destreza de “El Tano” nos puso en el lugar del incendio en menos de seis.
Allí estaba ya un móvil de radiopatrulla, y dos policías tratando de romper la puerta de una pieza de bloques de cemento sin revocar por donde salía humo y fuego por el techo. Algunos vecinos corrían con baldes de agua en un intento más desesperado que efectivo porque en minutos se quemaba todo.
Los dos policías dejaron la puerta y optaron por entrarle a la pared en la parte más lejana de las esquinas a patada limpia, método quizá no muy ortodoxo, pero sumamente efectivo esa vez. Los bloques cedieron y los milicos se mandaron.
A lo lejos se escuchaba la sirena de un camión de bomberos, y algunos móviles de seccional llegaban arrastrando cubiertas en el camino de tosca.
La calle se transformó en un caos mientras las órdenes impartidas por los superiores organizaban las motos que abrirían el paso al móvil de radiopatrulla, donde ya estaban los dos policías; uno al volante poniendo primera y puteando a quien dejó un auto en el camino, y su compañero atrás, con un bulto ennegrecido en cada brazo: los dos niños que acaban de sacar del infierno.
Lo demás rutina. Correr por calles laterales para detenerse poco antes del Edificio Libertad y tomar unas imágenes del operativo, y seguir rumbo al Hospital de Clínicas, destino de los niños quemados. Allí sabíamos que no tendríamos la exclusiva porque los colegas estarían apostados desde que captaron la llamada, pero sí teníamos la primicia del rescate.
Lo demás también rutina. Médicos y auxiliares a la carrera, y unas tomas rápidas y movidas por el pasillo hasta que alguien nos cerró una puerta en las narices.
Los colegas se fueron retirando, pero nosotros no. Esperamos. Varios cigarrillos esperamos.
Hasta que desde allá del fondo del pasillo aparecieron los dos policías. El uniforme azul irreconocible, caminaban juntos mirando el piso y así llegaron hasta el patrullero. Tomaron un cigarrillo cada uno, y por el rostro del que había cargado los niños algo mojado comenzó a dibujarle un par de surcos en el tizne de la cara.
El milico-hombre dio una pitada profunda y dijo: ¡puta madre!...llegamos tarde.
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